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PÁGINAS EN EL MEDITERRÁNEO

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Día 1.

Ahora, justo ahora; mamá, Effie, los abuelos y yo acabamos de embarcar. También nos

acompaña el frío nocturno, y húmedo, por supuesto. Cada vez entran más personas.

Ellos tampoco deben saber a dónde vamos. Es curiosa la sensación de ignorancia sobre

qué va a ser de ti a partir de ahora. Supongo que así se sienten los ciudadanos donde

empieza a gobernar un órgano cuyo lema es la tiranía.

No os podéis imaginar lo agobiante que es estar aquí dentro, y apenas llevo unos

minutos. Logro entrever en los rostros de mis compañeros de viaje una expresión

cargada de aflicción, de sumisión. Sentimientos que se convierten en una fotografía

revelada después de lo sucedido anoche en la ciudad. Sentimientos que comparto. Algo

que ni el más recurrido “no pasa nada, hijo, está todo bajo control” de una madre, será

capaz de borrar.

Ahora es de noche y no podría detallaros nada, pero llevamos todo el día esperando en

la playa y la embarcación llegó al atardecer. Imaginaos una barca sencilla, sin

pretensiones. Bien, ahora multiplicad su tamaño por doce. Es enorme. La capa de

pintura exterior es de color azul cobalto, con una franja blanca y unas cuantas capas de

barniz. La pintura está descascarillada y comida por el sol. La madera se ve agotada y

de mala calidad. Es preferible no respirar profundamente, el ambiente está cargado de

un fuerte olor a combustible, nada agradable. Nos ha tocado la zona de babor, cerca de

la proa. Los abuelos están justo delante, así aprovecho para dar masajes a mi abuela en

la espalda. Ella no dice nada, pero sé que le encanta. Estoy justo en el borde, no quiero

perderme estas maravillosas vistas al mar y las futuras reflexiones que surgirán después

de estar horas y horas observando el incesante movimiento de las olas. A nuestro lado

se sitúan otras dos barcas más; saturadas de personas, por supuesto.

Han venido unos hombres a orientarnos sobre cómo colocarnos, qué hacer en caso de

naufragio o cómo prepararse para un temporal. Después de la charla, nos han dado una

especie de manual de instrucciones para sobrevivir en el mar. Lo mejor de todo es que

está en inglés, algo idóneo para mis abuelos. Han estado muy agudos ahí. Una de las

medidas de emergencia, según nos indica el escrito, es activar el GPS de nuestro

smartphone. Vaya nombres más extraños les ponen a las bengalas de emergencia.

Todo está pasando muy rápido. Escribir me servirá como distracción por unos días.

Espero que tan sólo por unos días. Mamá me ha confirmado que no vamos a estar

mucho tiempo metidos en este armatoste marino. Mi abuelo lo llama patera y dice que

es el peor transatlántico en el que puedes viajar. Espero que tengan buffet libre con

dolmas y ensaladas de todo tipo. Antes de salir de casa me hice con unas cuantas bolsas

de té rojo, que me encanta. Aunque, ahora que lo pienso, no sé dónde voy a calentar el

agua, si es que hay agua potable en este antro.

Aquí no hay sitio para más almas.  Me pregunto cómo vamos a defecar. No sé qué hago

pensando en estas cosas, la verdad. Dicen que es preferible pensar en cualquier cosa que

no tenga que ver con el porqué de nuestra marcha, pero necesito saber la razón por la

que estamos aquí.

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Parece que ya está todo listo. Sí, por favor. Estar así de pegados es insufrible. Ahora sé

lo que sienten las sardinas enlatadas. Por si fuera poco, la mayoría de los aquí presentes

van perfumados hasta las cejas. Mi abuelo me ha contado que lo hacen para ser

aceptados allá donde el mar los lleve. La mezcla del fuerte olor a colonia con la del olor

a combustible no es muy agradable, sinceramente.

Esto empieza a moverse. Estoy seguro de que los últimos que han entrado no habían

reservado plaza, qué caraduras. Los brazos de algunas personas están haciendo las veces

de remos. Uno de mis amigos se alistó unos meses en un club de piragüismo. Estoy

segura de que esto le gustaría.

Esta es mi primera noche en un barco. Las olas están durmiendo. Apenas se ve nada.

