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Nana




Dirigió su mano al hombro herido a la vez que ahogaba un grito. No sabía cómo reaccionar ante aquello; quería gritar, pero el nudo que atoraba su garganta se lo impedía. También pensó en llorar, mas las lágrimas parecían querer negar su existencia.

El pánico invadió su cuerpo al notar el caliente líquido en la punta de los dedos. A los pocos segundos, como si alguien le hubiera zarandeado, decidió reaccionar. Desconocía si era la opción más sensata, pero lo único que pasó por su cabeza en aquel momento fue salir corriendo.

Escuchaba los pasos de su agresora, yendo tras él sin descanso. Mientras, los pensamientos volaban en la cabeza del chico. No podía estar en lo cierto, su cerebro le había tenido que jugar una mala pasada… No, era imposible que su novia estuviera intentando matarle; se amaban más que nada en el mundo. Tenía que ser todo un malentendido…

Sin embargo, no era el momento indicado para pensar en esas cosas. Necesitaba primero esconderse y salvar su vida, luego ya vendrían las explicaciones.

Tropezó mientras subía al piso superior, lo que le hizo perder unos valiosos segundos. Tenía que tomar una decisión y rápido, o estaría perdido. Su cerebro trabajaba a una velocidad vertiginosa.

La ventana no era una opción, si caía de manera errónea seguramente terminaría con algún hueso roto, lo que sería cavar su propia tumba. La puerta principal tampoco entraba dentro de las posibilidades, pues tendría que enfrentarse a “ella” para llegar, y a pesar de que lo lograra, las probabilidades de conseguir escapar eran bastante bajas, ya que el dolor le impedía moverse con libertad.

A día de hoy, el joven desconoce si su decisión fue debida a un impulso causado por el pánico, o porque la única parte racional que aún albergaba su cuerpo estaba rogándole su salvación. Lo único que sabe a ciencia cierta, es que segundos después se encontraba oculto tras la puerta de madera que pertenecía al armario de su cuarto, intentando calmar su respiración.

Por primera vez desde que la persecución se inició, una lágrima de miedo y dolor recorrió su mejilla, haciendo que tuviera presente el silencio en el que se debía mantener. Los pasos femeninos se escuchaban sobre los peldaños, lentos y calmados, como si ya fuera consciente de su inminente victoria.

Escuchaba cómo cantaba una nana, por lo que sabía que su proximidad aumentaba por momentos. Sólo quedaba rezar por un oportuno rescate, o un milagro que consiguiera sacarlo de aquella situación y llevarlo a un hospital. Con un poco de suerte, ella asimilaría su huida por la ventana y abandonaría la estancia, o puede que no creyera de él alguien tan “estúpido” como para esconderse en un armario.

Sí, podían pasar muchas cosas, pero la verdad sólo podía revelarla el destino.

Los latidos de su corazón no hacían otra cosa sino aumentar en intensidad y velocidad, provocando que el tenso cuerpo del chico sintiera cada bombeo que daba el músculo. Ella entró en la habitación, inspeccionando cada rincón, aún con la melodía en sus labios. No buscaba joyas, ni dinero, ni nada que para otras personas pudiera albergar valor. Ella lo buscaba a él.

Pasaron eternos minutos, en los que ambos permanecieron callados con intención de saber el paradero del otro, y ninguno daba su brazo a torcer, pero para suerte o desgracia, la paciencia de la chica era bastante limitada.

Corrió fuera de la habitación, dejando que el joven pudiera respirar un poco más tranquilo. Tomó un par de bocanadas de aire, notando que poco faltaba para que comenzara a sudar. El silencio se hizo presente de nuevo en la casa. ¿Por fin estaba solo? No lo creía, pero era muy difícil de averiguar. A pesar de no disponer de reloj, podría asegurar que pasó allí más de dos horas, totalmente aterrado.

Sin embargo, los ruidos habían abandonado la casa, y la noche comenzaba a hacerse presente. Maldijo el no llevar su teléfono encima, ya que de esa manera sería incapaz de avisar a la policía a menos que bajara al salón. A pesar de ello, lo peor parecía haber pasado, y cada vez se convencía más de que quedaría solamente en un anecdótico susto.

Notó un charco de sangre a su lado, y entonces comprendió que el miedo no podía ganarle en una situación así. Se atrevió a asomar un brazo, lo suficiente para entreabrir la puerta y observar el exterior. La oscuridad estaba por tomar el cuarto, provocando un ambiente no demasiado acogedor.

Tragó saliva, y terminó por levantarse y caminar hasta el interruptor de la habitación. Escalofríos recorrían su espalda, pero decidió pasar de ellos, era su cerebro y nada más. Apretó los párpados con fuerza, a la vez que la amarillenta luz iluminaba el lugar. Suspiró con pesadez, pero se obligó a mirar… abrir los ojos nunca le había parecido algo tan complicado. Éstos se volvieron acuosos por unos momentos debido a la necesidad de acostumbrarse al cambio. Por algún motivo se encontraba más relajado; parecía que la luz echó a todos los demonios que inundaban su cabeza.

Se giró, con intención de tumbarse en su cómoda cama y descansar un poco… aunque sus planes se vieron frustrados.

