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El pueblo de los tejados azules

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En su espacioso apartamento céntrico, Beto Gairián lanzó una mirada desganada

a su equipaje, ya casi terminado. Sólo le faltaba empaquetar las medicinas. No

eran el componente más valorado del viaje, ya que, según su médico, la

recuperación daría lugar principalmente gracias al ambiente de su destino.

Decidió tomarse un momento para recordar la conversación que sostuvo con él,

retrasando aunque sea un poco más el fatídico momento en el que tendría que

abandonar su hogar.

«Beto, ya sé que comprendes todo esto, pero si quieres valerte por tí mismo

hasta más allá de los sesenta, requiero que dejes por unos meses tu estilo de vida

urbano, sustituyéndolo por una estadía en una zona rural». Tal como el médico

lo reconoció, Beto no se sorprendió de la noticia; él era consciente de sus

descuidadas decisiones respecto a su salud física. Aunque no le era fácil

admitirlo, él lo atribuía a que nunca sintió la necesidad de cuidarse por aprecio a

alguien cercano. Distanciado de su familia, vivía solo y apenas tenía amigos.

Sin embargo, el asunto no se trataba de que fuese un marginado social;

trabajaba solo, pero no le costaba defenderse cuando era necesario en

situaciones cotidianas. Simplemente, no se esforzaba en ayudar al prójimo

cuando la situación no le perjudicaba.

«Dudo que tengas un pueblo en mente. Por tanto, me tomo la libertad de

recomendarte uno en particular: me llamó mucho la atención por un detalle

pintoresco, que puede parecer rebuscado, pero que cautiva al conocedor. Creo

que es el sitio adecuado. Te facilitaré la dirección».

Sobre su mesa yacía su billete de tren. Beto salió de la comodidad de sus

pensamientos y despachó todo lo restante para partir. Mirando atrás, se dirigió

al exterior.

Ya en el tren, Beto se instaló en su asiento. Parecía que nadie se sentaría en un

puesto contiguo al suyo. Así fue. El tren desperezó e inició su recorrido, cada

vez más veloz. Beto intentó relajarse, y tras abandonar la ciudad, observó el

paisaje cambiante a través de la ventanilla. Pero él venía preparado; no estaba

dispuesto a contemplar el panorama lánguidamente durante cuatro horas. Sacó

una revista de su tema favorito guardada en su maleta y así afrontó las largas

horas de su travesía.

En la otra fila, en unos asientos encarados hacia él, había un chico. Beto no se

percató de él hasta que detectó, de soslayo, una presencia. Lo miró

disimuladamente y para su sorpresa el chico, que debía tener unos ocho años, lo

observaba fijamente. Beto bajó la mirada de inmediato; el ganador de la batalla

visual era claro. Esperó un minuto y volvió a intentar. Como era de esperar, el

chico no parecía ni haber pestañeado. Beto se rindió e, incómodo, cambió al

asiento enfrente de él para evitar la vigilia del pequeño centinela.

El resto del viaje transcurrió libre de problemas, pero fue pesado para el

citadino. El conductor anunció la proximidad con el destino final después de

numerosas paradas y Beto se asomó por la ventana con la expectativa de

calibrar cómo sería la vida en este paraje. Una pared de tierra le bloqueaba su

línea de visión ya que las vías estaban a una altura más baja que la del pueblo, y

Beto se arrellanó en su asiento, algo decepcionado.

Bagajes reclamados y en el andén, Beto Gairián miró el discreto pero bonito

reloj de la estación con obvios propósitos. Ya había revisado con antelación su

reloj de pulsera, que marcaba las ocho de la tarde; pero este otro reloj no le

pareció tan elegante como el suyo. Lo definió como un augurio de lo que estaba

por venir.

La calle principal era adoquinada, con los suficientes faroles a cada lado para

arrojar una tenue luz naranja sobre ella en la noche, según los cálculos de Beto.

Advirtió un bullicio en la plaza, que era el desenlace del camino por el que

transitaba. Decidió dejar el contacto social para luego y fijándose en el mapa

cambió de rumbo, derecho a su residencia.

—Vaya —murmuró para sus adentros Beto al revelársele el interior de la simple

casa. Esperaba un poco más.

Ubicada en la única loma del pueblo, la vivienda tenía vistas a toda la localidad.

En ese momento eso le resultaba inútil ya que estaba muy oscuro como para ver

otra cosa que no sea la calle principal, alumbrada débilmente. Se sentó en la

única silla de la sala para reposar un poco. Era una noche sin estrellas. No le

quedaba otra opción sino acostumbrarse al lugar, y para su desencanto,

establecer lazos con los vecinos haría el viaje más llevadero. Determinó que su

yo del mañana le daría más pensamiento al asunto; sin embargo, su yo del ahora

debía encargarse de algo más acuciante: el equipaje. Con un resoplido de

disgusto, se lanzó a la tarea.