Unos pasajeros nos han prestado sus linternas. Tendría que haber pensado en traer algo

de eso, aunque no importa, yo estoy feliz con mi té rojo, mi cuaderno, mi lápiz y mi

esperanza.

Ahora toca confiar. De momento, lo único que puedo deciros es que echo de menos el

aire de Alepo. Echo de menos a mis amigos; echo de menos la escuela; echo de menos

las calles, los mercados, las plazas. Echo de menos las tardes en calma. Tardes con

amigos, tardes eternas. Eran tardes para abstraerse de los problemas. Echo de menos a

mi padre.

Siento impotencia. No sé qué hago aquí. Qué hacemos todos aquí. Tengo miedo.

Tras todo un día repleto de dudas, he decidido finalizar la jornada con unos versos que

reflejan lo que siento en este preciso momento.

Donde la inmoralidad habita

no cabe más.

Sueños sobre la libertad

se rompen.

Del no saber, del no querer.

Del querer,

y del saber cómo hacer temer.

Fulgores de esperanza

al cruzar la línea.

Fulgores de impotencia

al pasar de la línea.

Ilusiones transformadas

en ceniza de espanto.

Buenas noches, a la ilusión.

Día 2.

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Si alguna vez os ofrecen pasar una noche de invierno dentro de un barco rebosante de

personas, con olores de todo tipo; hacedme caso y decid que no. Han sido unas horas

insufribles. Los abuelos y Effie fueron los primeros en dormirse. Mamá y yo estábamos

aferradas la una a la otra. La temperatura descendió considerablemente en la noche,

como es lógico. Había un grupo de mujeres, acongojadas. Estaban rezando a Alá por

una solución. Oraban también por todos los allí presentes y por los que no están. Mi

madre también lo hacía, pero en silencio. Los llantos continuaron a lo largo de toda la

madrugada.

Mis párpados, lacrados por el sueño; se abrieron. El barco empezó a rolar de forma

brusca. Las olas despertaron. El pánico ocupó un sitio en la embarcación (como si no

fuéramos suficientes). Nos abrazamos, como se indicaba en el manual de supervivencia.

Effie no paraba de preguntar insistentemente si íbamos a ahogarnos. Tras todo ese

tiempo, aparentemente interminable, la tormenta amainó, el pánico desembarcó cuando

la calina le dio el relevo. Amén.

Ha amanecido. Poder presenciar el momento en el que, de entre la intensa oscuridad,

aparece el sol sobre las aguas cristalinas, es un espectáculo digno de admirar. Y más, si

no has dormido nada en toda la noche. He visto un par de ratas enormes desfilando por

la borda. El señor que estaba hablando con mi abuelo dice que no me asuste porque

dentro de unos días pasarán a formar parte del menú diario.

Después de dos intensos días, creo que es el momento de contaros por qué estamos aquí.

Todo empezó hace dos noches, cuando Effie y yo nos encontrábamos jugando a las

cartas en el salón, mientras papá estaba preparando la cena. Los abuelos ya estaban en la

cama y mamá trabajaba de noches en el hospital, es médico. Recuerdo sentir un silencio

en el ambiente, segundos antes de escuchar un gran estruendo. Retumbó por toda la

casa. Las lámparas del techo empezaron a balancearse, el suelo vibraba. Los abuelos se

levantaron rápidamente. Se escuchaban gritos por todas partes en la calle. Papá entró en

el salón y dijo que teníamos que quedaros quietos, con los abuelos. Él salió de casa un

momento. Me levanté del sofá donde estábamos sentados mi hermano y yo. Fui hacia la

ventana y miré. No era ese mi barrio. Parecía haber surgido el infierno desde las

entrañas de la tierra. Bajo la inmensa oscuridad de la noche; edificios en llamas,

personas corriendo despavoridas por todos lados. Los coches abandonados en la

carretera, sus dueños habían salido huyendo de algo, ¿de qué?

