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Ríos de sangre

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PARTE I: PERO SI TODAVÍA DEBEN TOMAR EL BIBERÓN:

—¡Viva la Revolución!

Los ecos de los fusiles siguieron retumbando a nuestro alrededor, incluso después de

que los sacos de carne que ya no contenían vida hubiesen sido retirados.

El canto de las aves cercanas al campamento se truncó en un aleteo frenético antes de

dar paso a un lúgubre silencio. Por un momento casi sentí pena por los desgraciados

que habían osado a romper la férrea disciplina, la cual se había implantado hacía poco

pero con dureza, personándose con retraso a su turno.

Caía ese día un Sol de justicia sobre el campamento y los reclutas allí reunidos. Ese

mismo astro que se reía de la sequedad del suelo e invitaba al ocio había sido un

compañero permanente desde que llegara, el 27 de abril.

Saltando de sombra en sombra, me dirigí a mi barracón. Los entrenamientos eran

satisfactorios, por supuesto, pero también exigentes. Quería estar descansado antes

de proseguir con la siguiente parte de la instrucción que haría de mí el héroe de la

República.

Pese a mi resolución, me detuvo la vista de algo que ya echaba de menos a pesar de no

hacer una semana de mi partida de Barcelona: cigarros.

Un grupo de reclutas, poco más mayores que yo, fumaba con alegría de camino a no se

sabe dónde.

—¡Eh, camaradas! ¿Me dan uno de esos? —dije, acercándome. Ansiaba uno de

aquellos cilindros de felicidad, de tiempos de descanso que ya consideraba pretéritos.

—¿Quién lo pide, enano? — Uno se dio la vuelta y me miró con aire de superioridad—

La próxima vez, apúntate al piquete —hizo un gesto de disparar un rifle, seguido de un

onomatopéyico "pum"—. Ahora, vuélvete a casa. Ya debe ser hora del biberón.

Tras dedicarle una mueca a sus risas y pensar con desprecio "anarquistas deben de

ser" seguí andando.

Desde luego, hacía falta un cambio profundo en la sociedad. Eso dijo el brigadista

británico al que hospedamos en casa durante unos días. Eso, y que debemos luchar

por ese cambio.

También pensaba eso mi amigo Armando, pero todo lo que él pensase, junto con sus

sueños y aspiraciones, fue silenciado por un pedazo de metal con la inscripción "Regia

Aeronautica Italiana".

Por él, por todos los muertos, por todos los vivos; me he presentado voluntario para ir

al frente.

Sé que nuestras ideas no pueden morir.

Sé que se debe luchar por la libertad.

Sé que resistir es vencer.

Y por eso marcho a la guerra.

PARTE II: NOS LOS COMEREMOS COMO UN MERENGUE:

La tierra de la trinchera, apresuradamente cavada hacía escasas horas por ya

exhaustos zapadores, sabía a esperanza y sueños por lo que luchar.

Las balas de los rebeldes volaban por encima de nuestras cabezas, no dejándome ni

una ventana de tiempo para levantarme y cargar contra sus líneas. Ardía en deseos de

demostrarles nuestra superioridad moral y la inexistencia de su estúpido Dios.

A mi lado, figurada y físicamente, estaba Miguel. Era mi compañero de brigada pero,

sobre todo, mi protector.

El camarada Miguel era de la Quinta del Saco y tal vez esa vejez le hacía adoptar esa

actitud paternal.

Era un padre estricto: Me agarraba por las piernas si hacía el más mínimo gesto de

asomar por encima.

Le explicaba que debía hacerlo. Por el mundo. Por la sociedad. Por mi país. Sus oídos

eran sordos, y solo su afligida expresión me impedía odiarlo.

Sabía de su derrotismo, el cual era un hilo que tiraba de las cabezas de los comisarios

políticos al pasar, que le miraban recelosamente. Tenía, se rumoreaba, algún familiar

en algún cargo político y le dejaban en paz.

