Santas y Monstruos

Si un ladrón hubiera entrado en el pequeño piso de Pedro a las tres de la madrugada habría presenciado una escena poco común.

Nada más colarse por la puerta se habría encontrado en un pequeño salón equipado con un sofá mugriento sacado del lado del contenedor más cercano y una televisión con demasiados abriles. Encima de esta, una balda con unos pocos retratos de su padre. El allanador no tendría manera alguna de saber que, al desterrar todo recuerdo material de su madre de la estantería, Pedro buscaba desterrar también las pesadillas que le mostraban los últimos estertores de su progenitora, antes de que la tuberculosis se la llevara.

Siguiendo en el supuesto, este ladrón buscaría objetos de valor, como cubertería de plata ―podría ser de alguna herencia, ¿no?― y al entrar en la cocina observaría un proceso cuando menos curioso.

Pedro, el propietario y único ocupante del piso, sacaba de los cajones de una vieja alacena platos sin usar, los fregaba concienzudamente y los ponía a un lado para que secaran.

Lo que este hipotético delincuente no sabría era la razón de tan extraño comportamiento, pues no en vano había sido Pedro durante varios días incapaz de conciliar el sueño por un periodo mayor de cinco horas.

Por el día, llegaba pronto a trabajar al restaurante del barrio y no salía hasta tarde. Las horas extras no estaban muy bien remuneradas, pero el bienintencionado y anciano dueño del pequeño local no podía permitirse mucho más. Este le había preguntado a su empleado por qué trabajaba tanto, pero Pedro solo le había dicho que estaba ahorrando porque llevaba el pago de la hipoteca atrasado un par de meses. La primera noche había sido la peor. Tras estar destrozado emocionalmente y dar incontables vueltas en el lecho, se había levantado para hacer algo. Necesitaba estar ocupado, así que se dedicó a barrer el piso, limpiar el polvo, ordenar la estantería, primero alfabéticamente según los títulos, luego por fecha de impresión y finalmente por cronología de autores; a cambiar de sitio la vajilla y a fregarla. En noches venideras probaría con tazas de manzanilla y pastillas de Dormidina, con nulos resultados.

Pedro dejó de fregar. Se estaba dando cuenta de que la próxima factura del agua iba a provocarle ―al verla― más dolor incluso que el que le producía su espalda al inclinarse para limpiar la vajilla.

Se sentó en la desvencijada silla de la cocina con un suspiro. Su mirada vagó involuntariamente hasta encontrarse con una moneda de euro y no pudo evitar que su memoria lo llevara medio año atrás, al comienzo del fin.

***

―¿Pero cómo puedes decir eso? ―había exclamado Pedro.

Ese miércoles, y como todos los días laborables, había entrado para el turno de mañana a las 6:20; diez minutos antes de la hora de apertura. Como de costumbre, su humor era excelente tras una buena noche de descanso.

Lo cierto era que muchos de los habituales acudían precisamente al bar no por sus cafés con un regustillo a agua o la bollería horneada el día anterior, sino por haber entablado una especia de amistad con el alegre camarero.

Fue precisamente uno de estos habituales el que comenzó todo.

―¡Buenos días, Anselmo!

―Buenos días, hijo.

La respuesta había sido un poco menos vivaz de lo normal, pero el buen humor de Pedro era famoso por aguantar desde clientes descontentos hasta berrinches de niños pasando por platos rotos. No se dio cuenta de lo que pasaba hasta que fue a cobrar.

―¿Un euro de propina, Anselmo? ―inquirió, extrañado. Sabía perfectamente que el anciano no tenía un céntimo de más.

―Sí, verás… ―dijo, dudando. Bajó la cabeza para evitar mirarle a los ojos―. No voy a poder seguir desayunando aquí.

―¿¡Cómo?! Pero si cuando entré yo de lavaplatos ya estabas tú aquí todas las mañanas; café en mano y cruasán en plato, puntual para el telediario de las 6:30.

―Pedro. Simplemente no puedo. Me han vuelto a bajar la pensión y cada euro cuenta. Además, no podría irme a vivir con mi hijo; su último contrato temporal se ha acabado y el casero les ha vuelto a subir el alquiler. No están para obras de caridad, ni siquiera para con su padre.

»Acepta este euro de propina como regalo de despedida.