Me dirigía de nuevo al sofá cuando, de repente, volvió papá y exclamó alterado: “¡La

casa del vecino!, ¡la casa del vecino está completamente destrozada!”, los abuelos

preguntaron dónde estaba el vecino y mi padre contestó “Está tirado en el suelo, sin

pulso”. No sabíamos cómo reaccionar. Dijo a los abuelos que fuéramos al hospital a

buscar a mamá, él iba a intentar rescatar a la hija del vecino. Effie se puso a llorar, yo

me encontraba en estado de shock. Bajamos las escaleras del portal si ver nada. No

había luz. Estaba todo completamente a oscuras. Al salir, la abuela nos tapó a Effie y a

mí los ojos, pero aún así pude ver a mi padre intentar rescatar, de entre las ruinas de la

casa del vecino, a Ali, la hija. Sólamente se veía un brazo con moretones por todas

partes. Estábamos subiendo al coche cuando volví la vista a esa escena, que parecía

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sacada de unos informativos, y vi el cadáver del vecino. Completamente deformado,

chamuscado. Le faltaban algunos miembros. Una imagen que no lograré quitarme

nunca.

El abuelo arrancó el coche y fuimos directamente al hospital. Mi hermano y yo

estábamos sentados en la parte trasera; la abuela entre nosotros.

Por más que nos saltábamos los semáforos y el abuelo aceleraba; era imposible perderse

el panorama infernal a través de la ventanilla. Me sentía atemorizada. No entendía nada.

Estaba pasando mucho miedo. La gente; vecinos, compañeros de clase, amigos; tirados

en el suelo, sufriendo. Personas gritando, llamando a sus seres queridos. Y yo en un

segundo plano, consternada por lo que estaba pasando.

Llegamos al hospital. El abuelo salió del coche y dijo que no nos moviésemos bajo

ningún concepto. La abuela no cesaba de tranquilizarnos, aunque ella se encontraba

igual que nosotros. A nuestro lado, estaba aparcado el coche de los padres de Khaled, un

compañero de clase. Él también estaba dentro del coche, imagino que con la misma

angustia que nosotros. Effie echó el aliento en la ventanilla y escribió: “¿Qué está

pasando?”, Khaled le contestó: “Son los malos”. La abuela bajó la vista y, resignada,

nos obligó a no mirar más por la ventana.

La espera se estaba haciendo eterna. Empecé a pensar que podía haberle ocurrido algo a

mamá. No aguantaba más. Estuve a punto de estallar. Conté hasta diez, alcé la mirada,

desabroché el cinturón, quité el seguro, abrí la puerta y salí corriendo hasta las puertas

del hospital. Mi abuela empezó a gritar sin parar que volviera al coche. Yo no quería

perder a mi madre. Entré. Todo estaba en un estado catastrófico. Personas en el suelo.

La recepción estaba atestada de camillas con pacientes agonizando. Pacientes

desangrándose como consecuencia del derrumbamiento. No sabía a dónde ir, los

carteles estaban destrozados. Lo único que sabía es que mi madre trabajaba en la sala de

neonatología. No paré de correr por los pasillos; subiendo escaleras; atravesando

salas…, hasta llegar allí. Encontré a mi abuelo, de pies, esperando. Me vio y reaccionó

como si hubiera visto al mismísimo Mahoma. Gritó, descompuesto: “¿¡Qué haces aquí,

Ida?!”, no sabía qué contestarle, simplemente le pregunté dónde estaba mamá, su

respuesta, poco sincera, fue que estaba llegando. Tenía aún más miedo que antes. Había

bebés llorando. Sus llantos eran desalentadores. No sabía qué hacer para poder ayudar.

Las enfermeras, sumidas en el pánico, trataban de rescatar a todos los recién nacidos.

Muchos de ellos entre los escombros, llenos de polvo. En ese momento, se abrió una

puerta al fondo de la sala y apareció mi madre, con un bebé en sus brazos. Estaba lleno

de sangre, envuelto en una manta color verde esmeralda, no esperanza.

Abandonamos rápidamente el hospital. A la salida se encontraba un matrimonio, al que

mamá entregó el bebé y dijo que no podía hacer más por ellos. Fuimos hacia el coche.

La abuela pasó a la parte del copiloto y ella se sentó en el asiento trasero, entre mi

hermano y yo. Intentaba calmarnos con sus abrazos y palabras. Nosotros también

intentábamos tranquilizarla. Llegamos a casa y nos dirigimos todos hacia el sótano,

menos papá.

Al día siguiente; ya estaba todo preparado. Fuimos directos a la playa. De camino, no

podíamos evitar la visión de los destrozos causados la noche anterior. El color ocre de

los edificios de piedra caliza se había tornado negro. Negro pánico.