—Camarada Miguel, debemos cargar. Están flaqueando. Saben que merecemos la

victoria.

—Lo que ellos saben es que a los niños no se les manda a la guerra. Anda, abraza tu

fusil como si de los muslos de Bárbara Stanwick se tratase e intenta no asomar esa cara

de bobo por ahí arriba, que te la sustituyen por un par de balas dumdum —luego

murmuró—. Lo que probablemente sea una mejora respecto a tu capacidad de

raciocinio actual…

—Camarada Miguel, déjese de cháchara, que si sus palabras fueran balas ya habría

secado toda la munición de la República.

—Me debes tener en baja estima, para ponerme objetivos de tan bajo listón.

Yo no respondí. Era obvio que mi pusilánime compañero estaba demasiado gastado y

cansado mentalmente como para alcanzar a comprender los ideales de la Revolución.

Oí entonces un zumbido en el cielo y avisté los precarios artefactos con los que el ser

humano invadía un espacio no concebido para ellos: aviones.

—¡Mire, camarada Miguel, son nuestros camaradas de la Gloriosa!

Empecé a trepar las paredes de la caja de muerte que era la zanja y me dispuse a pasar

a la ofensiva, dijera lo que dijese mi compañero, al pasar los bombarderos.

—¡Agáchate, loco, y ponte a cubierto! —dijo un soldado más allá, que parecía buscar

fundirse con la pared de tanto apretujarse contra ella. Desde luego, empuje no le

faltaba.

—No caerá esa breva, no —una risotada a mi espalda fue lo único que oí antes de ser

humillantemente arrastrado de vuelta al fondo. El camarada Miguel me miró

fijamente—. No sé qué te dio la naturaleza en vez de células grises, hijo, pero esos

pajarracos son nacionales —frustró mi cómico intento de alzar el rifle y disparar—.

Agáchate y reza para que sean chivatos y lo único que tiren sean fotos. Y mejor pongo

distancia entre tú y yo, porque como su munición sea succionada por el vacío que

sustituye al cerebro en la cabezota de algunas personas y yo esté cerca de ti, podrán

exhibir mi cuerpo en una chatarrería.

Sentí en ese momento como si me hubieran disparado por la espalda, a la altura del

pecho. Me di la vuelta, rifle en mano, dispuesto a devolver fuego. ¡Cuál no fuera mi

sorpresa al encontrar solo tierra! Fue entonces cuando comprendí que ese dolor

generalizado en el pecho que dificultaba la respiración no era puntera munición

humana, sino simple e irracional miedo. Instinto de supervivencia.

Fue ese instinto el que me hizo agacharme cuando los aviones rebeldes pasaron sobre

nosotros, dejando caer la muerte desde sus entrañas.

El suelo vibró y se levantó una polvareda que me impidió ver nada. Además, un pitido

me había dejado temporalmente sordo. Así, incomunicado y desorientado, empecé a

dar tumbos por nuestras líneas, buscando algo sin saber qué.

Unos segundos más tarde, el silbido comenzaba a remitir y mi visión se aclaraba. El

polvo caía, o tal vez solo se asentaba en mi sudoroso rostro. Un escalofriante grito se

alzó por encima de las voces clamando orden:

—¡Madre! ¡Madre! ¡Venga, la necesito! ¿Dónde está, madre? —alguien gimoteaba de

una forma que le rompería el corazón a cualquiera. A cualquiera menos a mis

compañeros más experimentados, como el camarada Miguel, que ya se movía.

—¿Cómo te llamas? ¡Quédate conmigo, muchacho! ¿Cómo te llamas? —el tono

exhortativo movió al herido a buscar algo de compostura.