Una noche de descanso es todo lo que Beto necesitaba, y también es todo lo que

consiguió. Al comenzar su día, debatió la verdadera importancia de salir y

hablar con los nuevos vecinos, y tras una larga lucha, la conciencia y el sentido

común salieron victoriosos. Tenía que buscar víveres y, si no salía, el viaje sería

prácticamente inútil. Tomó su dosis medicinal, se enfundó en un traje respetable

y salió de su casa. En el umbral, advirtió de inmediato que absolutamente todos

los tejados del pueblo, inclusive el suyo, seguramente, estaban primorosamente

pintados de color azul pálido. Le pareció singular no sólo la costumbre, sino que

no se había dado cuenta del hecho hasta ahora.

—Debe ser el detalle que comentó Charles —razonó.

Le gustó la particularidad. Quizá los habitantes fuesen tan alegres como sus

tejados. Con energías renovadas, reinició su camino.

La única plaza, de forma rectangular y con unos sencillos mosaicos en el suelo,

estaba prácticamente vacía, a excepción de los pocos mercaderes y sus puestos.

La presidía el modesto ayuntamiento. Los productos eran en su mayoría de la

huerta, atendiendo a la demanda alimenticia. Beto se dirigió al puesto más

cercano, que vendía colorida fruta.

—¡Buenos días, señor! —saludó el joven dependiente con jovialidad— Es la

primera vez que lo veo por aquí. Déjeme adivinar… Viene usted a través del

tren, seguramente. Su vestimenta lo delata. ¿Qué lo trae a este pueblecito?

Dijo todo esto del tirón, con espacios imperceptibles para respirar. Un poco

desconcertado, Beto replicó:

—Vengo aquí porque necesito descansar. El aire de la ciudad me tiene alicaído,

y unas vacaciones tranquilas me repondrán. Un amigo me dijo que este pueblo

tiene un detalle especial. Cuando venía para acá, noté que todos los tejados son

azules. ¿Es eso?

—Si hay algo que destaque nuestra humilde comunidad es esa cualidad, señor

—admitió, alegrado porque él se hubiese dado cuenta— Tiempo atrás, un

estimado alcalde propuso la idea. Tiene un profundo significado para todos

nosotros. ¿Podría decirme usted su nombre? Sé que no estará mucho tiempo por

aquí, pero eso no impide mi curiosidad.

—Beto Gairián. Adivino que la camaradería abunda entre la gente de este

pueblo. Es interesante que todos estuvieran de acuerdo.

—Lo hicieron porque todos comparten lo que simboliza. Si se pasa por aquí al

final de su estadía, le confesaré el secreto. Quiero recompensarlo por su

generosidad de visitarnos, señor. Por ahora, disfrute del momento. Pero me

parece que eso no es a lo que usted vino, señor Beto. Escoja lo que mejor le

parezca de mi inventario y yo le daré algo aún mejor por un justo precio.

Con una amplia sonrisa, Beto le sugirió al joven que eligiese todo por sí mismo.

Como pago, le dió un billete del doble de lo que debía cancelar. Dio media

vuelta a echar un vistazo a los demás productos ofrecidos en la plaza, no sin

antes despedirse de tan cordial muchacho.

No compró nada más, pero planeaba volver más tarde. Escuchó un silbido, y al

voltear vio al frutero dejar a cargo a alguien de su puesto y alejarse de la plaza a

paso ligero.

Curiosamente, no volvió a verlo en sus sucesivas y cada vez más frecuentes

visitas a la plaza. Los demás comerciantes se familiarizaron con él y en poco

tiempo Beto ya estaba paseando por el pueblo con una encarecida invitación de

ellos.

El tiempo pasó plácidamente en la vida de Beto, y cuando empezó la cuenta

atrás para su partida, se sentía como un hombre nuevo. Estaba tan sorprendido

de cómo la amabilidad de los pueblerinos podía ser tan desinteresada y

bienintencionada que las ideas de cómo retribuírsela le llenaban la mente. Al fin

halló un uso para todo ese dinero adicional de sus ahorros. Sin embargo, algo

punzaba su serenidad. Sin importar cuánto insistiese, los pueblerinos no le

decían el motivo de los característicos tejados. Parecían compartir el designio

del frutero; no lo confesarían hasta que Beto fuese alguien que verdaderamente

comprendiera la razón.

Como inevitablemente tenía que pasar, el día de partir llegó; y Beto Gairián era

muy consciente del cambio que las personas habían producido en él. Le habían

enseñado a través de sus acciones el valor de dar. Y él tenía mucho que dar,

contenido de tantos años de soledad.

Sólo faltaba un cabo que atar. Le habría gustado que su primer conocido, el

juvenil frutero, fuese el que le desvelase el grandioso secreto, pero seguía

desaparecido. «Lo veré a mi vuelta», pensó. Su tren se largaba en la noche, por

tanto decidió ir solo al andén.

Un cartel, pequeño y no llamativo, colocado de tal manera que los que llegaban

al pueblo tenían que buscarlo para verlo y los que salían se cruzaban con él,

tenía la respuesta al deseo de Beto. Lo comprendió en un instante.

«El cielo en la tierra»

—Hunal Tomás

 

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