Opresión

Un fuerte golpe proveniente de la habitación de sus padres, sobresaltó a Miguel en mitad de la noche. Sabía qué era ese golpe: no era la primera vez que se despertaba por su culpa. Su padre llevaba seis meses pegando a su madre, por el simple hecho de ser mujer. Lo hacía a su antojo, siempre que Estela, la madre de Miguel, hacía algo o expresaba su opinión sin haber sido preguntada.

Otra bofetada.

Miguel no soportaba aquello, una semana tras otra. Pero, ¿qué podía hacer un crío de 14 años con problemas en el colegio frente a un padre de 45 años que maltrataba a su mujer y a su único hijo? No podía alertar de ello a nadie, ni siquiera a la policía, ya que su padre le llevaba al colegio y le recogía en su coche, y no le dejaba salir para prácticamente nada más. Y su madre tampoco podía hacer nada al respecto porque siempre que su marido salía de casa, cerraba con llave para que Estela y Miguel no pudieran salir. Les tenía a su merced. Al menos a Miguel no le pegaba, por el momento.

Otra bofetada, este vez seguida de un portazo.

Miguel soltó un resoplido y miró su reloj despertador. Faltaban dos minutos para que sonase la alarma, así que se levantó, la silenció para que no sonara y se puso a vestirse. Luego bajo a desayunar con Dani, su padre, o como a Miguel le gustaba llamarle cuando estaba a solas con sus pensamientos, el tirano. Se saludaron con un ¨hola¨ especialmente seco. Después de desayunar, se prepararon para salir. El tirano cerró la casa con llave y se montaron en el coche. Miguel se pasó todo el recorrido observando el triste paisaje de un lunes por la mañana con mirada ausente. No le gustaba ir a clase. Solo tenía dos amigos, de su edad y gemelos, y juntos formaban el grupo de los ¨raritos¨, ese tipo de gente a la que nadie se quiere acercar. Algunos por repugnancia, otros solo por el hecho de que los demás tampoco lo hacían. Era como si tuvieran algún tipo de enfermedad misteriosa, y la gente no se acercaba a ellos por miedo de ser contagiados. Sin embargo, él ya estaba acostumbrado. Aquel día fue como otro cualquiera, aburrido e infructuoso. En el recreo, solía haber el típico grupo de chulitos que iban donde Miguel y sus amigos para reírse de ellos sin motivo aparente. Y en clase tampoco podía faltar el gracioso de turno que les lanzaba bolitas de papel con amenazas o les molestaba, solo para fastidiar. Miguel llevaba mucho tiempo aguatando todo eso, desde que apenas era un niño, y cada vez se le hacía más y más difícil soportarlo. Ese día llegó a casa con su padre y vio a su madre tumbada en el sofá agotada, viendo la tele para descansar un poco. Había hecho todas las tareas de las casa y ahora tenía agujetas en las piernas y la espalda. Dani se adelantó hasta donde estaba Estela y apagó la televisión con furia obligando a su mujer a levantarse.

–¿Que hacías viendo la tele? –preguntó el tirano enfadado–. ¡Deja de hacer el vago y ponte a limpiar la cocina!

–Pero…–respondió timidamente Estela–, ya está todo limpio, y como estaba cansada…

–¡Cállate! –interrumpió su marido, a la vez que le pegaba con la mano abierta en la cara– No puedes ver la tele sin mi permiso. Ahora sube a tu habitación y estate en silencio– le espetó–.

Estela se fue a su cuarto rápidamente con lágrimas en los ojos. Miguel se quedó en el sitio, sin moverse. No sabía si debía irse o quedarse donde estaba. Su padre le resolvió la duda rapidamente.

–¿Y tú que haces ahí mirando? ¡Vete a hacer la tarea o lo que sea que te manden en ese estúpido colegio!

Miguel no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió lo antes posible del salón, pero antes de entrar en su cuarto, oyó que del de su madre provenían unos sollozos. Llamó a la puerta y entró. Vio a su madre sentada en la cama acariciando una foto enmarcada. Al acercarse, se dio cuenta de que era la foto de su boda. Ahí, Dani y Estela parecían la pareja más feliz del mundo, nada más lejos de la realidad actual.

–¿Papá es así desde simpre? –inquirió Miguel–. Me refiero a si cuando le conociste te trataba tan mal como ahora.

Estela le miró de soslayo, pero no contestó. Justo cuando él fue a abrir la boca para insistir, su madre habló.