—¡Adrián Alberti, señor! ¡Octavo Cuerpo del Ejército, sexagésima divi… —su voz fue

perdiendo fuelle rápidamente hasta volver al gimoteo de antes—. No me deje aquí,

señor, no me deje aquí. En unos meses entraré en la Academia… la Academia de

Policía… No me deje, señor, que yo solo quería ayudar… llame a mi madre, por favor…

—¡Médico! ¡Un médico, maldita sea!

Todo era un caos.

Estaba rodeado de voces pidiendo orden y de soldados aguantando algunos focos de

asalto y de gritos de "¡Viva la República!" y de gente ayudando a los caídos y de

oficiales llamando a la disciplina y de gente levantándose para seguir luchando y de

heridos que no se dejaban llevar por la muerte.

Estaba rodeado de voces pidiendo ayuda, de rebeldes asaltando nuestras posiciones,

de gritos agónicos, de heridos que no podían creer la falta de alguna extremidad que

minutos antes había estado allí, de oficiales dando órdenes contradictorias, de gente

que no aguantaba en pie y se rendía ante lo inevitable; de heridos que abrazaban ese

dulce no sentir.

Estaba rodeado de guerra.

No pude con todo. Tal vez me hubiera quedado allí, abrumado por los

acontecimientos, si Miguel no hubiese estado allí:

—¡Eh, Idelio! ¿Sigues vivo? Porque una ayudita no me vendría mal —había cogido al

herido por la parte superior trasera del torso y la curva que formaban las caídas y

derrotadas rodillas de Alberti.

Al ver que no respondía, me arreó una patada digna de Lángara, que realizó el milagro

de devolverme a la asquerosa realidad.

—Pon la mano aquí —me señaló una herida en la parte superior izquierda del tronco

de la que brotaba sangre. Me pregunté si lo blanco que asomaba era una costilla, al

tiempo que ahogaba las ganas de vomitar. Tenía que hacerlo. Por mi compañero—.

¿Ves ese trapo que ondea allí atrás? —ocupado como estaba en calmar mi estómago,

no me enfadé al oírle referirse así a la enseña de la patria. O tal vez era por otras

razones—. Lo voy a llevar allí. Tapa la herida y no me estorbes.

Y así nos movíamos, en aquel correr truncado por la necesidad de sortear cadáveres y,

aún peor, cadáveres que no se sabían muertos.

—Sube —me dijo en cierto momento. Tardé unos momentos en darme cuenta de que

se refería a salir de la trinchera.

—¿Está en sus cabales? ¿Es que le parecemos tan aburridos que quiere hacer amigos

rebeldes?

—Mira, no me apetece discutir. ¿Por qué no se lo preguntas al montón de amables

franquistas que ya están en tu queridísima trinchera?

Refunfuñando por lo bajo, tiré de Alberti para elevarlo, cosa que, a juzgar por sus

gemidos, no le debía resultar indolora.

Con un correr que era más una constante disputa entre el equilibrio y la gravedad,

recortamos la distancia hasta la retaguardia de la misma forma que las balas que

zumbaban a nuestro alrededor recortaban la distancia por la que fallaban.

El atronador rugido de la lucha ya quedaba atrás y la bandera tricolor, cada vez más

cerca. Entre resoplidos, encontré aliento suficiente como para entonar la versión del

himno que todo el mundo en el campamento cantaba, optimista:

—Si los curas y frailes supieran la paliza que les van a dar, subirían al coro cantand…

—la visión de una imponente figura me acalló.

—¡Soldados! ¿Adónde vais? —su ceja formó un arco más curvo incluso que el de El

Triunfo.

—¡Transportamos un herido, señor! —dejé de forma un tanto pusilánime que Miguel

llevase la voz cantante.

—¿Bajo qué ordenes? ¡Volved a la lucha inmediatamente! —el comisario político

adquirió un color bastante cercano al predominante en la bandera de la Unión

Soviética, de la que probablemente venía.

—¡Señor, sí, señor! —me odié a mí mismo al decir esas palabras, y aún más lo que

hice: darme la vuelta.