Al salir del bar se cruzó con Caela, otra habitual ―aunque cada vez venía menos―, intercambió unas palabras con ella que la dejaron abatida y se perdió de vista.

Con un suspiro, Pedro se preparó para lo que tenía que decirle a la mujer que ahora entraba. Desde luego, no iba a mejorarle el ánimo.

***

No. No iba a recordar ese momento. Puede que ese día fuera el «comienzo del fin», pero el infierno realmente lo había desatado con las escasas frases que le había propinado a Caela. Menos mal que llevaba fular y gafas de espejo; al estar tan cubierta podía hacerse la ilusión de que realmente no era ella a quien le diciendo eso.

Dios, necesitaba hacer algo para evitar pensar.

Entretenerse.

No pensar en Caela. Evitar recordar el día en que la conoció, cinco años atrás. No visualizarla entrando rauda, como si la vida dependiera del tiempo que tardara en atrincherarse en la mesa del fondo. Borrar de su memoria cómo divisó, a pesar de disimularlo ella, un par de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas para precipitarse contra la mesa. Hacer como si nunca se hubiera acercado a la mesa con un trapo limpio y un pincho de tortilla; como si no hubiera dejado el último sobre la mesa con un «Invita la casa» y, aprovechando que la mujer levantaba la cabeza, hubiera limpiado las lágrimas tanto de su cara como de la mesa. Lavar de su memoria las palabras que le había dicho: «No soy psicólogo, pero sé escuchar».

Los recuerdos seguían afluyendo.

No es que ese día hubiera hablado mucho sobre por qué se había escondido en el bar; dijo algo de una discusión con su esposo y Pedro no quiso presionarla más. La mayor parte de los escasos cinco minutos que Pedro pudo ofrecerle los pasó mirando hacia abajo, con el largo pelo negro cayéndole en cascada sobre su rostro y ocultando su expresión.

En un arranque de simpatía, el humilde camarero la había abrazado. Caela hizo ademán de rehuirlo al principio, pero se dejó envolver en aquellos brazos cálidos y amistosos que olían a seguridad, paz y calma.

La siguiente vez que Caela hizo sonar la campanilla de la entrada del bar iba acompañada de una mujer menuda y sin ningún rasgo físico que saltara a la vista, para bien o para mal. Esta especie de vacío físico era llenado con palabras, que a centenares eran proferidas cada vez que despegaba los labios, listas para asaltar implacablemente oídos cercanos e indefensos. Caela la presentó como Lucía.

Dado el talante abierto de las amigas, Pedro no pudo evitar que le cayeran bien desde el primer pincho de tortilla con mosto. Era el inicio de una amistad que medraría poco a poco y que moriría al lustro de comenzar.

No.

Debía eliminar esos pensamientos. Eran la causa de su insomnio, pero, ¿por qué se atormentaba tanto? ¿Por qué se culpaba del asesinato de Caela?

Su amistad había ido creciendo lentamente, entre primer plato y postre. Hasta Eusebio, el dueño del bar, se había empezado a dejar caer de cuando en cuando, siempre y cuando el local estuviera vacío.

Las amigas se pasaban por el local a menudo, aunque sin una frecuencia determinada. A pesar de que Lucía tenía todo el tiempo del mundo ―«Las ventajas del paro», decía riendo amargamente―, no era ese el caso de Caela, que dependía de cuándo tenía horario de mañana y cuándo de tarde en la tienda de zapatos de la superficie comercial en la que trabajaba. Viendo su situación económica, Eusebio había decidido cobrarles de menos. Tanto Caela como Lucía habían protestado, diciendo que el anciano no se lo podía permitir, pero este respondió que ellas tampoco podían pagar el dinero de tantas visitas.

El tema quedó zanjado con un: “Ya me lo estáis pagando con compañía agradable y amistad sincera, que es algo que no podría pagar ni con el sueldo de un político”.

Todo el mundo había querido a la chica que ahora solo era un número más en la morgue. Sin embargo, nadie se había dado cuenta de cómo, en el año precedente a su asesinato, Caela había aparecido menos y menos en el bar ―hasta desaparecer por completo―, o cómo había empezado a llevar gafas de sol y fulares independientemente de la estación o del tiempo.

Y ahora era demasiado tarde.