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No he vuelto a ver a mi padre desde entonces. Mamá me ha dicho que se despidió de mí

cuando estaba durmiendo. ¿Llegará a tiempo? No sé dónde podrá estar en este preciso

momento. Estoy segura de que allá donde esté, estará pensando en nosotros.

Está atardeciendo, este es mi momento preferido del día. El cielo color albaricoque, se

refleja en el mar e invita a hacer reflexiones trascendentales. Algunos de mis

compañeros de viaje se han tirado al agua para pasar la tarde, Effie también. Creo que

mañana me animaré.

Ya va siendo hora de que presente a mi familia y a mí.

Devra, mi madre, es médico y se encarga de cuidar a los recién nacidos. Los niños le

encantan, con su trabajo ha cumplido su sueño desde pequeña. Siempre que no trabaja

se preocupa de estar con mi hermano y conmigo el máximo tiempo posible. Salimos a

pasear, hacemos excursiones…, la última vez fuimos a ver las ruinas de Palmira. Allí

todo era precioso, parte de nuestra Historia (se me cayó el alma a los pies después de

enterarme de que un grupo de imbéciles radicales habían ocasionado graves daños en

los monumentos).

Ghalib es mi padre, conoció a mamá cuando estaban en el colegio. Él no trabaja, se

encarga de cuidarnos, junto con los abuelos cuando mamá está en el hospital. Nos lleva

a jugar, trae regalos siempre que puede y trata de darnos la mejor educación posible.

Larissa es mi abuela. Una vez oí decir al abuelo decir que tiene quinientos setenta y

nueve años. No puede ser posible. Ella está con nosotros en todo momento. Nos ayuda a

hacer los deberes. Cuando hace sol, se sienta justo en un banco situado a la salida de

nuestra casa, allí está a la sombra. Dice que eso es uno de los mayores placeres de la

vida. Su piel tiene muchas arrugas. Cuando estoy aburrida, tiro de sus pellejos y

automáticamente se convierte en una persona más joven. La quiero mucho y espero

cumplir quinientos setenta y nueve años con ella presente.

Después está mi abuelo, Abdul. Es una persona muy seria, tajante en las respuestas. Se

le reblandece el corazón cuando habla de la abuela. Estuvo gran parte de su vida en el

mar. Desde pequeño, empezó trabajando de marinero hasta llegar a ser capitán en la

marina mercante. El amor por todo lo marino lo he heredado de él.

Luego está Effie, que cumplió hace unas semanas, diez años. Es el pequeño de la casa.

A pesar de ser hiperactivo, tiene una capacidad creativa desbordante. Su pasatiempo

favorito es la lectura de cómics americanos. Batman es su superhéroe favorito; así lo

reflejan la colcha y las paredes de su habitación.

Por último, quedo yo, qué emocionante. Me llamo Ida, tengo diecisiete años y amo la

literatura. Mi madre solía leerme cuentos cuando aún estaba dentro de ella. Leer y

escribir son dos aficiones de los cuales me nutro día a día. Otro de mis hobbies es el

dibujo. Siempre me ha gustado dibujar. El arte. El arte es un componente fundamental

en la existencia. Es aquello que necesita una persona para expresar sus sentimientos de

una forma completamente creativa y sustancial. Como ya os comenté anteriormente,

todo aquello que tenga que ver con lo marino me fascina, gracias a mi abuelo. Conozco

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todas y cada una de las partes de un barco. Lo más curioso es que esta es la primera vez

que estoy dentro de uno y no es como me lo imaginaba. Eso es todo sobre nosotros.

Se acaba de posar sobre el pasamanos un pájaro precioso. Es de color gris piedra. Su

vientre está teñido de blanco y lleva un antifaz rojo intenso, a juego con su pico. ¡Es

muy exótico! Ahora se ha puesto a mirar hacia el mar. Apuesto lo que sea a que estará

haciendo una seria reflexión sobre la vida y sus consecuencias. Se ha acercado un señor

mayor, con mucha barba. Parece un león. Dice que ese pájaro es un Pico de Coral; ave

acostumbrada a volar por encima de las aguas y fiel admiradora del sol. Le he

preguntado educadamente: “¿Por qué está sólo y no acompañado de los de su especie?”

y el señor barbas, irritado, me ha contestado “¡Este tipo de aves son muy

independientes, niña!” Emite unos sonidos estridentes. El pájaro, sin embargo, se

mantiene todo el rato en un elegante silencio.

