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PAPIBUELO

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PAPIBUELO

-Abrí un ojo y me di cuenta de mi situación, me levanté y sacudí la arena

de mis pantalones despertándome inmediatamente. Respiré, el aire caliente

del desierto abrasó mis pulmones y una ola de calor rodeaba mi cuerpo.

Entonces lo vi…

-¿Que viste papibuelo?- Me dijo El Niño con su manía de interrumpirme en

las mejores partes, mientras me miraba con los ojos súper abiertos.

-Es hora de dormir Mario- Respondí mirando el reloj mientras una amplia

sonrisa aparecía en mi boca, ya pasaban las diez.

– Solo un poquito más, porfi pliiis- Dijo mientras me miraba con ojos de

cachorrito abandonado.

– Eso no funciona conmigo, señorito- solté una carcajada- Vete a la cama,

mañana seguiremos.

Miré mientras El Niño se iba fastidiado a su pequeña habitación, al lado de

la mía.

Cuando uno llega a los 50 ya no puede hacer lo que hacía antes, ya no se

puede ir al Sahara a descubrir una nueva especie de escorpión, ni viajar a la

India para estar quince días sin comer… La vida de jubilado es un rollo,

menos mal que a mi rendirme no se me da bien. Cuando volví de mis

grandes aventuras por todo el mundo decidí quedarme en casa y escribir un

libro sobre ellas, ¡¡Gustó tanto que se convirtió en best seller!!

-Henry, ¿me estás escuchando?

Salí de mis pensamientos y levanté la cabeza para ver a mi editor-

representante mirándome enfadado.

-Estoy harto de que rechaces todas las ofertas que te hacen para dar charlas

sobre tus aventuras, así nunca llegarás a ser grande en el mundo de la

literatura.- Otra vez me viene con lo mismo.

-Eso me da igual Mathius, no quiero agarrarme a nada o a nadie, soy libre.

Mi editor resopló rindiéndose.

-Bueno, te dejo aquí las ofertas por si quieres mirarlas- Dijo dirigiéndose

hacia la puerta con su típico andar torpe y dejando un montón de papeles en

la mesita – Piensa lo que te digo, ¿Vale?- Y antes de cerrar la puerta del

todo añadió- ¿Vuelves a cenar solo?

-Si, pero me da igual. Tengo mis recuerdos para hacerme compañía.

-Bueno, si quieres venir Emma y yo te invitamos a cenar.

-No hace falta, Mathius.- Dije respondiendo con una sonrisa- Adiós.

-Buenas noches entonces…- Dijo cerrando la puerta del todo.

Agradecía la preocupación de mi editor. Desde que Marta me dejó no era el

mismo, al fin y al cabo volví por ella, para estar con ella… Supongo que

cinco años separados no le sentó nada bien y me dejó por otro más joven,

mudándose a California.

Inmerso en mis pensamientos cogí el montón de cartas y las empecé a pasar

sin mucho interés, pero de repente me paré a mirar una que me llamó la

atención. No era normal, venía de un orfanato. Mi corazón se sobrecogió,

todavía recuerdo mi época en aquel lugar cuando mis padres me

abandonaron… La abrí nervioso y la observé detenidamente. La letra era

de un niño pequeño y decía:

Querido abenturero:

Me gustaría si binieras a verme al orfanato para contarme tus istorias de

abenturas. Soy tu mallor fan.

Vesos, Mario.

Sonreí para mis adentro, por primera vez iba a dar una charla sobre mis

aventuras a un niño pequeño.

* * *

-Autobús con destino a Santander centro de las seis en punto sale en unos

instantes.

El autobús empezó a moverse y unos segundos después ya estábamos

rodeados por la naturaleza. Podías observar a lo lejos un lago, rodeado por

árboles cuyas ramas estaban siendo movidas por el viento fresco de

invierno, ya empezaba a anochecer y el sol comenzaba a esconderse por

detrás de los inmensos árboles.