Pero Miguel no se movió.

Posó el saco de extremidades que gimoteaba y encaró al comisario.

—Señor, con el debido respeto, este hombre va a morir.

—¡Este hombre me da igual! ¡Me importa el movimiento al que deshonráis con

vuestros actos sediciosos! —estaba amedrentado por el impresionante despliegue

léxico del comisario, pero Miguel ni se inmutó—. ¡Dejad a ese inútil ahí y volved a la

lucha! ¡Es una orden!

—No —mi compañero apuntó con el rifle y tensó el percutor. Un fogonazo, seguido de

un gran estruendo, precedió a la muerte que salía por el cañón. El cuerpo del

comisario se desplomó—. Señor.

Ser sobrepasado por los acontecimientos se estaba convirtiendo en algo demasiado

natural ya. Solo conseguí balbucear:

—Pe—pero… don Miguel…

—Coge los despojos de ese monstruo y sácalo de la trinchera. Que no se note mucho

el desplazamiento —dijo, mientras cogía a Alberti del suelo—. Una persona importante

como nuestro querido comisario debería tener más cuidado con los francotiradores.

He oído que son muy peligrosos —suspiró—. Yo intentaré que solo una muerte

innecesaria pese en mi haber hoy. ¿Qué haces ahí pasmado? ¡Arreando, que es

gerundio!

PARTE III: ¡LA REPÚBLICA SIGUE VIVA!:

Ha pasado ya tiempo desde que el sol se escondiese, y la Luna no parece querer

presenciar lo que esta noche comienza.

En esta hora, lejos del atardecer y aún más del amanecer, múltiples voces llaman a las

distintas divisiones a sus puestos.

Don Miguel y yo no somos los únicos arrancados de sus unidades iniciales para reforzar

la ofensiva que pretende impedir que resbale el cadáver de una República que se

ignora muerta.

A pesar de que mi nueva división sea la Internacional, el entusiasmo de los brigadistas

no se me pega. Desde el Merengue, tardo unas apreciables a ojos de los comisarios

décimas de segundo en poner el puño en la sien al saludar.

Sigo a mis compañeros y embarco en ese ataúd flotante que representa la barca con la

cual, debido al sobrepeso, el agua coquetea, amagando entrar. Sé de buena tinta, sin

embargo, que adónde vamos no nos acompañaría de voluntad ni el vital líquido.

Durante el día, el Ebro no parece ancho. Era una frontera natural entre los franquistas

y nosotros por dónde solo pasaba el tabaco que nos intercambiábamos

esporádicamente. Esta noche, lo que pasa es muerte asustadiza y joven.

Oigo rezar a un soldado a mi lado, en bajo, con miedo a ser escuchado. Por una vez en

mucho tiempo, no me escandalizo por oír algo referido a esas tonterías de magia y

fuego en un mundo de ciencia y bombillas. De hecho, me apena, pues me recuerda a

mi pobre amigo José María, que rezaba e iba a misa demasiado para su propio bien.

Por supuesto, no fui el único en darme cuenta y alguien le dio un paseo.

El pueblo de Ascó queda ya cerca cuando se oyen los primeros disparos.

Rompen la silenciosa tregua de la noche y las estrellas, sus fogonazos rivalizando con el

resplandor de estas últimas.

De repente, sus disparos se centran en nuestra barca y entre la inestabilidad que causa

a nuestra cáscara de nuez los movimientos de a cubierto de sus diez tripulantes y la

torpeza de los míos, caigo fuera.

Las aguas se apresuran a engullirme en su pérfido abrazo y soy consciente de un

crucial detalle: no sé nadar.

Agarrando el rifle como si trajera la salvación, pataleo y agito las extremidades en un

remedo de nado que no engaña a nadie, y menos a la corriente. Las balas de repuesto,

en un pañuelo en mi bolsillo, se escapan casi más rápido de lo que lo hace mi vida a

merced de esa hambrienta corriente.