Ya no está. Ha echado a volar, y con su marcha; cae la noche. De nuevo, todos

inmóviles. Tenemos que estar en unas posturas muy incómodas, sin apenas poder

movernos. Huele bastante peor que la noche anterior. Me abrazo a mamá para intentar

distraerme de este cargante ambiente. Hemos hablado de papá. Hace frío. Tengo miedo.

Escrito esto, me dispongo a dejar descansar el lápiz, que hoy ha trabajado suficiente.

Ahora, tiempo para los versos.

Entre llama viva,

vida muerta.

Entre viento suave,

grito intenso.

Buenas noches, a los que persisten.

Día 3

El sol ha vuelto, y con él el desvelo de los compañeros de travesía. No hay comida. Los

víveres se agotaron ayer. Son demasiadas bocas y poco espacio para almacenar comida.

Ya no distingo la agonía de las personas que están aquí de los rugidos de mi estómago.

Es mediodía y muchas personas han decidido distraerse tirándose al mar como si de un

abismo se tratara. Effie es uno de ellos. Ayer prometí que lo iba a hacer. Quiero intentar

distraerme, para no darle más vueltas a la razón, que aún está presente, de por qué

estamos aquí y a dónde vamos a llegar. Miro al mar.

Me lanzo, dispuesta a penetrar las aguas. Una vez sumergida, empiezo a moverme

suavemente hacia delante, por el salvaje y hermoso mundo inexplorado submarino.

Floto en el silencio, que corto con el sonido de mi respiración. Por encima no hay nada,

sólo una luz brillante; el lugar de donde he venido y al que regresaré en cuanto acabe

aquí. Bajo un poco más hacia un profundo azul, donde me espera un banco de peces

plateados y veo rocas arrugadas y algas oscuras. Al atravesar el agua, las burbujas

estallan; tambaleándose como pequeñas medusas intentando subir. No tengo tiempo

para verlo todo y por eso es algo tan especial.

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Ya está. De nuevo en el infierno. He conocido a unos cuantos chicos y chicas de mi

edad. Algunos de ellos los conocía de antes, íbamos juntos al colegio o jugábamos por

las tardes. Muchos de ellos continúan todavía conmovidos por todo lo vivido en tan

poco tiempo y, peor aún, sin explicación alguna. Sin embargo, otros se lo están tomando

como algo pasajero y natural.

Todos conocemos esas dos clases de personas; las fuertes, que además se crecen en las

adversidades y aquellas más vulnerables, que pronto se desmoralizan y tienden a la

melancolía o, incluso, a la depresión.

Estos días, curiosamente, no he echado en falta ningún regalo de papá, ningún

videojuego o algo tan cotidiano como la televisión. ¿Para qué? ¿Acaso es tan necesario?

¿Por qué no dejar de lado tanta distracción que nos impide ver lo que realmente merece

la pena en esta vida?

La felicidad, hoy en día, está muy condicionada por la sociedad consumista. El mundo

de la publicidad nos está ofreciendo constantemente ofertas tentadoras que, si no están a

nuestro alcance, pueden producir frustración y descontento. No se es feliz por poseer

muchas cosas, sino por estar contento con lo que se tiene. Muchas veces ya se ha dicho,

cuanto más se tiene, más se quiere. El deseo no se sacia nunca.

Se puede decir que la felicidad, depende en gran medida de las situaciones que nos

rodean. Tal vez no seamos más menos felices nosotros, que vivimos en una sociedad de

la abundancia, que los llamados “primitivos actuales”, habitantes de una tribu perdida

en el Amazonas o en una remota isla del Pacífico. Ellos no tienen nada material, pero

tienen tiempo, ocio y buen humor, sin exceso de trabajo, estrés y un ansia ilimitada de

poseer.

El cielo ya está de luto. Mañana intentaré volver a reunirme con esas nuevas amistades

que prometen distracción. Ahora es tiempo para el insomnio, fiel compañero cada

noche.

Codicia y estrés definen el existir,

tras el poder vamos inflamados

y ante la frustración nos derrumbamos

sin promesa que haga el sentir.

En sueños de antología

pretendemos yacer,

sin pensar antes

en vivir.

Buenas noches, a los prudentes.

Día 4

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Hoy me desperté, más pronto aún que ayer. Vuelve a ser de noche, pero el día de hoy

me ha marcado y quiero compartirlo todo con vosotros.