–La verdad –suspiró–, es que no. Cuando le conocí, era la persona más maravillosa que yo había conocido –empezó a explicar ella–. Empezamos a salir y al cabo de un tiempo nos casamos. Todo iba perfectamente, hasta que un día ocurrió una tragedia. Sus padres murieron en un atentado terrorista en Madrid. Para él fue un golpe muy duro, que le dejó una marca de por vida. Desde entonces, cada día que pasa es peor. Al principio solo me gritaba, pero fue empeorando y, bueno… ya ves como está la situación ahora.

Miguel no tenía ni idea de cómo actuar, así que simplemente abrazó fuertemente a su madre para darle apoyo.

–Una última cosa –continuó su madre–. Si algún día no estoy, quiero que seas fuerte hijo, que luches. La vida no es fácil, pero si luchas, siempre saldrás a flote. Te quiero hijo.

–Yo también te quiero, mamá –respondió él–.

Habían pasado dos meses desde aquella disputa entre los padres de Miguel. El curso escolar avanzaba sin novedad alguna. La gente se seguía riendo de él, y él intentaba pasar de ellos, lo que se le hacía cada vez más dificil, en especial porque sus amigos los gemelos se habían cambiado de centro escolar, y nunca volvió a verlos. En casa, la cosa no había mejorado en absoluto. Si acaso, había ido a peor. Su padre estaba cada vez más agresivo y había empezado a agredir también a Miguel, aunque en mucha menor medida que a Estela. Un día, el tirano mandó a su mujer al supermercado a hacer la compra, cosa que era excepcional, ya que casi nunca le dejaba salir a ella sola. Le dijo que tenía un máximo de media hora para ir y volver. De lo contrario, pensó, le haría escarmentar para que no volviera a desobedecerle. Dani se quedó esperando a Estela en la mesa del comedor. Pasó la media hora, y la madre de Miguel aún no había vuelto. El tirano se empezó a impacientar notablemente. Cada vez estaba más nervioso y desviaba la mirada por la ventana más frecuentemente. Al cabo de diez minutos, llamaron a la puerta. El marido de Estela se levantó rapidamente para abrir la puerta. Pero para su sorpresa, detrás de ella no encontró a su mujer, sino a dos agentes de la Policía Nacional.

–¿Es usted Daniel Casanova, marido de Estela Ruiz? –preguntó unos de los agentes–.

–Sí, soy yo. ¿Qué ocurre? –respondió él–.

–Su mujer ha sido atropellada por un coche hace escasos minutos –intervino el segundo agente–. Sentimos decirle que ha fallecido en la ambulancia de camino al hospital. Los asistentes de ambulancia no pudieron hacer nada. Lo sentimos –terminó de explicar.

Luego abandonaron el edificio, dejando a Dani clavado en la puerta, impactado. Miguel, que había escuchado toda la conversación, no se lo podía creer. Tenía que haber un error. Estaba convencido de que se daría la vuelta en el sofá y vería a su madre llegando a casa con la compra. Pero no era así. El tirano se habia retirado de la puerta y se dirigía a su habitación con la cabeza baja. Miguel hizo lo mismo, y ninguno salió de la habitación hasta el día siguiente. Cuando el chico se despertó notó que le faltaba algo importante. Sentía como si le hubieran arrebatado una parte de su corazón y jamás se la fueran a devolver. Ese dia faltó a clase para asistir al funeral de Estela. Al funeral acudieron Miguel, sus tíos maternos, Dani y algún que otro amigo de este último. Las semanas siguientes fueron sin duda, las más duras de toda la vida del chaval. Cada insulto o burla le afectaba el triple, e incluso hubo algún payaso que le vaciló con su difunta madre. Y ahora que ni ella ni sus amigos los gemelos estaban, se sentía más solo que nunca. Otra cosa que le hizo hundirse aún más fue lo que leyó en el periódico regional acerca de la muerte de su madre. Textualmente decía: <<… tras esta tragedia, la policía ha estado investigando y preguntando a los testigos oculares del acontecimiento, los cuales estaban en desacuerdo con el hecho de que este atropello hubiera sido un accidente.Y no hablaban de que el conductor hubiera querido arrollar a Estela a propósito, sino todo lo contrario. Las declaraciones de los testigos afirman que ella llevaba varios minutos llorando desconsoladamente en el borde de la acera, hasta que finalmente se levantó y, antes de que nadie pudiera predecir lo que se desponía a hacer, Estela se abalanzó sobre la carretera cuando pasaba un coche. A todo el mundo le ha sorprendido la noticia de que la mujer se hubiera suicidado, al igual que todos coincidimos en que hoy es un día muy triste…>>.