Unas manos tiran de mí hacia arriba, hacia la vida. Creo que se trata de las de Miguel,

que además de orador, filósofo y a saber cuántas cosas más, debe ser nadador

olímpico en sus ratos libres.

Creo que me dice que no me gire, que me quede de espaldas a él, pero el frío no es lo

único que cala en mis magras carnes. También cala el miedo a morir.

Tras unos burbujeos incoherentes con los que intento comunicarme, llega una

bofetada, tan lenta como inesperada, que obra el milagro de hacerme entrar en calor.

Unos reconfortantes brazos me cogen por la nuca y me pasan por la axila para

asentarse en mi pecho. Noto que los brazos me llevan hacia la orilla.

Intento gritar “¡No es nuestra orilla!” y “¡Es en dirección contraria!”.

A pesar de mis no formuladas protestas, llego a la orilla, donde mi húmedo rifle y yo

tendremos que aguantar contra las hordas franquistas.

No me espera una manta, sino balas. No me espera el calor, sino el frío de la muerte.

Pero me esperan mis compañeros.

*****

Debemos llevar ya más de tres horas de marcha bajo un Sol que a pesar de haber

salido hace poco, lo hace con fuerza. El suelo, árido y con arbustos en sus mejores

puntos, ha sido regado con sangre a falta de agua.

Mis labios resecos y mi lengua de esparto consiguen articular un débil “por fin” solo

para que Miguel diga:

—Anda, no la gafes.

Nos colocamos tras una pequeña elevación y empiezan a organizar las guardias.

Echo un vistazo a mi alrededor. Unos tristes arbustos y muchos soldados quitándose

las botas y masajeándose los pies tras la larga lucha (que se prolongó hasta bien

entrada la madrugada) y la caminata que la siguió.

A decir verdad, el sitio está mucho mejor que encajonados entre la rivera y Ascó. Y no

hay tropas franquistas.

*****

Ya está el Sol coronando la cúpula celestial cuando se establecen los turnos de comida.

Nos sobra un poco gracias al anterior enfrentamiento. Por mal que suene, a menos, a

más toca. Y agua. Agua por fin, ¿quién ha sido el idiota que no la ha sacado antes?

Estoy bebiendo a grandes tragos, intentando saciar la sed corpórea, a falta de saciar la

de espíritu.

El destino, el maldito destino, quiere sin embargo dejarme sediento, y de más de una

forma: Gente corriendo, oficiales gritando, balas volando… ¡Nos atacan! No era que

me esperase ir de rositas hasta Gandesa, pero atacar a la hora del rancho…

Debe ser dañino pasar demasiado tiempo cerca de Miguel. Se me pega su malsano

sentido del humor.

Corro a por mi rifle y al cogerlo se me pasa todo el sarcasmo.

Perdí el mío en el río, pero Miguel me consiguió otro durante el avance inicial. Dudo

mucho que a su anterior dueño le importase que le robaran el arma. Dudo que pudiese

importar nada en absoluto.

Así que, junto a mis compañeros, me dirijo a salvar vidas ayudado por el rifle de un

muerto.

La tierra de lo alto de la colina sabe al polvo levantado por soldados tirándose

apresuradamente pero, sobre todo, huele a desesperación y sueños rotos.

Cómo no, Miguel está a mi derecha.

—A ver, Idelio, ya sé que otras veces te digo que ni asomes, pero esta vez es diferente

–en sus ojos, vi reflejado a un niño mucho más joven de lo que yo soy aunque tenga mi

misma cara. Además, el niño de sus ojos está aterrorizado. ¿Era esa la realidad, o tal

vez solo su realidad?—. Hablando en plata, hijo: Estamos jodidos. Así que besa la foto

del compendio de curvas que tienes por madrina de guerra y asoma tu cacerola hueca

por ahí arriba y dispara a todo bicho viviente.