Los signos habían estado allí, y tanto él, como Lucía, como Eusebio, como sus compañeros de trabajo, como los miembros de los círculos por los que se movía ―y se movía cada vez menos, pues Lucía le había dicho que Caela parecía estar recluyéndose en casa― habían visto los signos y no habían hecho nada.

Un momento, ¿había oído algo? Allí mismo; en su piso, en el presente.

El ruido se repitió, y Pedro reconoció el distintivo sonido de unos nudillos golpeando, casi acariciando, como si temieran llamar la atención del ocupante, contra la puerta ―el timbre se debía haber vuelto a averiar―. Agradeciendo la interrupción, Pedro se lanzó abrir sin cuestionarse quién podía llamar a tales horas. Solo quería no pensar, y con tal de no hacerlo se sentía capaz de aguantar a un inspector de Hacienda.

―Sabía que tú tampoco podrías dormir ―declaró Lucía como saludo al entrar.

Se sentó ―desplomó, más bien― sobre el sofá y empezó a sollozar. Las primeras lágrimas no tardaron en teñir de un color ligeramente más oscuro el mueble, que a Pedro se le antojaron manchas de café.

No preguntó que le pasaba; era obvio. En vez de decir nada, abrazó a la mujer como había abrazado a Caela el primer día que la vio. A pesar de que la intención fuera buena, el tembloroso abrazo no pudo consolar mucho a Lucía, quien tras un buen rato sin abrir boca susurró:

―Intentas secar las lágrimas de los demás aunque no puedas esconder las tuyas.

―Intento ayudar. ―Fue la débil respuesta de Pedro. Su interlocutora prosiguió, implacable:

―Hueles a tristeza.

―¿Y qué quieres que le haga? ―Se limpió las lágrimas con la manga y sorbió ruidosamente por la nariz―. Deberíamos haberlo visto, ¡y no lo hicimos! ¡No nos deberíamos haber alejado en sus últimos meses! ¡Por eso Caela está muerta ahora!

Lucía redobló su llanto al instante y Pedro se sintió mal por haber soltado de esa forma lo que le llevaba atormentando incansablemente durante tres días y tres noches. Sin embargo, no tenía ninguna palabra para suavizar lo dicho. Porque era la realidad.

La mujer se levantó:

―Ha sido una mala idea venir aquí. Por si te lo preguntabas ―añadió ya con la mano en el pomo―, tu dirección me la dio Eusebio; él tampoco puede dormir.

Lo último que hizo antes de cerrar la puerta fue lanzar un bulto marrón, que aterrizó con un bote en el sofá, y lanzar en forma de afilada despedida: «Esto también huele a tristeza. Quédatelo».

Si Pedro hubiera tenido un reloj de pared habría observado cómo el minutero trazaba un considerable recorrido dentro de su esfera antes de que se atreviera a echarle el más mínimo vistazo al objeto que había sustituido a Lucía en el sofá: un diario.

La portada era de un marrón oscuro, tirando a negro. No abultaba mucho, y en la primera página, de un blanco inmaculado e impecable, un bolígrafo azul se había deslizado excelsamente, produciendo una caligrafía bellísima. Esta rezaba:

Diario de nuestro matrimonio

Caela Macías

Pedro sintió una punzada de dolor al leer el nombre de su amiga asesinada, pero la curiosidad pudo más. No es que fuera a dormir esa noche; no tras la precipitada visita de Lucía.

Miércoles 8 de febrero de 2012

¡Todo es tan genial!

Estoy inaugurando este diario a la vuelta de nuestra luna de miel. ¡Hemos ido a las Bahamas! El sol, la playa… y él. Sobre todo, él.

Nada es comparable al placer de simplemente verlo, echada en una tumbona con él delante, incluso viéndolo a contraluz. Ese pelo moreno, esos ojos azules, ese submaxilar (sí, he tenido que buscar el nombre en Google) tan precioso que tiene…

De la que volvía, en el avión, se me ha ocurrido que podía hacer esta especie de diario sobre la de cosas maravillosas que nos van a ocurrir durante nuestro matrimonio. ¡Es tan genial!

Vale, me está llamando para ver si le puedo poner algo de cenar (acaba de llegar de trabajar y normal que venga cansado con la arpía de jefa que tiene). ¡Seguiré escribiendo!