Miguel no se lo podía creer. Aunque en el fondo, sabía que tenía sentido. Sufría maltratos a diario por parte de su marido y se pasaba la gran mayoría del tiempo encerrada en casa sin opción de escape. Es normal que eligiera la salida fácil. Sin embargo, sentía que una pequeña parte de la esencia de su madre estaría junto a él para simepre. Pero Miguel se puso a pensar. Y se dio cuenta de que una persona no se suicida así porque sí, porque le viene en gana. Alguien se suicida por una razón de mucho peso. Se dio cuenta de cual era esa razón de peso. Esa razón era Dani. Era todo por su culpa. El suicidio de su madre, el bullying en su insituto, su rechazo social… Inmediatamente después de darse cuenta de ello, un nuevo sentimiento nació en su interior. Al principio era una pequeña chispa, pero después fue aumentando de tamaño hasta convertirse en una fogata: era el odio. Por cada semana que pasaba, por cada golpe y grito que recibía de su padre, el odio se hacía más intenso, y la chispa inicial se estaba convirtiendo en un enorme incendio en su interior. Hasta que un día se cansó. Decidió plantarle cara al tirano. Así que bajó las escaleras desde su habitación hasta el salón, donde estaba su padre leyendo el periódico. Miguel se puso en frente suyo, al otro lado de la mesa, y se quedó mirando fijamente a los ojos de Dani, que seguía leyendo el periódico a pesar de haberse dado cuenta de la presencia de su hijo. Finalmente, levantó la mirada hacia Miguel, y se quedaron mirando fijamente.

–¿Se puede saber qué demonios quieres ahora? ­–preguntó el padre–.

Ahora que Estela ya no estaba, todo el malhumor de Dani recaía sobre su hijo.

–Mamá murió por tu culpa –le increpó Miguel, sin andarse con rodeos–, pero tú actúas como si te diera igual, como si nada hubiera pasado.

–No me provoques niño, te lo advierto. Sabes que lo que estás diciendo no es verdad –dijo en tono amenazador su padre–.

–¡¡No mientas!! –gritó Miguel–. ¡Se suicidó por tu culpa! ¡La maltratabas y la discriminabas todos los días! ¡Eres un pedazo de…!

–¡SILENCIO! –le interrumpió el tirano–.

Dejó el periódico encima de la mesa, se levantó y se fue acercando lentamente a Miguel, que intentaba aparentar una valentía y seguridad que en realidad no sentía para nada. Dani se acercaba cada vez más y, finalmente,el chico cedió. Por cada pasó que su padre avanzaba hacia delante, él retrocedia dos hacia atrás. Y así duraron unos segundos hasta que Miguel notó algó duro que le impedía seguir retrocedinedo: la pared. De repente, el tirano le cogió del cuello y empezó a tirar hacia arriba con una solo mano.

–Tu madre –empezó a decir Dani con el semblate oscuro–, se suicidó porque era una idiota que lo único que hacía era lloriquear como haces tú –los pies de Miguel ya se habían elevado un par de centímetros sobre el suelo–. Así que como vuelvas a desafiarme, te vas a acordar de mí.