Me acordé de la chica que me había regalado un retrato suyo a cambio de un beso y,

tal vez, mucho más. Así, embobado, intenté darle a algo.

—¿A eso le llamas disparar? Dios bendito, Idelio. ¿Es que no aprendiste nada durante

la instrucción?

Me encogí de hombros.

—Supongo que tenían cosas más importantes que enseñarnos.

—Ilumíname.

—A desfilar y saludar.

*****

La lucha se ha alargado ya un par de horas.

Nuestro avance debía de ser tan rápido que dejamos las cosas más inútiles atrás. Y no

me refiero a mí, me refiero a teléfonos, comunicaciones…

Porque ayuda no nos vendría mal. Nada mal. Y un poco de agua… ¿es tanto pedir?

Me ha tocado defender la parte derecha de nuestras improvisadas líneas. Si mi sentido

de la orientación es opuesto a mi habilidad como tirador, es la parte noroeste.

Puede que dude de mi sentido de la orientación, o de mi puntería, pero de lo que no

dudo es que cada paso que avanzan los franquistas, avanza un paso el miedo en mi

interior

—Nos teníamos que reunir con la 3ª no muy lejos de aquí –Miguel se hace oír por

encima de los truenos de la muerte, y no le pregunto cómo sabe nuestras órdenes con

tanto detalle. Los oficiales parecen exhibir un vocabulario más exiguo que del que

hacen gala los mimos que dan color a las Ramblas.

Avanzan apoyándose en la orografía del terreno y en los escasos arbustos, que nos

tapan la visión. Avanzan despacio. Pero avanzan.

Ya están cerca, como a un centenar de metros.

—¡Redoblad la resistencia! ¡Resistir es vencer! ¡Por la Revolución! ¡Por la República!

Uno de los franquistas, solo y tal vez airado por nuestra declaración de principios, se

levanta en un extremo.

Creo que llevo uno de sus sucios trapos, pero si ese monstruo quiere matar a mis

compañeros y plantar su infecciosa bandera sobre sus cuerpos, no seré yo el que lo

permita.

Casi sin pensar, disparo. No soy el único. Miguel también dispara, a mi lado. Me centro

en la aberración que corre hacia nosotros gritando algo ininteligible. Ignoro el inusual

fogonazo que proviene de mi derecha y me fijo en mi bala, como animándola.

Parece que esta vez la justicia o el sino guían el proyectil, que encuentra alojamiento

en el frágil cuerpo del joven justo cuando este despliega su bandera.

Y se me congela la sangre en las venas.

El cuerpo del caído levanta un polvo que intenta fútilmente ocultar al desgraciado que

yace boca abajo. El viento sopla más fuerte y polvo, como el que el soldado ha

levantado, como polvo del que venimos, como polvo al que vamos, nos irrita los ojos y

nos obliga a cerrarlos, un oasis de alivio en un desierto de pesar.

Tiro el fusil al suelo y me levanto. Si me disparan, se habrá hecho justicia.

Llevando en mano una de las numerosas banderas tricolores que hay a nuestra

espalda, me acerco al héroe.

Poco a poco, todos me imitan.

Sin embargo, el cruel destino me otorga el dudoso privilegio de llegar el primero al

cuerpo.

No un cuerpo. Una persona. Una persona que reía y que ya no volverá a reír, que

soñaba y ya no volverá a soñar. Una persona con nombre, apellido, seres queridos.

Planto mi bandera a su lado, para a continuación enderezar la que el niño, demasiado

joven como para no haber mentido sobre su edad al alistarse, portaba con la

esperanza de salvarnos del engaño a todos.

Entonces caigo de rodillas y lloro ante las enseñas gemelas. Ante las dos banderas

republicanas.

Llevamos dos horas enteras masacrando a nuestros hermanos, con los mismos sueños

y los mismos miedos, con la misma esperanza y la misma desesperación…

No.

