QUERIDA ALMA

Mi orgullo y mis principios me dirigían hacia una muerte asegurada. Pues en dos rodillas yo estaba, ante una muchedumbre, a la que se la podría referir como a mi futura sepulturera. No podía pensar. Sentía el frío invernal de esa noche por todo mi cuerpo, y el miedo había congelado mi cabeza de seco. El miedo, que aunque en un principio fue inexistente, se apoderó de mí e iba conquistando fácilmente territorio en mi memoria.

Mi miedo era tan poderoso, que era casi contagioso, estaba en el ambiente. Todo estaba pasando demasiado rápido. Mis extremidades temblaban y débilmente intentaban levantarme. Mi pecho se movía bruscamente a la velocidad de mi sonoro corazón, buscando obtener mis últimas inhalaciones de aire o de algo que no fuera angustia, pero sus esperanzas cayeron en vano. Si hubiera clavado mi mirada en algún otro sitio que no hubiese sido los apagados ojos del asesino, me hubiera dado cuenta de que no me encontraba sola, pero no podía. La sensación era indescriptible, tan extraña y familiar al mismo tiempo… Sabía, que dado a las circunstancias del momento, sentirme así era lo más corriente, pero nunca lo había sentido, ni lo iba a volver a hacer.

La cuerda que me amarraba las manos no perdía su fuerza, tirándome forzosamente hacia el destino donde todo el sufrimiento cesaría, y un agitado repentino movimiento me devolvió al suelo. La superficie en la que mi cuerpo estaba tumbado estaba mojada y cubierta de una combinación de barro húmedo, maleza y de sangre. 

La pesada pistola me apuntaba directamente. Aunque parecía una pequeña e inofensiva pieza de metal, era de conocimiento popular el potencial que podría adquirir dicho artefacto y las drásticas consecuencias que desempeñaba. Sin ningún remordimiento o temblor me miraba aquel señor que la sujetaba. Para algunos era un héroe, para otros era un homicida… para mí, era tan solo un peón que por ciertas razones iba a convertirse en todo lo anterior. El tiempo corría, y yo no podía hacer nada para impedirlo.

El fragor de los sonoros gritos violentos y agresivos se mezclaba con el ruido del fuego y la brisa, componiendo la música de fondo. Era una escena caótica. Lo podía oír todo, pero como si estuviera ocurriendo lejos de mí, aunque me encontraba en el epicentro de esa interminable y horrible escena. La razón por la que no lo oía bien, era porque daba prioridad a mi voz para que sobresaliera de esa melodía y pudiera procesar bien sus últimos veredictos; ¿Por qué yo y no ellos? ¿Por qué aquí y ahora? ¿Acaso me alisté a una guerra por pensar de esta manera, por tener estos pensamientos y por tan solo creer diferente? ¿Quién es el que tiene miedo en realidad, yo o ellos? Todo esto se vio interrumpido una vez que mi oído reconoció la dulce voz de Sofía, que se encontraba a mi izquierda, murmurando con la voz más baja y suave imaginable el padre nuestro. 

Sofía no era muy religiosa, de hecho no me acuerdo ni cuándo fue la última vez que la vi un domingo en misa, pero se consideraba cristiana al igual que el resto, y sobre todo en estos tiempos de necesidad, cuando necesitas saber que va a haber un cielo esperándote.

¡Boom! ¡Boom! ¡Boom! Mis manos temblaron y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Rápidamente me miré para comprobar que efectivamente, no fui yo la tercera persona que se tumbaba sin vida delante de los doce hombres armados, y que solo era un susto que significaba que por desgracia mi vecino, mi compañero de trabajo, mi estimado amigo Juan, estaba tumbado en aquel sucio suelo que ese 23 de noviembre se tiñó de inocente sangre. Otra vez mi mente se llenó de horribles sensaciones y sentimientos de desesperación. Respiré. Paciencia pensaba, nadie va a salir vivo.

Aparté mi mirada por primera vez de la masa de gente orgullosamente levantada, para tan solo poder mirar la densa oscura sangre del suelo que pronto se mezclaría con la mía. Era demasiada para tan solo tres personas, ni quería imaginarme el río que se formaría una vez que acabasen con todos nosotros. Sofía dejó de rezar, y empezó a gritar fuertemente, no podía controlar el pánico que crecía a un ritmo exponencial por sus venas. La miré. Vi cómo se volvía loca buscando una salida o una salvación, pero no puedes buscar algo que no hay. Su angustia hizo que repentinamente se levantara, lo que alarmó al joven líder. Yo me giré, y aunque me encontraba amarrada y con muchas restricciones, intenté mediante todos los medios posibles que se arrodillara lo más rápido posible. La empujé, la agarré, la grité… pero no sirvió de nada y en su camiseta apareció una oscura mancha que nos derribó a las dos al suelo. Espero que encuentre la salvación y el cielo que buscaba.