No había que ser grafólogo ni estudioso de la lengua para ver la felicidad y vivacidad que destilaba el texto, y Pedro sintió cómo otro puñal de dolor por la pérdida y la culpa lo atravesaba. Temiendo llegar al final, pasó la hoja para encontrarse con una página blanquísima y una nítida letra que decía:

Lunes 20 de febrero de 2012

¡Es tan genial!

Sé que me repito, pero es que me ha sacado a cenar a un restaurante caro y ha estado tan galán… Hasta ha insistido en pagar la cuenta.

Yo del futuro, que leerás estas líneas, dudo que olvides este día, pero con lo despistada que soy mejor lo explico un poco. Como hace un mes de nuestra boda, mi esposo decidió que podríamos salir a cenar por ahí. ¡Fuimos al restaurante donde me llevó para pedirme la mano! Jamás olvidaré ese día. Fue el martes trece que me convenció de que esa superstición era una tontería. ¿Por qué iba a dar mala suerte un día cualquiera solo por ser martes y caer en trece? ¡Anda ya! Bueno, a lo que iba: fue exactamente como la vez que me convertí en su prometida, incluso comimos lo mismo. Estuvimos hablando sobre la evolución de nuestra relación, y hubo una parte en la que estuvo monísimo hablando sobre cuánto me amaba y cuánto se iba a esforzar para que nuestra relación durase. ¿No es muuuy romántico?

Fue pasando hojas al azar, no quería entrometerse tanto en los melosos comienzos de la pareja. Una página le llamó la atención; todas las anteriores estaban impecables, pero esta tenía una mancha de café. Una tontería, sin duda, pero Pedro pensó que si la gente se podía guiar por horóscopos, ¿por qué iba él a no poder seguir una simple mácula?

Sábado 14 de julio de 2012

Joder, no tenía una resaca así desde hacía años.

Lo peor va a ser el rebote que se va a coger mi esposo cuando se levante, pero la verdad es que… él tenía razón: no debería haber salido.

Me lo dijo. Me lo prohibió. “No salgas, que ya sabes que te puedes pasar con el alcohol y no queremos que pase nada de lo que nos podamos arrepentir”. Pero yo he hecho mal. Pensé que treinta no es la edad de quedarse en casa aún, y lo he pagado.

No recuerdo su nombre… pero sé que en ese aseo ha pasado mucho de lo que me puedo y me voy a arrepentir. Una cosa es segura, no se lo puedo contar a mi esposo; me matará.

A ver, sin ponerse melodramática, pero es que él tenía razón… ¡Qué suerte tengo de que él sea tan bueno y generoso conmigo!

«Esto no suena bien», pensaba Pedro. La siguiente entrada, escrita en tinta negra, decía:

Viernes, 12 de abril de 2013

¡No me puedo creer que haya encontrado por fin el diario!

Creo que lo perdí cuando volvimos de Salou hace casi un año (jo, menuda bronca me echó cuando se dio cuenta de que había salido de noche, desobedeciéndole ―que no es que me queje, él tenía razón, no debería haberlo hecho―) y ahora lo encuentro, en la pila de libros a donar a la biblioteca. ¿Cómo se puede perder algo en un piso tan pequeño?

El caso es que este diario tenía como intención (sí, he releído las primeras páginas; ¡qué recuerdos!) dejar una especie de documento para la posteridad, tal vez para los hijos que le daré algún día, sobre la «maravilla» de nuestro matrimonio. No es que últimamente esté encontrando muchos momentos que encajen con esa idea inicial, pero ya que estamos…

Esta mañana he discutido con él. Todo por una maldita línea.

La cosa empezó cuando salí del baño con el test de embarazo en la mano. «Ya sabes lo que significa una sola raya. Lo siento», dije. Tantos meses intentando tener un bebé que no me extraña que se enfadase al ver el resultado. En verdad, lo que dijo esta mañana es cierto: soy una inútil. No sirvo para nada.

Pero por mucho que la verdad estuviera de su lado (lo reconozco, sí), hui. Estaba aterrada, no pude evitarlo. Se estaba poniendo violento y me entró pánico.

