Rojo charol

Un día más, Marta salía de trabajar y andaba por Santander cuando de repente se paró de golpe y su mirada quedó reflejada en unos zapatos de charol tras un escaparate. La gustaban tanto que se quedó ensimismada creando un vaho que empañó el cristal y le impidió seguir viendo, en consecuencia, decidió entrar y probárselos. Aquel rojo burdeos le hacía destacar su tono de piel y al instante le hicieron sentir especial. Se paró a observar la etiqueta en la que se situaba el precio meditando si comprárselos, con un sueldo mínimo de peluquera no estaba acostumbrada a gastar en caprichos. Unos sentimientos después, decidió que a sus veinticuatro años era la edad perfecta para obsequiarse un regalo, por lo tanto, salió de la tienda con ellos de la mano y una sonrisa marcando su cara. Por el camino una burbuja insonorizada la rodeó y su mente se introdujo en sus pensamientos, algo tan pequeño le cambió la actitud y le encantaba ver cómo la cara de las personas cambiaba al ver su sonrisa. Esa burbuja insonorizada de convirtió en una más honda de felicidad que podía trasmitir a quien le rodease con apenas una expresión y un gran puñado de felicidad pero sin apenas pronunciar una sola palabra.

Después de esta increíble sensación volvió a su humilde casa de pueblo. Al abrir la puerta, Rony ladró con entusiasmo como de costumbre al ver a Marta llegar a casa, y ella, al no poder contenerse, se agachó para acariciarlo empezando una cadena que siempre acababa en el sofá con un manta, una película y un bol de palomitas sobre sus manos. Un silencio le hizo poder observar a su perro, era blanco con el pelo rizado y le llegaba por las rodillas, una mancha marrón rodeaba su ojo derecho y una oreja siempre estaba levemente más levantada que la otra creando una expresión de humildad y una mirada entrañable. El bol de palomitas se fue acabando y los ojos de ambos se fueron cerrando hasta quedarse dormidos, algo no muy habitual por lo que hacía la situación más especial.

Pasaron unos días, Marta volvió a casa como de costumbre tras un largo e intenso día de trabajo. Al abrir la puerta, Rony agachó las orejas y se puso cabizbajo pero Marta apenas le dio importancia porque lo que más la apetecía en ese momento era subir a su cuarto y tirarse sobre la cama con el fin de descansar y dejar la mente en blanco. Empezó a subir las escaleras hasta que llegó a la planta de arriba, su vista se fue alejando hasta que pudo observar un objeto rojo al final del pasillo y la puerta de su habitación levemente abierta. En ese momento nada se le pasó por la mente hasta que a medida que se fue acercando la imagen de aquellos zapatos le empezó a venir claramente a la cabeza, pero, a diferencia de la imagen que ella recordaba, esta vez solo había trozos de aquellos zapatos con dientes marcados en el charol. Sin haberlo asimilado todavía, decidió entrar en su cuarto y frotarse los ojos, pero, al abrirlos solo pudo ver una imagen borrosa con un simple armario blanco y su cama revuelta en la que pudo enfocar claramente sus zapatos destrozados y esparcidos por la colcha. Un recuerdo del día en el que los compró se le vino a la cabeza, pero a diferencia de aquel momento, esta vez estaba en blanco y negro y solo trasmitía sentimientos negativos.

Tras un tiempo observando los desperfectos, cogió fuerzas para llamar a Rony con un grito en el que se podía distinguir su nombre, que retumbo en la casa, y este, se asomó cabizbajo por la puerta. Después de ser reñido se fue y Marta bajó al salón, sin dirigirle una sola mirada se sentó en el sofá y encendió la televisión aunque apenas le prestó atención porque su mirada se desviaba a un lateral de la puerta por el que Rony fue asomando la cabeza hasta escuchar una réplica y retroceder sus pasos. Esto se repitió hasta que Marta al fin, decidió perdonarlo y como siempre, ambos acabaron acostados en el sofá otro día más.

Galaxia

 

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