Naira

Soy Naira y tengo trece años, pero estoy obligada a pensar y actuar como un adulto. Mi hermana Laia, tiene seis. La mayor parte del día la cuido yo. Mi padre hace un año que perdió su trabajo de abogado y desde entonces trabaja en un pequeño supermercado cerca de casa, en el que no le pagan mucho. Nunca está en casa y lo poco que está, se encierra en su cuarto. Mi madre murió cuando nació mi hermana. Desde entonces nada es igual. Mi padre casi nunca sonríe. Por el contrario, Laia es la persona más divertida que he visto en toda mi vida.

Desde los cinco años hago ballet. Mi madre era bailarina y era increíble. Yo quería ser como ella, por eso empecé a bailar. La mejor decisión que he tomado. Mi sueño es convertirme en una bailarina de éxito.

Desde que mi madre murió, mi padre no me ha visto bailar, dice que le recuerda a ella.

Nunca he ido demasiado bien en los estudios, me parecen ridículos. Creo que no es justo que obliguen a todos los niños, a estudiar cosas que cuando crezcan van a olvidar. Además no tengo demasiados amigos en el instituto, que se diga. Suelo pasarme la mayor parte del tiempo escuchando música con los cascos. Me ayuda a desconectarme de todo.

Ahora tengo clase de baile. Debo coger el autobús porque mi padre no sale del trabajo hasta las nueve y media. Laia se queda en casa de una amiga suya. Normalmente suelo cambiarme en el vestuario, pero hoy me he cambiado en casa. Al entrar en clase, la profesora me dice que quiere hablar conmigo.

-Hola Naira.

-Hola.

-¡Tengo una gran noticia! – Se queda callada esperando a que conteste, pero yo no digo nada.- ¿Te acuerdas de la última actuación que tuvimos?

-Sí.

-Bien, pues un gran amigo mío, que tiene una afamada academia de danza, ¡Quiere que des clases con el!

-¿Qué?

-Sí, me dijo que tienes mucho talento y que deberías ir a una academia más avanzada.

-¡Que pasada! ¿En serio?

-¡Sí! – Contesta, casi más emocionada que yo.- Todos los gastos están cubiertos, hasta tienes una plaza en un instituto privado.

-Espera, ¿Qué? ¿Voy a tener que cambiarme de instituto? – Todas mis ilusiones se desvanecen de repente.

-¡Claro!, la academia está en Barcelona.

-¿En Barcelona?, imposible…

-¡Naira tienes que ir, no puedes despreciar esta oportunidad!

-¡Pero es que no puedo!

Salgo corriendo. No quiero seguir con la conversación. Y menos hablarle de mi situación personal. No puedo ir a Barcelona, mi padre no lo permitiría nunca.

Prefiero quedarme en la calle antes que llorar desconsoladamente en mi habitación. Ojalá mi vida fuese de otra forma. El autobús viene en cincuenta y tres minutos. Decido entrar en un bar, al menos para tomarme una coca cola. Todas las mesas están ocupadas. Bueno no, al fondo hay una que está libre. Me siento y cojo el periódico. No hay más que malas noticias, como no. Encuentro un artículo más o menos interesante.

Cuando lo estoy leyendo, se sienta un hombre en mi mesa. No tiene muy buen aspecto, parece haber bebido. Tiene la nariz roja y los ojos llenos de grietas. Se queda mirándome fijamente. Al principio hago como que no le veo, pero finalmente aparto el periódico de mi cara y le miro también. Él no se inmuta. Me termino la bebida y me levanto de la silla. Salgo del bar y el hombre permanece ahí, sentado. Pienso un rato en ello, pero al final no le doy importancia.

El autobús llega en diez minutos. Me quedo sentada en el borde de la acera, esperando a que llegue. Ya ha anochecido y solo son las siete. La verdad es que hace bastante frio. Cuando llega el autobús me subo y me siento en el último asiento. Siempre me siento ahí, no sé por qué. Apoyo la cabeza contra el cristal y cierro los ojos.

Al llegar a casa, me tumbo en la cama y me hundo entre los cojines con un libro. Después de una hora, más o menos, suena el timbre. Voy a abrir. Es Laia.

-Hola. ¿Qué tal?- Le pregunto.

-Bien.-Se me queda mirando.- ¿Has estado llorando?

-No.- En realidad sí, pero no quiero que se preocupe.

-Vale. ¿Podemos cenar? Es que tengo un hambre…

-Sí. ¿Qué quieres?

-¿Pizza?- Me mira con una sonrisa.

-¡Sí!

Caliento el horno y meto dentro una pizza de mozzarella. Nos sentamos juntas en el sofá y enciendo la tele. En un rato llega papá.

-Hola.

-¡Hola!- Dice Laia ilusionada, y corre hacia los brazos de mi padre. Cuando era pequeña siempre me colgaba de sus brazos. Me encantaba. Ahora, hace mucho que no le abrazo.

-Vamos Laia, a lavarse los dientes y a dormir. – Digo yo, sin siquiera levantarme del sofá.

-Hola Naira.- Dice mi padre. Se acerca a donde estoy, pero se queda quieto mirándome.

-Hola.- Le contesto sin mirarle.