Así que he ido al bar cutre de la esquina. Entré corriendo y me escondí en la mesa del fondo. Seguía con miedo. Quería irme más lejos, muy lejos, pero eso solo habría aumentado su enfado al volver y, es que, ¡tiene razón! No hago más que cagarla, como en Salou aquella noche con ese joven de manos de terciopelo y dedos de pianista. ¡Cuánto he pensado en esa noche desde que pasó! ¡Cuánto me he reprochado! Lo peor es que nunca lo había pasado tan bien, pues aunque mi esposo es desde luego bueno, ese hombre era un mago. No sé ni qué hago escribiendo eso aquí, pues como mi esposo lo vea, me puedo considerar muerta.

Bueno, el caso es que mientras me comía la cabeza con esos temas, oí unos pasos. Tuve un miedo tremendo de que fuera él, pero sus pisadas son como más fuertes, firmes y autoritarias. Al dueño de estos pasos, seguramente, no le harían caso ni aunque fuera oficial del Ejército. Menos mal que solo era un camarero. Creo que el hombre encajaba perfectamente con el lugar: viejo y escuálido. Aunque alegre. Me dejó un pincho de tortilla de jamón y queso en la mesa diciendo que invitaba la casa y me limpió las lágrimas con el trapo ese que llevaba. Dijo: «No soy psicólogo, pero sé escuchar».

No es que le diera la oportunidad de escuchar mucho, porque solo le dije mi nombre y que había tenido un problema con mi esposo. Lo cierto es que me dio hasta pena su preocupación. Parecía mi padre, solo que ese camarero no ha muerto por sobredosis y mi padre sí.

Bueno, que me voy por las ramas. ¡Ese hombre va y me suelta un abrazo! Casi me da un infarto. Me recordó a cómo cuando, al día siguiente de una bronca de las gordas, mi esposo me da abrazos, besos y me dice que no se va a repetir, que no pasa nada, que me sigue amando como el primer día a pesar del desastre que soy.

Para ser sincera, el camarero me ha caído bien. Igual me vuelvo a pasar por el bar, pero es que creo que si voy sola y me pongo a hablar con el camarero… No debería darle a mi esposo más razones para dudar de mí, que no le faltan.

Tal vez debería ir con la cajera, que parece maja y habla por los codos. Lucía, creo que se llamaba.

Pues nada, diario de mis penas, hasta la próxima.

Pedro posó el diario y se levantó. Así que eso era lo que había pasado. Nunca se lo había contado, pero ahora tenía sentido. Y pensar que mientras él había estado felizmente sirviendo a los pocos clientes del bar, ella había estado sufriendo un infierno en su hogar. Eso era lo que le había atormentado el primer día, el día en que se conocieron. Y probablemente había ido a peor.

Siguió leyendo.

Sábado 8 de febrero de 2014

¡Ha ocurrido lo mejor!

Dios, Dios, Dios. ¡No puede ser! Y sin embargo, es. ¡Estoy embarazada!

Me dolían las comisuras de los labios cuando salí del baño con el test en alto. «¡Positivo!», grité. Creo que me oyeron hasta los vecinos del primero. Sentía que se me iba a rasgar la boca y la sonrisa iba a ser de oreja a oreja literalmente.

¡Benditos vómitos! ¡Benditas náuseas! No sé cómo síntomas tan malos pueden preceder a algo tan bueno. ¡Sí! A partir de ahora, ¡todo va a salir genial!

La alegría de su amiga muerta se le clavaba a Pedro en el corazón como si de siete espadas se tratase.

Su mente no podía concebir que su ahora fallecida amiga hubiera sido tan feliz. Sabía que era estúpido pensar que la muerte te arrebataba toda lo feliz de la vida, pero en ese momento simplemente no podía conciliar la risa pasada de Caela con su silencio presente. En un cobarde intento de expeler las carcajadas inmortales que resonaban en su cabeza, siguió leyendo.

Viernes 31 de octubre de 2014

Feliz cumpleaños cero, Moisés.

Sé que debería ser un día feliz, pero… hoy he bajado de las nubes.

Así me lo ha recordado mi esposo: ahora que tenemos un bebé, no puedo estar viviendo la vida tan a lo loco. Tengo que posar el culo y concentrarme en ser una buena madre para que crezca fuerte y sano.