Esta mañana tuvimos que atender a mi abuela. Un mareo fue el detonante del susto que,

como un golpe de frente, recibimos cuando se desmayó. Su mirada se desvaneció y no

sabíamos cómo reanimarla. Mi abuelo trataba de mantener la calma mientras mi madre

intervenía en el proceso de reanimación. Se trataba, según dijo, de una hipotensión

arterial. Mi madre explicó “Se debe recostar de forma inmediata, al poder ser en un

lugar con sombra, con las piernas en alto, a unos 45° del suelo. Se la debe mantener en

esa posición por unos minutos, para así ayudarle a oxigenar mejor el cuerpo, en especial

el cerebro. Si se aprecia una alta temperatura corporal, tendríamos que aplicar frío sobre

la piel”. Entonces, pedimos mantas para resguardarla del sol, que no ayudaba en ese

momento. Y mi madre demandó agua potable pero no había. Fue entonces cuando me

acordé de la botella de cristal, con agua potable que nos proporcionaron el primer día,

que tenía puesta al sol con dos bolsas de té en el interior. No dudé en llevárselo. Entre

los tres; la recostamos sobre la madera seca del suelo. Nos pusimos en lo peor, pero, en

el momento menos esperado, abrió los ojos. Un atisbo de sonrisa se dibujó en sus

labios.

Después, en la tarde, el hambre y yo nos volvimos a reunir con aquellos amigos con los

que había estado el día anterior. Nos situamos justo en la popa, el lugar más adecuado.

Desde el tercer día, el barco había comenzado a vaciarse. Muchos decidieron tirarse por

la borda, bien sea para nadar hacia un lugar llamado esperanza o, simplemente, para

acabar con su vida. Estuvimos hablando sobre el ambiente cargado de descontento que

se sentía en el barco. Algunos no pensaban más que en suicidarse y acabar con el

sufrimiento de sus entrañas cuanto antes. Otros perdieron la conexión con su dios. Dios

en decaimiento.

Estuvimos intentando consolar a una pobre mujer. Tenía a su bebé apoyado en su

regazo. Sin vida. Una imagen impactante que refleja la dura realidad por la que estamos

pasando.

Poco a poco, los componentes del grupo de amigos que denominamos “la última

oportunidad”, fueron ocupando, de nuevo, su lugar en el barco. Quedé sola, en la popa.

Mirando hacia el horizonte. Me aparté de lo real. Todo estaba en silencio. Empecé a

escuchar por detrás de mí unos pasos. Unos pasos que se acercaban lentamente. Y es

que se trataba de un señor, vestido con una túnica oscura que lo único que dejaba ver

eran sus pies descalzos, se acercó y, cortando el silencio, me preguntó:

– ¿Tú sabes por qué estamos aquí?”

Con la timidez que me caracteriza contesté:

– “Mamá me ha dicho que es por culpa de los malos.”

– “¿Los malos?”, me preguntó con un tono de voz que evidenciaba curiosidad.

– “Sí”, le conteste.

– “¿Y sabes quiénes son los malos y por qué lo son?”, me replicó.

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No supe qué responder. “Los malos” es lo único que se pronunciaba en casa para

referirnos a las personas que provocan las tremendas masacres en nuestro país y quienes

han sido culpables de nuestra marcha.

Le contesté, de nuevo con timidez, que no sabía muy bien quiénes eran, pero que ellos

han sido los causantes de todas las tragedias. El señor, al que a partir de ahora llamaré:

señor sabio, bajó la mirada, cerró los ojos y volvió el silencio sepulcral. Pero sólo por

unos momentos. Levantó la vista, me miró al alma de los ojos y empezó a hablar.

“¿Sabes?, el mundo es testigo en Siria de una catástrofe humanitaria de proporciones

históricas, perpetrada por las grandes potencias que, sin vergüenza alguna, nos utilizan

como marionetas. La población de nuestra ciudad está siendo bombardeada por aviones

rusos que intentan ayudar a las fuerzas del Gobierno sirio a tomar el control de áreas en

poder de los rebeldes. El asalto combinado provocó, entre otras cosas, la muerte de

cientos de personas inocentes y heridas. Sacó de servicio los hospitales de la ciudad que

quedaban y dejó a la población sin agua potable. Un ataque a la humanidad, que deja

ver lo poco que les importa a los de arriba la vida de un ser humano, inocente, con

“derechos”.