A los cinco minutos empecé a ver la ciudad de Santander a lo lejos y un

poco mas tarde ya me encontraba en mi parada. El orfanato se alzaba

imponente ante mí. Llamé a su gran puerta de madera, ya vieja y con

agujeros de carcoma. Se empezó a abrir y una cabeza de una señora mayor

asomó tras ella.

-Usted debe ser el gran aventurero ese del que habla el chiquillo pesado de

la 4B, ¿Verdad?- Dijo con una voz chillona y de desprecio, mirándome de

arriba abajo.

-Sí, señora.

-Bien, entre. El niño le esta esperando.

Me dirigió por multitud de pasillos, todos vacíos y de piedra oscura, hasta

que por fin llegamos a una sala grande de conferencias totalmente

despejada, salvo por un niño rubio de unos ocho años sentado en primera

fila.

-Aquí le dejo, buena suerte “señor”.- Y se alejó cojeando hacia la entrada.

Entré en la sala y saludé, mi voz rebotó en las paredes blancas, llenando el

espacio disponible que había en la sala, el niño inmediatamente se giró

asustado y al verme puso la sonrisa más amplia que había visto en mi vida.

* * *

Ya era la cuarta semana que iba al mismo orfanato y la señora mayor de la

entrada me reconoció, se empezó a levantar para guiarme hasta la gran sala

de conferencias con una mueca de dolor, pero le hice un gesto con la mano

para que no se levantara. Ya me sabía el camino.

El niño rubio y con ojos grandes, llamado Mario, estaba tan emocionado el

primer día que vine a este lugar que casi ni me dejó hablar sobre mis viajes.

Me acribillaba a preguntas que luego no me dejaba contestar porque ya me

estaba asaltando con otras. Al principio no estaba cómodo y Mario me

agobiaba bastante pero, tras media hora con él, ya le había cogido cariño.

Le interrumpí y le dije que si quería que le contara una historia debía

dejarme hablar, él se calló y no volvió a abrir la boca en las dos horas que

nos quedaban. A las diez me tuve que ir, ya que mi autobús salía a esa hora,

todavía recuerdo lo que me dijo…

-Volverás mañana, ¿Verdad?, no has terminado con tu historia…

Me insinuó mirándome con esos ojos grandes y azules, veía como se estaba

aguantando las lágrimas intentando no llorar porque me iba. A mi me

conmovió mucho y desde entonces vengo todos los días para contarle una

historia, pero la de esta vez era distinta. Tenía una enseñanza.

Entré en la sala para ver al niño rubio que como siempre estaba sentado en

la primea fila esperando impaciente mi llegada.

-Hola, Mario- Dije con una amplia sonrisa en mi cara.

-¡Henry!- Vino hacia mi corriendo y me abrazó.

Esto me pilló un poco por sorpresa, nunca antes me había abrazado y hacía

mucho que no sentía una muestra de cariño por parte de alguien. Le devolví

el abrazo.

-Hoy te traigo una historia distinta, especial.

-¿En qué se nota?- Dijo mirándome con interés y separándose de mi.

-En que tiene una enseñanza.

-Pues empecemos entonces, no tenemos mucho tiempo- Dijo mirando la

hora en su reloj nuevo.

Sonreí encantado. Ese reloj se lo había regalado yo y le había enseñado a

leer las horas. No sabía qué sentía en este momento, era casi la misma

sensación de cariño y amor que llegué a sentir hacia Marta.

-¿Papibuelo?- Me dijo el niño sacándome de mis pensamientos.

-¿Papibuelo?, ¿y eso?- Dije extrañado.

-Porque no eres mi papi ni mi abuelo, así que eres mi papibuelo.- Exclamó

el niño con los ojos brillándole de la ilusión, seguramente se había pasado

todo el día pensando en ello.

-Me gusta- Dije esbozando una sonrisa- ¿Empezamos?

Mario se acurrucó en su silla y se puso a escuchar.