No sé si valgo para esto. Antes, en la cocina, me estuvo describiendo lo que ser madre iba a suponer. Pañales, insomnio, estar pendiente de él día y noche… Tengo mucho que mejorar, él mismo me lo ha recalcado: «Como le des al niño la misma bazofia que me preparas a mí, no va a llegar a los tres años. Date cuenta de que yo tengo mucho más tacto y considero tus sentimientos, pero el bebé no, y ya te digo que ese te va a vomitar la comida con solo verla». Lo peor es que, justo tras decir eso, se atragantó con un hueso pequeñito que me había dejado en la sopa. «¿Ves?». Luego se levantó, me dio un beso en la frente y me dijo: «Esto lo hago por nosotros y por nuestro bebé, y me va a doler más a mí».

Aún me duele la cachetada.

Pedro negaba con la cabeza, horrorizado. «El amor se pinta rojo pasión, no rojo sangre», pensó.. Pasó páginas cada vez más sucias; si al inicio se había encontrado con un trazo azul firme, ahora se enfrentaba a líneas negras como cardiogramas que, si te esforzabas lo suficiente, desgranaban una historia capaz de horrorizar al mismo Dante. Hojeando como estaba, frenó su ávido pasar de páginas al atisbar una palabra. No sabía si era más terrible la palabra en sí o su falta de sorpresa al verla. Paliza.

Miércoles 14 de diciembre de 2016

No sé qué pensar…

Hoy ha sido muy romántico, es cierto, pero es que… no sé si una cena puede compensar lo de la semana pasada.

Por un lado, no es que le faltara razón entonces. Debería haber estado más atenta al móvil, en eso no está equivocado. No fue culpa suya que le convocaran una reunión de última hora y no pudiera ir a recoger a Moisés a la guarde. ¿¡Cómo he podido abandonar a nuestro hijo allí?! A partir de ahora, y para evitar estos problemas, iré yo todos los días a recogerlo, en vez de alternarnos mi esposo y yo.

Claro, al llegar a casa y verme a mí haciendo la comida tan tranquila, se cabreó. Me merezco hasta el último de los golpes, de los cacerolazos y de los cinturonazos que me soltó. No valgo una mierda, ni siquiera sé cómo alguien tan bueno se puede haberse fijado en alguien como yo. Él es alto, guapo, inteligente, tiene labia y gran habilidad social. Yo no tengo nada de eso, ni siquiera sé tratar bien con la gente. De hecho, creo que lo mejor será no salir tanto. Debo de ser una vergüenza para él.

Al menos no se dieron cuenta en el hospital de lo que había pasado de verdad. ¡Hay que verlo hablar!

Lo peor es que hace cuatro párrafos, no estaba segura. Ahora sí lo estoy. ¿Cómo he escrito ahí arriba? ¿«No sé si puede compensar»? Seré desagradecida.

A Pedro le costó leer esa parte, la tinta estaba más corrida y aún quedaba una ligera marca donde los goterones habían aterrizado en la hoja.

Esta entrada ha sido mi confesión y mi condena. Al exponer los hechos, no he hecho sino acusarme. Vi el otro día en una de estas series policíacas tan chulas que en Estados Unidos tienen algo que llaman la Quinta Enmienda y sirve para no declarar si te vas a incriminar con lo que vas a decir. Pues yo debería haber apelado a la Quinta Enmienda al principio de esta entrada, pero ya es demasiado tarde.

Cada letra, cada palabra ha sido un remache en el ancla que me ha hundido, un clavo en mi ataúd. Siento que me estoy poniendo muy poética, y la poesía no entra en mis escasas ―si no inexistentes― virtudes, así que pararé y soltaré lo que tengo en la cabeza, lo que durante meses ha estado acumulándose.

Yo no soy ninguna santa. «Una nueva víctima de violencia de género», dicen en el Telediario. Luego pasan a decir cómo esa chica era fantástica, muy querida por todos, y que la echarán de menos. ¿Algún parecido conmigo? Como un huevo y una castaña.

Por si fuera poco, el otro día me encontré un relato corto sobre violencia de género. Sinceramente, no me puedo creer que chicas tan perfectas salgan con tales monstruos. La mujer del relato era guapa, lista, con don de gentes. El hombre era un orco que la pegaba porque le daba la gana. ¡Esas son las verdaderas víctimas! Esas y mi esposo, porque en la descripción de los personajes la víctima es fantástica en todos los aspectos y el agresor, malvado hasta decir basta; mi esposo encaja mucho mejor en el papel de víctima que en el de agresor. Y esas mujeres… esas mujeres son unas son unas santas, ¡yo le puse los cuernos!

