Papibuelo

  • Abrí un ojo y me di cuenta de mi situación, me levanté y sacudí la arena de mis pantalones. Respiré, el aire caliente del desierto abrasó mis pulmones y una ola de calor rodeaba mi cuerpo. Entonces lo vi…
  • ¿Que viste papibuelo?- Me dijo El Niño mientras me miraba con los ojos súper abiertos.
  • Es hora de dormir Mario- Miré el reloj con una amplia sonrisa en la boca, ya pasaban las diez.
  • Solo un poquito más, porfi pliiis- Dijo mientras me miraba con ojos de cachorrito abandonado.

– Eso no funciona conmigo, señorito- Sonreí- Vete a la cama, mañana seguiremos.

Miré mientras Mario se iba fastidiado a su pequeña habitación, al lado de la mía.

Me desperté en mi gran cama matrimonial, solo, en las cuatro paredes blancas que me encerraban cada mañana. Caminé hacia la cocina y cogí la única taza de café que había en el inmenso armario. . Me levanté sin muchos ánimos y comencé a vestirme para después dirigirme a la cocina. El pasillo ancho estaba lleno de recuerdos de ella corriendo hacia mí cada mañana, el salón lleno de mentiras en el aire y la habitación llena de engaños. Cogí la única taza de café que había en el inmenso armario. Encendí la televisión para llenar el silencio de la habitación en la que me encontraba. Seguía sintiéndome vacío.

Unos golpes en la puerta me hicieron salir de mis oscuros pensamientos. Era mi editor. Me levanté sin muchos ánimos y me dirigí a la puerta de mi piso para dos, ocupado por solo uno.

Le dejé entrar. Venía con un montón de cartas en la mano. Nos dirigimos al salón.

El correo siempre era el mismo, cartas de prensa rosa deseando que hablara con ellos y cartas de gente que quería verme para ver cómo estaba. Los dos igual de falsos.

-Henry, ¿me estás escuchando?

Salí de mis pensamientos y levanté la cabeza para ver a mi editor/representante mirándome enfadado.

-Estoy harto de que rechaces todas las ofertas que te hacen para dar charlas sobre tus aventuras, así nunca llegarás a ser grande en el mundo de la literatura.

-Eso me da igual Mathius, no quiero agarrarme a nada o a nadie, soy libre.

Mi editor resopló rindiéndose.

-Bueno, te dejo aquí las ofertas por si quieres mirarlas, solo venía a ver cómo estabas- Dijo dirigiéndose hacia la puerta con su típico andar y dejando un montón de papeles en la mesita – Piensa lo que te digo, ¿Vale?- Y antes de cerrar la puerta del todo añadió- ¿Vuelves a comer solo?

-Sí, pero me da igual. Tengo mis recuerdos para hacerme compañía.

-Bueno, si quieres venir, Enma y yo te invitamos a comer.

-No hace falta, Mathius.- Dije respondiendo con una sonrisa- Adiós.

-Buenos días entonces…- Dijo cerrando la puerta del todo.

Agradecía la preocupación de mi editor. Desde que Melody me dejó no era el mismo, al fin y al cabo volví de mis aventuras por ella, para estar con ella… Supongo que cinco años separados no le sentó nada bien y me dejó por otro más joven, mudándose a California.

Inmerso en mis pensamientos cogí el montón de cartas y las empecé a pasar sin mucho interés. Observé que entre el montón de falsedad había una carta distinta, una más blanca que las demás. Al cogerla la sentí cálida. Provenía de un orfanato del centro de Madrid. Recordé mis años en ese lugar frío y me estremecí. ¿Quién querría contactar conmigo tras tantos años? 

La abrí y lo que me encontré en su interior fue lo que me cambió la vida.

Era una carta escrita a lápiz con una letra casi incomprensible y con faltas de ortografía en cada oración. Venía de un niño que me pedía que fuera al orfanato de mi infancia a contarle una de mis innumerables aventuras por el mundo.

Un calor empezó a aparecer en mi pecho, ¿Era posible que alguien me necesitara? ¿Qué alguien me quisiera no solo por interés?

Sonreí para mí, por primera vez iba a dar una charla sobre mis aventuras a un niño pequeño.

*   *   *

Hoy era el día. Miré mi pequeño reloj de muñeca y me dirigí hacia la puerta.