Sobre las sábanas se encontraba la chica. Ahora no podía negarlo, se trataba de su novia, lo cual le causó un mayor pavor si cabe. Había estado esperando dos malditas horas, sentada sobre el colchón con un arma en mano. Tenía una mirada psicótica clavada en el rostro, y sangre seca manchaba sus brazos blancos. Parecía no contener ningún tipo de humanidad en su alma, como si estas situaciones y conducta fueran algo rutinario.

Él intentó salir corriendo, pero otro disparo atravesó de manera limpia su pierna izquierda. Profirió un grito lleno de desesperación, a la vez que caía al suelo. Fue capaz de sentarse, mientras lágrimas caían por sus mejillas.

Nada parecía tener coherencia, y había demasiadas preguntas que formular. Un motivo puede que le bastara, aunque por otra parte no estaba seguro de querer saberlo. A pesar de ello, intentó por segunda vez en el día articular palabras, teniendo el mismo decepcionante resultado de la vez anterior. De verdad quería hablar con ella, pero el miedo se lo impedía.

Cometió un error tras otro, y ya era demasiado tarde para rectificar.

Cuando salió de todos aquellos pensamientos, se dio cuenta de que el cañón de la pistola apuntaba directamente a su pecho, con una trayectoria demasiado corta para fallar aunque se moviera…

Se despidió mentalmente de sus seres queridos, no sin antes pedir perdón por ser tan indecente de no haber escogido una mejor ruta de huida. Ahora la ventana no le parecía tan mala idea. Entonces, el gatillo fue presionado sin ningún atisbo de duda, provocando que el seco ruido de la bala llenara el aire.

El chico podía afirmar con total seguridad que jamás había experimentado un dolor semejante, ni siquiera con los anteriores tiros. Apartó la mano de las otras heridas abiertas, llevándoselas al corazón. El sabor a sangre llenaba sus labios por momentos, y la debilidad le invadía.

Como una cuerda que se deshilacha, parecía perder progresivamente el control de sus miembros, hasta que terminó por derrumbarse en el suelo definitivamente, sin fuerzas para levantar la cabeza siquiera. Todo desapareció en un instante, tornándose negro. Contra todo pronóstico, profirió un grito desgarrador que vació todo el aire que sus pulmones albergaban. Pudo notar el sudor frío cayendo por su frente, y sin embargo, un pequeño vistazo a sus alrededores fue motivo suficiente para que se diera cuenta de la realidad.

Se encontraba en su cama, arropado dulcemente en las sábanas, sin sangre. La ventana mantenía su persiana a medio levantar, su pequeña planta mecía en el alfeizar las hojas al son del viento, mientras la tenue luz del mediodía entraba en la habitación. Todo estaba exactamente como lo había dejado.

De manera instintiva, llevó una mano a su hombro, y más tarde a su pecho. No dolía, no escocía ni sangraba, y tampoco le dejaron sin fuerzas un par de inspiraciones. Es más, se encontraba en perfectas condiciones.

Una risa nerviosa salió de su boca, todo había sido una estúpida pesadilla. Era incapaz de creer su suerte, todo parecía demasiado real. La verdad, es que a veces se sorprendía de las capacidades de la mente humana. Había podido sentir verdadero sufrimiento en sus carnes… era como si hubiera estado atrapado en esa situación de verdad.

Apretó el agarre de sus puños aferrándose a las blancas e impolutas mantas que cubrían su cuerpo, casi como si necesitara asegurar que se encontraba en la realidad, que no era otro burdo sueño causado por una grata imaginación.

Pasaron los segundos, y por tanto los minutos. Seguía en shock, desorientado cual inocente cervatillo. Se sentía indefenso, con miedo a mover ninguna fibra de su cuerpo, a riesgo de que alguien pudiera atacar.

Pero si paraba y lo pensaba de manera racional, ¿quién podría hacerlo?

A diferencia de a lo que su mente le había expuesto, su novia no era ninguna homicida psicópata. Le quería, y seguramente ambos se reirían del sueño a la vez que tomaban un café con una tostada para desayunar. Tanto desvarío causaban sus pensamientos, que decidió cerrar los ojos y asimilar lo ocurrido. Su pulso se encontraba acelerado aún, y no podía permitirse el lujo de agobiarse por algo así, odiaba esa sensación. Esto era sin ir más allá, otra divertida anécdota que contar.

Una vez que sus músculos despertaron, la curiosidad le invadió, y no pudo evitar preguntarse la razón que había causado aquella imagen en su cabeza. Muchas personas dicen que los sueños contienen significados más allá de la consciencia, y estaba seguro de que una persecución así tenía uno, cuanto menos curioso.

A pesar de todo, la respuesta que le esperaba no era para nada como se la había imaginado.

Pasó una mano por su cara, dando por terminado el tema. Había pasado una mala noche, eso era todo. Desde luego, su nuevo trabajo estaba haciendo que sufriera alguna que otra penuria. Tendría que discutir con su jefe el tema de los horarios, porque en estas condiciones no iba a aguantar demasiado.

Pero eso sería una discusión para mantener en otro momento. Lo que más necesitaba era un abrazo, y probablemente una bofetada para terminar de convencerse de que estaba despierto.

De manera inconsciente miró a su derecha, para encontrar algo que formó una mueca de horror en su cara:

Sentada sobre el sillón, mientras su dulce voz entonaba una nana; pudo distinguir una pequeña pistola que descansaba en el regazo de la chica, mientras pasaba un paño por encima del metal del cañón… todavía humeante.

Halley Star

 
Post date: 2018-03-14 21:00:27
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