Mis compañeros, de ambos bandos se juntan por fin. Se miran fijamente. Se tocan. Se

emocional al ver a quiénes estaban asesinando.

Pero yo sé la verdad: No llevamos dos horas asesinando a nuestros hermanos.

Llevamos dos años.

*****

Me alejo del grupo y vuelvo a nuestras posiciones. Nunca me había parecido tan

absurda esta lucha. Se me había ocurrido que tal vez podría hablar con Miguel, pero no

aparece por ningún lado.

Pero hay un fardo a media colina, de lado. Tengo la peor de las premoniciones.

—¿Don Miguel, es usted?

El fardo no se mueve. Está de lado y eso me impide reconocerlo. Eso y un mentón en

carne viva. Tardo dos, tres, demasiados segundos en reunir el valor para darle la

vuelta. Y cuando lo hago…

—¡Don Miguel!

El sanguinolento montón tiene un hombro destrozado. Asoma un hueso al que nunca

di importancia en la escuela, pero ahora es en todo lo que soy capaz de concentrarme.

¿Cómo ha podido todo el mundo ignorarlo? ¿Acaso prestamos demasiada atención a

los muertos y demasiada poca a los vivos?

¿Cómo saberlo?

*****

¿Qué quieres hacer cuando todo esto acabe?

La pregunta me coge por sorpresa. Tras largas horas en compañía de Andreu y su

silencio, me había rendido a oscuras cavilaciones.

—Bueno, yo quería hacer medicina. Ayudar gente y todo eso –no espera a que le

responda, pero no me importa. Es obvio que Andreu necesita hablar—. Pero lo cierto

es que soy muy vago. Mi madre siempre me lo recuerda, ¿sabes? «El maestro dice que

no prestas atención en clase, Andreu». «Llevas todo el día sin hacer nada, Andreu».

Pensaba que era una pesada. Y ahora mírame. En vez de llevar a tu amigo a buscar un

médico merecedor de ese nombre, lo habría podido curado yo mismo.

—Estás siendo muy duro contigo mismo.

—No. Ella tenía razón –suspiró, y todo el peso del mundo pareció caerle encima—. En

lo único en que me centraba eran las chicas –otro suspiro, tras el cual miró al Sol.

Debía ser media tarde o algo así—. Como no vuelva pronto, el sargento me matará

–palabras que solían usarse como exageración podían ser muy literales en estos

casos—. Siento tener que irme.

Asiento y Andreu soltó la improvisada camilla para echar a correr de vuelta. No me

engañaba, sin embargo. No corría hacia al deber, huía del recuerdo de aquello que no

había sido y que probablemente nunca tendría la oportunidad de ser.

Miro al inconsciente Miguel. Está en una camilla hecha con la ropa rasgada de muertos

y tiene el brazo enderezado con su fusil. Irónicamente, el viejo fusil cuya explosión ha

causado que Miguel esté donde está, ahora le sirve de apoyo y ayuda.

Me dejo de tantas ironías para ver un reguerillo de sangre que escapa bajo un vendaje.

No puedo reemplazarlo ni nada, y el intento de asistente médico que me ha ayudado

con la camilla hasta aquí ya se ha ido.

La sangre resbala por su maltrecho cuerpo y cae al árido suelo, y no puedo evitar

pensar que la vida que hoy se le escapa a Miguel pueda dar existencia a una flor.

No queda demasiado para llegar a la orilla.

Tirar de la camilla yo solo sería una tontería, así que lo cojo como mejor puedo. Pesa

mucho, y me lo tomo como una señal de que lo que de verdad importa sigue ahí.

Avanzo por el desolado paraje de pesar con mi amigo a cuestas y no puedo dejar de

recordar a Alberti. Alberti, herido. Alberti, conmigo apretándole la brecha por la que la

vida se le iba. Alberti, en brazos de Miguel. Alberti, bajo una inmisericorde bandera. Al

médico, negando con la cabeza mientras cubría el rostro del niño con una sábana.