El niño pelirrojo y con ojos grandes, llamado Mario, estaba tan emocionado el primer día que fui, que casi ni me dejó hablar sobre mis viajes. Me acribilló a preguntas que luego no me dejaba contestar porque ya me estaba asaltando con otra. Al principio no estaba cómodo y Mario me agobiaba bastante pero, tras media hora con él, ya le había cogido cariño. Le interrumpí y le dije que si quería que le contara una historia debía dejarme hablar, él se calló y no volvió a abrir la boca en las dos horas que nos quedaban. A las diez me tuve que ir, ya que mi autobús salía a esa hora, todavía recuerdo lo que me dijo…

-Volverás mañana, ¿Verdad?, no has terminado con tu historia…

Me dijo mirándome con esos ojos grandes y azules; veía como se estaba aguantando las lágrimas intentando no llorar porque me iba. A mí me conmovió mucho y desde entonces voy todos los días para contarle una historia.

Me paré antes de salir del portal ¿Estaba preparado para esto? Salí. El frío de la calle me rodeó. Me dirigí hacía lo que sería el mayor cambio en mi vida. Andaba lento e indeciso por las silenciosas calles de Madrid.

El aire helado me golpeó la cara. Pasé al lado de la panadería… Todavía recordaba a Melody comprando el tierno pan cada mañana en ella, subiendo a casa y yo cogiéndola entre mis brazos. Mi mirada se ensombreció. Desde hacía un año mi silencioso piso no había sido lo mismo. Había llegado a pensar que eso nunca cambiaría, hasta que una mañana recibí la carta. Ese día mi pequeño corazón entumecido se inundó con una sensación que hacía mucho que no sentía. El sentimiento de que alguien me necesitaba.

Empezó a nevar. Todavía recuerdo la última vez que pasó, había sido hace exactamente veinte días. El día que tomé la mejor decisión de mi vida, el día que salí por primera vez en mucho tiempo de mi frío y solitario piso con sólo un abrigo y con la carta todavía en mi mano con el gigantesco orfanato como remitente. Desde ese 16 de diciembre el orfanato se había convertido en el lugar donde más tiempo pasaba acompañado por el niño que más alegrías me daba. No me importaba pasarme horas hablando de mis viajes por el mundo solo por ver al pequeño niño pelirrojo sonriendo al oírlas. 

La primera vez que le vi, aquel friolero 16 de diciembre, fue el día con menores temperaturas en los últimos veinte años, y ese mismo día mi corazón encontró de nuevo el calor que necesitaba para vivir. 

Me paré ante la inmensa puerta de madera carcomida del gran orfanato de piedra. Recordé mis años en aquel frío lugar y me estremecí. Ya era la cuarta semana que iba al mismo orfanato y la señora mayor de la entrada me reconoció, se empezó a levantar para guiarme, pero le hice un gesto con la mano para que no se levantara. Ya me sabía el camino.

Me dirigí a la grande sala de reuniones donde nos habíamos estado reuniendo. Mario me había puesto un apodo, papibuelo. Me lo había dicho un día con una amplia sonrisa que dejaba ver sus pequeños dientes: como no sé cómo llamarte, señor aventurero, y como no eres mi papi ni mi abuelo… Te llamaré papibuelo. Los ojos se le habían iluminado y, desde entonces, me había quedado con ese nombre. Sonreí y apreté el paso hacia la vacía sala en la que me esperaba mi niño. Hoy venía para no irme solo. Estaba decidido.

Entré y vi al niño con una pequeña maleta que contenía todo lo que poseía. Al verme corrió hacia mí para abrazarme. Su corta estatura no me permitía verle la cara por lo que me puse de rodillas. Mario estaba llorando de alegría. Sus lágrimas me mojaban la camiseta, pero me daba igual, estaba feliz. Le aparté el pelo de la cara y le di un beso en su delicada frente. Sus pequeñas pecas se arrugaron dejando paso a una sonrisa. 

Nos quedamos así, abrazados, unos minutos. Ya nadie ni nada nos podía separar, habíamos pasado a ser uña y carne. 

Ese día fue el último día en el que alguno de los dos vio otra vez ese oscuro y solitario orfanato. Al salir a la calle el frio del que me había estado quejando durante toda mi vida ya no era tan insoportable con el pequeño niño sonriente de mi mano.

Con el paso del tiempo el pasillo de mi piso se llenó de garabatos en la pared, el salón de juguetes por el suelo y la habitación de ropa de dinosaurios desperdigada por la cama. Los vasos variaron a los millones modelos de Nocilla con distintos estampados. Mario y yo siempre sonreíamos al ver las tazas de Pepa Pig que el niño había querido comprar el día que llegó.  La panadería que antes me traía oscuros recuerdos fueron sustituidos por los del niño comiéndose los pastelillos de chocolate que tanto le gustaban.

Pero lo más importante, la casa nunca volvió a sentirse demasiado grande con la risa del niño que más quería en este mundo en ella.