Los lloros se multiplicaban a mis espaldas. Ya habían pasado dos minutos y la gente se inquietaba, preguntándose si deberían tener esperanza o si eso ya no les iba a servir de nada. Respiré y me calmé. Empecé a mirar a mí alrededor, estábamos a las afueras de nuestra pequeña aldea, que después de hoy se convertiría en un lugar histórico, y no había nadie dispuesto a ayudarnos.

Quedaban tan solo unos minutos hasta el final de mi corta existencia y comencé a pensar en todo lo que había hecho y todo lo que no. Podía mirar a mi pasado por primera vez con una claridad que nunca antes había podido experimentar, y pude ver todo lo que deje pasar, lo que erróneamente me perdí. Venía de una humilde familia, que apenas ponía pan en la mesa. No tuve demasiado en mi corta vida, de hecho me conformaba con poco, menos de lo que la mayoría de gente humilde tiene, pero tenía libertad, que era lo único que mí desgraciada ser necesitaba. Elecciones y oportunidades que podía barajar y barajaba diariamente que me llevaron hasta este destino. Pensé en las cosas que cambiaría si pudiera, pero que era demasiado tarde como para hacer, y las cicatrices de esos pensamientos se empezaron a abrir.

Los arrepentimientos de mi pobre y melancólica alma se amontonaban, pero de lo que más me arrepentía, era de no haber besado a mi hija por última vez. Una huérfana que viviría la mayoría de su vida sin apenas recuerdos de todo el cariño que su querida madre la daba, y todo aquello que repetiría y daría por estar tan solo un segundo más a su lado. Rogaba por todo lo que fuera en este cruel mundo, que estuviera a salvo y que ojalá no le hubiesen despertado los disparos, porque si no no pegaría ojo en toda la noche.  Mi fuerte coraza de hierro, no me permitía dejar caer ni una lágrima, pero intentar sanar y disimular esa herida, era tan inútil como resistirse a la multitud que nos rodeaba. Me apreté fuertemente los labios y un sabor metálico recorrió mi paladar, mientras que una gran lágrima recorría lentamente mi mejilla derecha.

Ya habían caído tres hombres más después de Sofía, todos conocidos. Eran buenos hombres, al igual que el resto de cadáveres. Eran buenas personas, personas inocentes. No obstante, los ejes del universo no fueron fieles al origen de sus razones, de sus justicias. 

Miré al cielo, el cual se había vestido de luto para esta ocasión. No había ni una diminuta luz de fe, como una noche hace dos años. Me encontraba en una ventana de mi sencillo piso, mirando hacia el horizonte, esperando una espontánea solución a mis problemas, cuando me di cuenta de lo agradecida que debería estar por la maravillosa vida que tenía,  con la que muchos disfrutarían con tan solo imaginar, y me volví a dentro para besar a mi marido e hija. Entonces me di cuenta de algo, igual sí estaba lista para despedirme de esta historia a la que se la podría clasificar como fantasía, ya que nunca me hubiera imaginado todo lo que me ha dado la vida. Respire hondo y pensé: es un buen día para morir.

Antes de morir, he de confesar que no todas mis hazañas y decisiones siguieron el camino indicado, adecuado o correcto… por decirlo de alguna manera. Hubo desvíos y cambios de dirección en varias ocasiones. No todos aquellos se ajustaban a las leyes. No todos ellos se podían ser pronunciados en voz alta. Eran secretos que al contrario de lo que pensara la mayoría, no me hacían peor persona, sino mejor. No todas las normas eran coherentes y se ajustaban al bien común, ni las jurídicas ni las que se siguen socialmente. Es inhumano contemplar las desgracias de las personas que te rodean y no hacer nada para mejorar y ayudarles. 

Finalmente pensé que igual por ello estoy aquí ahora, como castigo por no ser quien querían que fuese, por no silenciar mis opiniones. Querida alma, madre de todos los recuerdos enterrados que se omitieron de la historia, si es así, busca un buen lugar donde cobijarte, porque ahora ni los ángeles te abren la puerta.

Sonreí, miré a mí alrededor, pocos hombres y mujeres quedábamos ya arrodil…

Caru3.



 

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