Si el pueblo de Rusia, Estados Unidos, Europa y el resto del mundo se quedan de brazos

cruzados ante este escenario, en vez de correr la voz y denunciar este ultraje; no habrá

solución alguna.”

Sus palabras me descompusieron. Empecé a entender muchas cosas que hasta ahora

nadie me había hecho saber. El grado de impotencia aumentó.

Se fue, sin avisar. Sin despedirse. Anocheció. Y aquí estoy, con una amargura que

menoscaba la esperanza. En el último aliento.

¿Quiénes somos?

Una humanidad inhumana,

que traiciona e infringe derechos.

No somos nadie

para dominar sobre la equidad.

Y mucho menos para manipular.

No habrá muros suficientes,

para frenar la libertad.

No cabe la vergüenza allí arriba,

se opta por el yugo

a la voluntad.

Buenas noches, a los valientes.

Día 5

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No puedo más. No tengo la energía necesaria para seguir adelante. Mi cuerpo está

queriendo poner fin a esta travesía de condenados. Está siendo complicado. Cada vez

somos menos. Caen desplomados, vacíos y secos. Como las hojas en otoño. Sus cuerpos

acaban descendiendo a las profundidades del abismo.

Tengo que contaros que hace unos momentos mi conciencia se fue de paseo, hasta que

empecé a escuchar la voz de una persona susurrándome al oído “pequeña, pequeña”.

Abrí los ojos y en frente: la imagen de una mujer de edad avanzada, cubierta por un

Hiyab granate, encima de un manto oscuro. En el interior de su vestimenta residía un

gato que no apartaba la vista de lo que su dueña tenía en las manos. Caña de azúcar. Me

otorgó tiempo de vida, pero yo no era quien para tomarlo. Así que lo acepté, se lo

agradecí y después, se lo llevé a mi abuela.

Mi abuela está aquí sin estarlo. Su mirada se ha perdido. No puedo imaginarme una vida

sin ella, sin sus caricias, sin su cariño incondicional. No puedo imaginarme unas tardes

sin su presencia en el banco del parque. Ella me ha enseñado a ser como soy. Ella me ha

enseñado a hacerle frente a los infortunios que salpica la vida. No soy nadie sin sus

lecciones, sin sus reprimendas. Le agarro la mano. No quiero despegarme de ella. Su

piel, nívea, tiembla. Las lágrimas de mi madre inundan el último aliento. Me inclino

hacia su pecho. Sus latidos, cada vez más lentos, delatan la muerte. Su mano aprieta

levemente la mía. Me acerco a su boca.

“La muerte no existe, las personas sólo mueren cuando son olvidadas; si puedes

recordarme, siempre estaré contigo, cariño.”, fueron las últimas palabras que pronunció.

Su corazón terminó la frase. Se apagó. Los párpados descendieron y el alma ascendió.

Haré caso a sus palabras hasta mi última pulsación.

Mi abuelo se levantó; recogió el cuerpo inerte de su amada y lo entregó al mar. Fue un

“adiós” lo último que salió por su boca antes de irse con ella.

¿Qué es vivir sin sufrir y disfrutar? Nada.

Nacemos siendo un lienzo en blanco. Cada valor implantado en nosotros se refleja

como una pincelada que, poco a poco, acaba constituyendo a una persona. Si lo

aprendido a lo largo de la vida nos ha convertido en personas capaces de plantar cara a

las adversidades y de poseer una moral que busca el bien de todos, entonces seremos

una obra de arte.

Hay que continuar, por imposible que parezca.

En la noche la piel negra se confunde con el paisaje. La noche es cómplice de nuestra

piel, el mejor aliado; pero todos los demás elementos nos atacan sin piedad: el viento, el

frío, la fiebre, el hambre, las ganas de hacer nuestras necesidades fisiológicas, todo se

pone contra ti. Ves lágrimas, son ya varios días de tortura. Ya no sientes el cuerpo;

como estamos en la noche se ha dormido, sólo el cuerpo. No siento ni las piernas ni los

brazos. Me duele todo. Me duele la vida. Y lo más terrible es que no me puedo mover.

Estoy compartiendo mi vida con gente que no conozco. Rostros perdidos en el

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anonimato del mundo. Muchos han vomitado absolutamente todo lo vomitable. Otros

reposan sobre excrementos. Ya tenemos casi aprendido que para que las cosas te vayan

mejor hay que ir ahora a peor.