Me mataría a mí misma a palos si no fuera porque él me ama y mi muerte lo destrozaría.

―¡Ay, por el amor de Dios!

Perato dejó de leer. Lanzó el diario maldito contra la pared y le dio la espalda antes de que tocara el suelo.

No podía ser. Es que no podía ser. El grado de manipulación, de perversión… Y él, ¿él que había hecho para ayudar? Decir «nada» probablemente fuera generoso. «Pedro, ¿no?», «Tengo entendido que es amigo de mi mujer…». ¡No! No podía recordar eso.

Para cortar la catarata de recuerdos que amenazaba con inculparle aún más, prácticamente se lanzó al suelo a coger el diario, abierto por la última página escrita. Esta, en tinta nigérrima y hoja sucísima, relataba lo siguiente:

Martes 13 de marzo de 2018

Este diario es una maldición. Iba a ser, hace seis años, una especia de crónica de nuestro feliz matrimonio. Ahora, una «crónica de nuestro feliz matrimonio» sería ciencia ficción pura y dura. Ay, el niño.

Perdón, he tenido que ir un momento a ver a Moisés,…

Pedro no pudo evitar esbozar una sonrisa triste al ver con qué cariño estaba trazada la palabra «Moisés». Era como la luz de un faro de alegría recortada entre las sombras de un acantilado de tristeza.

… que estaba llorando. Tres añazos y sigue berreando como si tuviera uno. Me pregunto si será normal, pero es difícil saberlo sin tener contacto con otras madres. Es duro no salir, pero supongo que la decisión de dejar mi trabajo para cuidarlo era la correcta; es importante dar amor a un hijo. Además, con el sueldo de mi esposo podemos pasar bien ―ya mencioné aquí que lo ascendieron hará un año, ¿no?―.

La de cosas que pasan en tan poco tiempo. Antes salía con Lucía, que de repente empezó a pasar de mí; tenía mi propio empleo, lo pasaba bien dejándome caer por el bar de la esquina de vez en cuando… Hace un año, Pedro no era tan frío. En verdad es muy raro: como Lucía, de la noche a la mañana, se volvió tan distante… Hace seis meses, y aunque apenas me pasaba ya por el bar, me dijo que, por favor, no volviera. Fue cuando me di cuenta de que lo mejor era no salir de casa, hago daño a todo el mundo a mi alrededor.

Pedro sintió un escalofrío culpable. ¡No era culpa de Caela! Dios, se empezaba a sentir mal de verdad…

―Pedro, ¿no? ―El desconocido había entrado por la puerta del bar hacía un año y se había dirigido directamente hacia el camarero, que estaba pasando la bayeta por una mesa recién abandonada.

―Sí, ¿qué desea? ―dijo de buen humor, sin preguntarse cómo podía saber su nombre el recién llegado.

―Tengo entendido que es amigo de mi mujer, Micaela.

«Debe ser el único que la llama así», pensó Pedro.

―Sí, ¿qué pasa?

―Parece que ha enfermado de tuberculosis y…

Con la imagen de su madre escupiendo cuajarones de sangre, el camarero dio un paso atrás. El esposo de su amiga no tuvo que decir nada más; ya había logrado lo que quería gracias a la artimaña precisa. Se disculpó y se fue, sabiendo que Pedro no podría tratar normalmente con Caela sin pensar en su madre muerta. Se preguntaba cuánto toleraría la presencia de la mujer si al verla recordaba la agonía de su madre. Dado el nivel de trauma que, según Caela, tenía Pedro, no creía que importara realmente que esta no tuviera los síntomas; Pedro probablemente se los imaginaría o daría demasiada importancia a una tos casual.

«Ahora», pensó Pedro, tirado en su sofá, «queda claro que todo fue una patraña. Quería alejarme de Caela… y lo consiguió». Pareció hundirse diez centímetros más. Siguió con la amarga lectura.

Ni siquiera funcionó la idea de Anselmo: guardarme un poco de dinero de su pensión para que pudiera campar más a mis anchas. Parece que contamino todo lo que toco, porque a Anselmo le bajaron la pensión y ahora no puede ni ayudarse a sí mismo. O puede que sea la forma del karma de decirme que tengo que hacer caso a mi esposo, y que ni se me ocurra contradecirle de ningún modo.