Se queda un rato más mirándome, pero Laia le coge de la mano y le lleva hasta su habitación.

-¿Me cuentas un cuento papá?- Le pregunta Laia.

-No cariño, hoy ya es tarde, mejor mañana.

Oigo que cierra la puerta de la habitación de Laia y se acerca. Se sienta a mi lado.

Pienso. Esta es mi oportunidad. La oportunidad de cumplir mi sueño. Tengo que decírselo.

-Papá…- No sé cómo decirlo.

-Dime, ¿Qué pasa?

-Necesito ir a Barcelona, a una academia profesional de baile.

-¿Cómo?, ¿A Barcelona?, ¿Estás loca?- Me responde incrédulo.

Decido conservar la paciencia.

-Mi profesora de ballet me ha dicho que soy muy buena y que un amigo suyo, que tiene una academia en Barcelona, quiere que estudie allí.

-Pero Naira, ¿Estás loca? ¡Sabes perfectamente que no tenemos dinero!

-Todos los gastos están cubiertos y tengo una plaza para un instituto privado.

-¿Pero tú que te has pensado?, ¿crees qué te vas a ir de casa, a una academia de baile, con gente que ni conoces?

-Sí. Es mi sueño papá.

-No digas chorradas, tú no vas a ir a ningún lado.

-Pero, ¿por qué?

-Porque lo digo yo y no hay más que discutir.

-¿Sabes que creo? Eres un amargado que solo piensas en ti y desde que murió mamá, no has sido capaz de sacar una maldita sonrisa. ¡Mamá está muerta! ¡Entérate de una vez! – Le grito.

Mi padre se queda con la boca abierta. Tarda un rato en reaccionar. De repente cierra la boca y me mira con rabia. Me pega una torta.

-¡No me vuelvas a hablar así! ¿Entendido? ¡Vete a tu habitación ya!

Me levanto del sofá cabreada y voy directa a mi cuarto. Cierro de un portazo. Me paro frente al espejo durante unos segundos. Tengo la mejilla enrojecida. Escucho a mi padre llorando silenciosamente. Me da igual.

Tengo mucho sueño, así que me meto en la cama y cierro los ojos. Me duermo rápidamente.

Mi despertador suena a las siete. Para esa hora, mi padre ya está trabajando. Tengo que despertar a Laia. Entro en su habitación cuidadosamente y me acerco a ella. Es muy mona cuando duerme.

-¡Buenos días Laia!

-Hola… ¿Puedo quedarme en casa hoy?

– Me da a mí que no, venga levanta.

Pone los ojos en blanco y la miro con una sonrisa.

-¡Venga!

-Vale, vale, pesada.

Mientras se levanta subo las persianas. Hace un día nublado, pero se ve el sol detrás de las nubes. Voy a la cocina para preparar el desayuno. Abro el frigorífico y saco la leche.

-¿Puedo desayunar choco krispies porfa?- Me dice desde su habitación. La verdad es que a mí también me apetecen.

-¡Sí!

Me siento con Laia a desayunar los cereales. Miro la hora, ya son las siete y media. Me voy a vestir, porque tengo que estar en la parada del autobús a las ocho menos cuarto. Me pongo una sudadera y unos vaqueros. Me hago una coleta y me maquillo.

-Laia, ¿estás lista?

-¡Casi, me lavo los dientes y estoy!

-¡Date prisa!

Todos los días, viene Marta, la madre de una amiga de Laia, para recogerla y llevarla al colegio, porque mi padre está trabajando y yo me tengo que ir al instituto. Bajamos al portal y ya está el coche de Marta.

-Adiós Laia, dame un abrazo.

Me da un abrazo y sale corriendo hacia el coche. Yo voy andando hasta la parada. Al subir al autobús, saludo al conductor y me siento en el primer asiento. A primera hora tengo examen de matemáticas y no he estudiado nada.

Las horas pasan lentamente, hasta que suena el timbre que indica que ya es la hora de irse, por fin. Vuelvo de nuevo en autobús. Para mi sorpresa, papa y Laia ya están en casa.

-Papá, ¿qué estás haciendo aquí?

-Laia, vete un rato a ver la tele, que seguro que ahora hay alguna película. – Le dice ignorándome. – Cariño…, antes de todo, lo siento mucho. Ayer pasaron cosas de las que no estoy nada orgulloso. Perdóname por favor…

Me quedo callada, no esperaba esto.

-Lo que me dijiste ayer me hizo pensar. Desde que mamá murió, no he estado a penas con vosotras y me arrepiento mucho, no sabes cuánto. Y… Quiero que sepas… Que puedes irte a Barcelona si quieres.

No sé qué decir, la verdad es que no tengo palabras. Sin pensarlo, le doy un gran abrazo.

-Te quiero.-Hacía mucho tiempo que no me decía eso.

-Y yo.

-¡Pues venga, haz las maletas que nos vamos todos a Barcelona!

-¿Tú también vienes?

-¡Sí! A menos que no quieras, claro.

-¿Pero tu trabajo?

-Sois más importantes vosotras.

En ese momento entra Laia.

-Papá, ¿nos vamos a Barcelona?

Parece que Laia lo ha escuchado todo. Nos fundimos los tres en un abrazo. Me siento por primera vez, completa.

Monty

 

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