Un grupo de personas afirman haber avistado algo en el horizonte. Puede que sea fruto

de la imaginación. Empiezan a gritar, como si fuera la última oportunidad para

salvarnos.

El señor sabio me contó que algunas pateras se pierden y nunca llegan a puerto. Un

pasajero se acaba volviendo loco de dolor o el dolor se acaba volviendo loco (da igual),

de rabia y de pena y enloquece, y se pone de pie y la embarcación se hunde.

No todos saben nadar, son de tierra adentro. Prescindimos de salvavidas. Salvar la vida

ahora es lo de menos; donde hay que llegar es a puerto.

El oleaje se rebela contra nosotros. Gritos y llantos conforman la banda sonora del navío

perdido. ¿Hacia dónde se ha ido el control? La gente se ahoga. La vida se hunde en los

lugares más remotos del fondo marino. Somos alimento para las aguas, que reciben

nuestras almas. No puedo más. Estoy cansada, hambrienta, incapacitada.

Una patera llega casi a la orilla, pero se destroza en las rocas y así también desaparecen

unas cuantas vidas. Los otros saltan como pueden. Entumecidos, doloridos, sólo la

ilusión les da las últimas fuerzas para lanzarse a tierra; pero antes ven morir a muchos

compañeros. Dolor y desesperación. Gente desgarrada porque quieren vivir y la muerte

les roba la única vida que tienen. Me siento incapacitado para seguir adelante. Se me

nubla la vista.

Desde la borda avistamos un cadáver de una mujer, o de un niño, o de un hombre. Las

lágrimas vuelven al mar que en el fondo es sólo un gran depósito de llantos para los que

sufren. Empiezo a perder el conocimiento. Mi cuerpo renuncia. Se escapa el alma.

¿Acaso hay forma de afrontar, sin renunciar totalmente a la cordura, que todo, hasta la

propia vida y no sólo la de los demás, va a abandonarnos sin remedio?

Masacrada la vida por el pánico; no queda más que la mirada que se cuela y que

destroza y que nos finge capaces de soportar. Que nos mire de frente la muerte; y que

esos ojos, que esos sean los únicos dispuestos a unir dolor y dolor, y crear vida donde

ahora sólo existe la esperanza de morir.

Y que nuestro ímpetu sea reconocido. Por favor, que lo sea, que algo en este puto

mundo lo sea. Que tengan por fin valor por encima de todos los que gritan. Que nos

mire la muerte una vez más, una última vez más, para perdernos en la lucha; para

disolver en ella el temor, el aire, la garganta, los pulmones y todo lo que les permite

romper este precioso silencio.

Se acabó.

Estoy sola en la arena. No sé dónde. Todavía siento el movimiento de las olas. Levanto

la mirada y miro a mi alrededor. Cadáveres. Valientes. A un lado, está el cuerpo de

Effie. Quedó aferrado a su oso de peluche hasta el último momento. Al otro lado,

mamá. No. ¿Dónde está el brillo de tus ojos? ¿Por qué? ¿Por qué tengo que creer en un

Páginas en el Mediterráneo Ida

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dios que consiente que las personas inocentes mueran y no condena a los responsables

de toda esta mierda?

Ya está, aquí deja el lapicero sus últimos trazos. Arrojaré estas páginas en el

Mediterráneo. Para olvidar. Para recordar que quise olvidar. Pero ustedes, dueños

mundo, del poder y del ansia de dominar; los que se encargan de jodernos la existencia;

no olviden que seguiremos luchando por nuestros derechos hasta el último aliento.

La vida,

puede ser un vaso a punto de colmarse,

o un mar embravecido.

Nacemos soñando

y nos enseñan que hay que llegar arriba el primero,

y llegamos.

Nos creemos gigantes capaces de todo,

incluso de destruir.

Nos perdemos en el camino,

nos ahogamos,

nos buscamos.

¿Quién soy yo?

Te tumbas en la arena y miras al cielo.

Te sientes pequeño,

pero a la vez parte de todo,

de algo muy grande llamado universo.

Sé que algo dentro de mi desaparecerá para siempre después de finalizar estas líneas,

pero, creedme, la lucha por la igualdad no terminará nunca.

 

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Comentarios

  1. Informatica  abril 2, 2017

    Una historia muy emocionante.

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