*****

Dentro de varias horas se hará un día desde el momento que por aquellas pasarelas

cruzaron miles de soldados con la intención de arrebatar vidas. Ahora, tan solo dos lo

cruzan, para salvarlas.

Traer a Miguel hasta aquí ha sido una proeza, pero una proeza costosa en tiempo.

Tiempo que mi compañero no se puede permitir.

¿Por qué? Él se merecía una muerte gloriosa, salvando vidas. Una muerte que lo

inmortalizara.

En vez de eso, yo vivo y él se va. Lo noto. Gota a gota. Deja atrás un rastro de sangre.

Deja atrás una familia, seres queridos, sueños.

A medio puente, la realidad pesa más que el cuerpo de Miguel, y la acepto: estoy

cargando con un cadáver.

Así que lo poso. Sangre que quedaba atrapada bajo los vendajes cae a la corriente, y

me pregunto si alguien, río abajo probará el agua y se dirá que tenía un sabor más

metálico de lo normal. Yo derramo un líquido diferente, y me pregunto si alguien

beberá del río y se dirá que tenía un sabor más salado de lo habitual.

—¿Por qué, Miguel? Tú hacías de este perro mundo un lugar mejor. Con tu humor. Con

tu risa. Con tus protectores brazos –abrazo el cadáver, intentado devolverle el calor—.

Espero que de verdad haya un lugar mejor para gente como tú. ¿Me oyes, Miguel?

¿Estás ahí? Te mereces un lugar mejor que este. Quédate tranquilo, que ya iré yo

dentro de no mucho –suspiro—. Me encargaré de que tengas el mejor de los sitios. A

la vera del señor, o de quien quieras. Donde se te pague el bien que has repartido en

vida. Tú te merecías vivir de verdad, en un mundo bueno de verdad, pero no le puedes

hablar de justicia a la muerte, pues de esta no sabe nada.

»¿Qué es esta vida, Miguel? No hacemos sino sufrir y cometer errores. Más bien en el

orden contrario. Naces lleno de inocencia, de ganas de ayudar. Entonces el mundo te

ve, te ausculta, comprueba que estás en el peor punto para un tortazo de realidad.

¿Qué es madurar sino caerse del árbol? ¿Qué es madurar sino recibir golpes de la vida?

Noto un zumbido, que achaco al ensordecedor ruido de la batalla anterior y a la ahora

ensordecedora realidad.

—¿Qué estamos haciendo, Miguel? Matamos a gente por el número de colores en sus

banderas. Y los matamos en nombre de esas mismas causas vacías, de esas banderas

que no son dignas ni de limpiar la sangre que de buen grado derramamos. Ideales que

mueren junto al primer niño que cae.

Dejo pasar unos minutos en silencio antes de hacerle una confesión a Miguel:

—¿Sabes por qué me alisté, Miguel? Ideales –echo a reír como si hubiera sido hace

mucho, una estupidez de un niño al que todavía la vida no ha abofeteado—. Por la

igualdad de clases, entre otros. Y ahora descubro que lo único verdaderamente igual

para todos en este mundo es la muerte. Sí, un dulce abrazo, un tormento, una

sorpresa… He llevado mis ideales al frente y tengo suerte de que no los hayan remitido

a Montjuic, en una bolsa, todavía.

»Morimos. Sí. Al final, todos morimos. Lo único a lo que podemos aspirar es a disfrutar

lo bueno que tenga la vida antes de que se nos arrebate.

El zumbido era mayor.

—¡Qué lecho de espinas, Miguel! ¿Y para qué?

Oí un silbido. Una explosión retumbó, cercana.

—No elegimos junto a quién nacemos. Pero… tal vez, y en afortunadas ocasiones… —el

silbido estaba por encima de mí—. Tal vez podemos elegir junto a quién merece la

pena morir.

 

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