Dani se había acercado tanto a Miguel, que este podía notar su aliento en la frente. Finalmente, Miguel quedó libre de las garras de su padre. Cuando recuperó el aliento, subió a su habitación y se puso a llorar amargamente tumbado en su cama. Estuvo asi un buen rato, sin saber que hacer. Cuando ya no le quedaban más lágrimas que derramar, se puso un poco más erguido y empezó a pasear su mirada por todos los objetos de su habitación. Tras unos minutos, su mirada se posó en las cortinas que tenía su derecha. Se levantó de la cama, apartó las cortinas y abrió la ventana. Se asomó y vio a mucha gente yendo de un sitio a otro, pero sin prisa. Era sábado y la gente salía con sus amigos para tomar algo. Miró también al cielo, a las nubes. ¡Quién pudiera ser una nube en el cielo, sin problemas ni preocupaciones! De repente, un pensamineto le vino a la cabeza. Tal vez… tal vez esa fuera la solución. Volvió a mirar hacia abajo. Pensó en el tirano que se hacía llamar su padre, en los niños del insituto que le marginaban, en los transeúntes que se apartaban de él cuando iba por la calle. Pero sobre todo pensó en su madre. En lo bonito que sería ir ahora mismo a su habitación y contarla todos sus problemas. Pero eso no iba a pasar. Su madre jamás volvería junto a él. Pero quizás Miguel si que pudiera ir con su madre. Entonces, abrió más la ventana y se subió a la repisa. Miró hacia abajo y vió a la gente que le ignoraba, tal vez sin querer, tal vez a propósito. Pero justo antes de cometer una locura, se le vino un recuerdo a la mente. Eran su madre y él hablando, y su madre le decía que fuese fuerte, que no se rindiera sin luchar. Y Miguel se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Cegado por el odio, casi se dejaba llevar. No iba a defraudar a su madre. No iba a rendirse sin luchar. Bajó corriendo las escaleras y entró en la cocina, donde estaba el teléfono fijo de la casa. A pesar de que le temblaban las manos, fue capaz de recordar y de marcar correctamente el número de la policía. Cuando le cogieron, les explicó que su padre le maltrataba a él y su difunta madre, y que no tenía intención de dejar de hacerlo. Habló en voz baja para que Dani, que estaba en su habitación, no le oyera. Después de dar la dirección de la casa, le dijeron que iban a mandar a dos coches patrullas para ver que sucedía en ese domicilio. Pero justo cuando Miguel colgó la llamada y creía que ya solo quedaba esperar a la policía, el tirano apareció por las escaleras, con cara de pocos amigos.

–¿Con quién narices hablabas? –preguntó un tanto alterado Dani–.

–Con nadie –.

–Dime con quien hablabas o…

–¿O qué? ¿Me vas a pegar? –dijo Miguel con tono desafiante–. La policía está de camino. Vienen camiones llenos de gente armada dispuesta a disparar con tal de detenerte a ti y a tu acoso –mintió él, para intentar intimidarle un poco–.

–Serás… Ven aquí niñato. Vas a ver lo que es bueno –amenazó el tirano a la vez que se avalanzaba sobre su hijo–.

Miguel lo esquivó por los pelos, y salió corriendo hacía la segunda planta de la casa. Allí se vió acorralado, por lo que tuvo que idear un plan rapidamente. Pensó en esconderse en un cuarto y cuando su padre entrase en otro, él saldría pitando hacia la planta baja y después a la calle. Y así lo hizo. Su padre estaba tan cabreado que entró en la primera habitación que vio, con la mala suerte de que su hijo salió corrinedo como una exhalación hacia abajo. El tirano, rugió de rabia y empezó a perseguir a su hijo. Vio como éste abría la puerta de la casa que daba directamente a la calle y salía por ella. El padre extendió la mano, y justo cuando rozó la camiseta de su hijo, la puerta se cerró en su cara, dándole un fuerte golpe y haciéndole sangrar la nariz. Luego, vino la oscuridad.                                                             Miguel por su parte, había ido corriendo en dirección a los agentes de policía que acababan de llegar y les explicó la situación: el cómo había tratado Dani a Miguel y a su madre en estos últimos años y el cómo, a raíz de eso, Estela se había suicidado. Luego, dos agentes entraron en la casa en busca del padre de Miguel, mientras el chaval se quedaba fuera respondiendo unas preguntas. Cuando los agentes entraron en el domicilio, lo vieron tumbado en el suelo inconsciente, y llamaron a una ambulancia para que le fueran a buscar. Cuando el tirano volvió a despertar, lo primero que vio fueron los barrotes de una celda.

–Bienvenido a la cárcel –le interrumpió un hombre que había delante de su puerta–. Has sido condenado a 15 años de prisión por malos tratos hacia tu mujer y tu hijo y por ser el principal motivo del suicidio de tu mujer. Así que –continuó–, yo que tu me iba acostumbrando a la comida de lata, prisionero.

Y riéndose de su propio chiste, el carcelero se marchó.

A Miguel le mandaron a vivir con sus tíos, los cuales le querían mucho y le trataban como a un hijo. Miguel estaba muy contento de abandonar por fin al tirano, su padre, y se lo pasaba en grande viviendo con sus tíos. Sin embargo, todas las noches pensaba en su madre y en cuánto la echaba de menos. De ahí en adelante, Miguel se esforzó por tratar lo mejor posible a todo el mundo, incluso a los que le caían mal, porque él sabía mejor que nadie, en lo que podían desembocar unos insultos y unos malos tratos.

Álvar Fáñez de Minaya.

 

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