-Pues bien…

Me giré asustado, había oído un ruido en la espesa selva de Perú. Ya

llevaba aquí dos mes y todavía ni rastro de aventuras, ya me empezaba a

aburrir. Llegué a un claro y me puse a descansar. Saqué las provisiones que

me quedaban: tres trozos de pan duro y cuatro cantimploras con agua

potable. Suspiré preocupado, necesitaba alimentos y rápido. Me fijé en el

claro, estaba totalmente rodeado por los árboles de la inmensa selva, el aire

frío removió mi pelo oscuro y cerré los ojos para disfrutarlo. Cuando los

volví a abrir vi a una niña pequeña confundida que se acercaba a mi por el

olor a comida. Me quedé asombrado y la observé detenidamente, tenía los

rasgos de las tribus que habitaban en esta parte del mundo. A lo largo de

los meses había aprendido a hablar quechua que era el lenguaje que utilizan

aquí.

-Niña- La llamé, ella se giró y me miró detenidamente- ¿Te has perdido?

-Sí- Dijo secamente, tras esto miró mi comida y noté que se la estaba

comiendo con los ojos.

-¿Quieres un poco?- Dije ofreciéndosela, me quedaban pocas provisiones

pero estaba dispuesto a compartirlas con ella aunque yo muriera de hambre.

Ella se acercó desconfiada, pero al final el hambre la superó y me arrancó

el trozo de pan duro de las manos. La observé mientras lo devoraba, cuando

terminó y ya estaba más tranquila le pregunté.

-¿De qué aldea vienes?

-De los Yaguas, señor.

Asentí pensativo, la había pasado hacía dos días. Tendría que retroceder

sobre mis pasos para devolverla a su familia, no la iba a dejar sola en mitad

de la selva.

-Bien, te llevaré de vuelta.- Fue lo único que dije, pero ella lo entendió a la

perfección.

-Estuvimos andando dos días enteros con solo dos trozos de pan duro y tres

cantimploras de agua. Cuando llegamos a la aldea ya no me quedaban

provisiones pero los padres de la niña, por haberles devuelto a su hija sana

y salva, me dieron provisiones a cambio. De esto aprendí una cosa: Hay

que dar para recibir. La generosidad es una cosa muy importante Mario.

El niño, que llevaba callado todo el relato, asintió pensativo.

-¿Y qué pasó con la niña? ¿Cómo aguantasteis dos días con solo dos trozos

de pan?

Sonreí, Mario era listo.

-Pues cogí los trozos de pan y los partí en dos, cada día tomábamos una

mitad cada uno pero, cuando veía que la niña no tenía fuerzas para seguir

andando, le daba un trozo del mío.

-Guau, ¡qué fuerte eres Papibuelo!

Sonreí. Y miré el reloj, las nueve y media.

-Bien, no nos da tiempo para otra historia pero…

Me miró con los ojos muy abiertos y estaba a punto de replicar cuando le

callé.

-Déjame terminar.- Se calló y continué.- He estado pensando y… bueno,

solo si te parece bien… Quisiera adoptarte.

Aparté la mirada, no me atrevía a mirarlo por si decía que no, llevaba

pensando esto varias semanas y por fin me había armado de valor para

decírselo. Pero… ¿y si se negaba? No sé si podría vivir ahora sin tenerlo a

mi lado, había pasado a ser parte de mi vida, Mario se había abierto un

hueco en mi corazón.

Sentí al niño abrazándome y miré hacía abajo, estaba llorando de alegría.

Sus lágrimas me mojaban la camiseta, pero me daba igual, estaba feliz.

-Sí, papibuelo, sííí.

Nos quedamos así abrazados unos minutos, ya nadie ni nada nos podía

separar, habíamos pasado a ser uña y carne.

En ese momento aprendí que ser libre no es lo importante, lo importante es

serlo con las personas que te quieren a tu lado. Nunca andes un trecho sin

un hombro en el que apoyarte.

ROMA-AMOR

 

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