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Sarah…

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Querida persona que recoja esta carta. Quiero que sepas como es mi vida día

tras día… lo primero me presentaré, me llamo Railey tengo trece años, y tengo un

hermano mayor que… bueno el ahora no es importante, mis padres… ¡tampoco! Voy a

hablarte sobre una enfermedad que destruye vidas y que cada vez que escucho su

nombre me tiemblan las piernas y me sudan las manos, hasta que conocí a Sarah.

Es una niña de mi edad, fuimos juntas desde que teníamos cuatro años, al

principio era una niña normal, y lo siguió siendo durante mucho tiempo, pero un día en

tercero de primaria no fue a clase y eso me preocupó puesto que la veía mañana sí, y

mañana también. Pero pasó una semana, otra y mientras lloraba noche tras noche, mi

madre me decía que fuese paciente, constante, que corriendo no llegaba antes, que si

no me llamaba era porque no podía hacerlo. Me sentía solo, desplazada casi nadie me

entendía. Nunca me enseñaron la forma de levantarme, me enseñaron que vendrían

más, que intentarían tirarme y eso hicieron. Me dañaron, me mintieron despreciando

me dijeron que era un cero y que nadie querría escucharme, hasta que un día en un

recreo mientras yo estaba sola y mi larga melena rubia volaba con el viento, la vi con

su pelo ardiente y largo en la otra punta corriendo hacia mí como si un hubiese un

mañana, entonces le pregunté: “¿qué te ha pasado?” Pero ella se limitó a contestarme

“eso ahora no importa”. Entre lágrimas y abrazos tocó el timbre de clase, subimos,

tocaba Historia, y en mitad de clase ella se tuvo que volver a marchar, cogió sus cosas y

cerró la puerta suavemente. En ese mismo momento a mis débiles esmeraldados ojos

se les escapó una pequeña lágrima que me recorrió toda la cara. Todo el mundo se giró

como si estuvieran leyendo mi frágil mente, en ese momento me levanté de mi viejo

pupitre de madera y le pregunté a la profesora si podía ir a los servicios. Ella asintió

con la cabeza y yo salí corriendo por la puerta embarnizada, entré a los servicios y

cuando ya no aguantaba más, mis ojos desprendieron un mar de lágrimas de ángel.

Abrí el viejo y oxidado grifo de uno de los cuatro lavabos de loza y lo llené de una

cristalina agua en la que se reflejaba mi penosa expresión de tristeza, decidí sentarme

detrás de una pared de blancos azulejos y allí lloré durante un rato bastante largo: “La

estaba perdiendo.” Solo se repetía eso en mi cabeza. No más tarde, una mano con

unos dedos finos y uñas largas me tocó la cabeza suavemente. Mi reacción fue como la

de cualquiera, me limité a girar la cabeza, mientras me secaba las lágrimas a mi

precioso jersey rosa. Era ella. Me consoló mientras yo la abrazaba y me rompía por

dentro como Roma: “No me sueltes nunca” le repetía una y otra vez susurrándole al

oído. “Nunca me iré” me repetía ella mientras me agarraba las manos. Subí a clase y

continuamos con la lección. Después de una hora volvió. Era el segundo recreo, no me

lo podía creer¿qué le pasaba? Descaradamente le pregunté:”oye, ¿porqué te fuiste

antes?”

“No te preocupes, yo estoy bien, simplemente tenía que hacer una cosa.” Ella sabía

que la tenía, esa estúpida enfermedad me la iba a arrebatar. Mis pensamientos

estaban confusos, era una sensación muy extraña, no sabía lo que sentía amor,

compasión, tristeza…

La vida era muy cruel conmigo, pero si creéis que esto es malo esperad a leer lo que

pasó al día siguiente… Fui al instituto como un día “normal” o casi normal, sonaba el

timbre iba con ella subiendo la larga escalinata hasta subir a nuestra clase. El silencio

era incómodo, en ese momento le dije” ¿te vas a volver a ir? ” Pero ella solo agachó la

cabeza y susurró “eso espero”. Yo no me lo creía, habíamos estado siempre juntas y

ahora… ya no. Era muy raro porque no había algo de lo que hablar. Ni siquiera esos

buenos chistes que me contaba siempre. “Maldita enfermedad” me repito aún una y

otra vez. En clase su mirada era profunda, me estaba cambiando la vida, estaba

distraída no me podía concentrar, solo intentaba averiguar el porqué. Pero no le

conseguía, pasó el primer recreo simplemente echaba de menos esas conversaciones

pero lo que podía conmigo era que el resto de niñas se rieran de ella por tener que irse

o llevar un extraño gorro. No lo comprendía “¿porqué se reirán?” me preguntaba. Le

decían que era un cero que nadie quería estar con ella, yo simplemente iba con ella y

le decía que no pasaba nada pese a que no me decía lo que le pasaba, pero yo la

apoyaba porque era mi amiga y no la quería dejar tirada. Jugábamos a la pita o a algún

juego entretenido las dos juntas. Al día siguiente fue con un gorro raro y un pañuelo

pero no me decía lo que le pasaba. Yo me pasabalas noches en vela, llorando y

rezando por ella, no la quería perder. Eran noches largas, días efímeros, yo quería

saber lo que le pasaba pero ella no me lo decía y eso hacía que yo me derrumbase por

dentro. Hasta que llegó un día en que su madre le fue a buscar y le dijo que se iban a

vivir a otra ciudad por eso, yo me quedé petrificada y simplemente lloré durante

semanas hasta que su madre me dijo que volvía y yo me alegré, pero fui a buscarla a su

casa y no estaba… Su madre me dijo que mi amiga tenía cáncer. Me empezaron a

temblar los labios y mi expresión cambió y no me lo podía correr. Cinco meses después

sometida a quimioterapia ella llegó un día al colegio de nuevo y en cuanto la vi corrí,

corrí como si no importase nada más, pasó por varias penurias fue fuerte, fue

constante, luchó a diario por lo que quería en su vida y ella me dijo “supe ser fuerte y

salí de ese abismo”. En ese momento nos abrazamos y comenzamos a escribir esta

carta que ahora lees tú esta carta que te ha cambiado la vida, has visto que todo

puede pasar solo hay que tener fe.

Pseudónimo: PANDORA

 

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