El malestar de Pedro no hacía sino aumentar.

¡Oh, vaya! Hablando del rey de Roma, tengo mensajes suyos… Viene enfadado, el de la limpieza le ha vuelto a cambiar las cosas de sitio y él lo odia. También me manda hacerle la cena. Será mejor que me vaya a la cocina, los wásaps son de hace quince minutos y estará a punto de llegar.

Justo, ya le oigo abrir la puerta.

¡Ay, qué portazo! ¿Ese ruido ha sido el jarrón del vestíbulo? ¡Ay, Dios, no le he hecho la cena! Mejor me voy ya.

Nota: Menos mal que me ama, si fuera cualquier otra persona estaría realmente aterrada.

Pedro pasó la página para encontrarla en blanco, y no se sorprendió: había sido escrita el día de su muerte. De su asesinato.

Sentía ya un dolor físico. Su mente vagó a una de las líneas escritas por Caela: «Fue cuando me di cuenta de que lo mejor era no salir de casa». ¡Él era cómplice de asesinato!

Solo quedaba una cosa por hacer.

***

Martínez, novato recién salido de la Academia, escondió corriendo el móvil, con el cual mataba las horas jugando al Candy Crush, cuando una figura escuálida y enteca entró tambaleándose por la puerta de la comisaría.

Lo primero que pensó era que se trataba de un borracho: andar errático, sollozos… parecía encajar en el perfil.

Nada más el recién llegado se apoyó en el mostrador ―fue más como dejarse caer y aferrarse al tablero en el último momento para evitar dar con sus huesos en el suelo― el policía se echó un poco hacia atrás en su silla, a la defensiva. A pesar de que fueran altas horas de la madrugada, tener miedo de una agresión en comisaría era completamente estúpido, en parte porque nadie podía estar tan loco. Sin embargo, la figura que ahora intentaba articular una frase parecía imprevisible y el novato Martínez no pudo evitar intentar mantener las distancias. A pesar de su corto tiempo de servicio, sus superiores no estaban muy contentos con lo metepatas y despistado que podía llegar a ser. Mejor no liarla.

―Qui-quiero… ―consiguió decir el hombre al final, con gran esfuerzo―. Quiero poner una… una denuncia. Quiero poner una denuncia.

El agente consiguió reaccionar. Por fin algo que estaba dentro del protocolo.

―¿DNI?

―¡Eso no importa! ―«Fue cuando me di cuenta de que lo mejor era no salir de casa»―. He… Dios… He cometido un crimen.

Eso podía explicar su comportamiento: Se tambaleaba, inseguro sobre sus propios pies, dando puñetazos sin fuerza al tablero como si fuera el culpable de todos sus males.

Su conducta era tan extrema, tan… desequilibrada, que incluso para el inexperto juicio de Martínez quedó patente que el hombre, cuya visita le costaría al agente su puesto y empleo, años de pesadillas y miles de euros en psicólogos, había hecho algo terrible y sin vuelta atrás. Seguramente había asesinado a su cónyuge o a otra persona igualmente cercana; solo eso podía explicar la culpa que exudaba por todos los poros de su piel.

―Tranquilícese, ¿quiere?

―¡No puedo! ―Se derrumbó sobre el mostrador y comenzó a tirarse de los pelos.

―Pero, ¡por Dios! ¿Qué es eso tan grave? ―Parecía que la histeria era contagiosa―. ¿Qué ha hecho?

«Fue cuando me di cuenta de que lo mejor era no salir de casa».

―¡Nada! ¡La abandoné! Peor, ¡soy cómplice de su muerte!

Cayó al suelo, llorando. Martínez fue a su lado y lo asió por los hombros, dispuesto a ponerlo en pie de nuevo, pero no podía esperar lo que iba a pasar: la pistola se deslizó fuera de su pistolera, que no tenía el cierre echado, y aterrizó con un repiqueteo.

El llanto cesó.

A pesar de ocurrir todo a cámara lenta, el novato no pudo hacer nada para impedir que el desgraciado desconocido se metiera en la boca el cañón del arma y apretara el gatillo.

Federico García Lorca

 

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