Si te preguntan di no

 Una vez más, me he dado cuenta de lo absurdos que son los juegos olímpicos. Este año se ha multiplicado en grandes masas el número de personas biónicas. Me quedo mirando embobado lo que me muestra la gran pantalla, fijándome en cada pequeño detalle que compone esas extremidades. Cualquiera ajeno a la realidad diría que se trata de piernas y brazos completamente normales. Minúsculas luces parpadean en rodillas y tobillos de corredores. En ciertas zonas, se aprecia la presencia de finos cables rojos que aparentan ser venas. Una vez más, el irlandés había quedado primero. A nadie le extrañaba, tenia a su disposición el mejor equipo de ingenieros del mundo. Subió al pódium, recogió el premio, se quitó una pierna y la beso. A los pocos minutos empezaron anuncios, unos detrás de otros, de propaganda de articulaciones de todo tipo de precios para todo tipo de personas y necesidades. 

– Cuando yo era joven, todo era mucho mejor. – Dijo mi abuela con una mirada perdida en la gran pantalla. 

– ¿Qué quieres decir? – Obviamente yo ya lo sabía, pero no me podía resistir a una de las mas interesantes conversaciones con mi abuela. 

– Mira en que nos hemos convertido Tomás. Años y años de evolución de la especie humana para que ahora, elijamos el cuerpo biónico. Generaciones de trabajo y perfeccionismo para que ahora sustituyamos venas por cables y huesos y músculos, por trozos de hojalata. 

– Pero, ¿Eso no es bueno?

– Buena era la intención Tomás. Buena era la idea de proporcionarles a las personas carentes de ciertas extremidades una pierna con la que poder andar o un brazo con el que poder coger cosas. Pero como siempre, la especie humana quiere salirse de sus necesidades. Poner a la disposición de cualquier persona extremidades biónicas. ¿Para qué? Nos persuaden diciendo que a medida que envejecemos nuestras extremidades ya no son lo que eran y que de esta manera seguirán igual que el primer día, activas y jóvenes. Si alguna vez te dan la opción, di que no, por mucho que nos vendan la imagen de un novato biónico capaz de superar en velocidad y fuerza a una persona que se ha entrenado durante muchos años. Y todavía nos sorprendemos cuando el Ardur ese gana las olimpiadas. Señor, ¡si lleva dos enormes robots como piernas! 

– Es Arthur abuela, no Ardur. 

Me miró, se encogió de hombros, y suspiró. Al instante se volvió a introducir en la novela que estaba leyendo. Sus rasgos estaban muy definidos y mil y una arrugas cubrían su rostro. Su pelo rebelde, casi completamente blanco, intentaba tapar esos ojos pálidos y cansados y ella, luchando por impedirlo, lo llevaba detrás de la oreja. Tenía setenta y nueve años y era muy consciente de lo que pasaría en unos pocos meses. Estaba muy tranquila, poco preocupada, al igual que yo. Es ley de vida, ¿no? Nacemos para morir. 

El resto de la tarde transcurrió de manera tranquila. Había estado en parte ocupado y entretenido, pues había estado terminado un trabajo de investigación, pero también algo aburrido. Era extraño la ausencia de mi hermano y lo tranquila que estaba la casa sin las fuertes pisadas de sus botas de militar que no se había quitado durante meses. Ya habían pasado tres meses desde que cumplió dieciséis años y se hizo mayor de edad. Tres meses desde que no sabemos nada de él, tres meses desde que se fue para igual no volver. Deseaba ser como él. Esperaba que, un año antes de mi mayoría de edad, se presentasen ante mi puerta gente del gobierno y me dijesen que había sido elegido. En ese momento, empezaría una gran aventura. Me prepararían para ir a las amazonas, a luchar. Nos estábamos quedando sin recursos y ya no había casi opciones. 

Llevábamos algo menos de dos años en guerra y parecía que esto no tenía intención de terminar. El enemigo, una especie parecida al ser humano que no había evolucionado y que carecía de parte racional, se oponía a la destrucción de los bosques. Al principio me costaba entender el porqué de esta oposición. Después de la tercera guerra mundial nos habíamos quedado sin petróleo, entre otras muchas cosas. Esto había provocado unas revoluciones industriales y tecnológicas devastadoras para intentar buscar soluciones. No fue complicado encontrar nuevos métodos de sustitución, cómo el agua para combustible de coches y aviones. A pesar de esto, desde entonces, se hace todo lo posible para que no vuelva a pasar lo de los años cincuenta. ¿A caso no se daban cuenta de lo necesario que era todo esto para salvar a una población? Luego me acordaba de que sería totalmente nulo intentar explicarselo pues, al ser una especie poco evolucionada, resultaba imposible dialogar con ella y, por lo tanto, la única manera de conseguirlo era empezando una guerra y que ganase el más fuerte. Obviamente, tenemos todas las de ganar pues les superamos en número y, además, tenemos armas mucho mas potentes que las suyas, unas simples piedras y flechas. 

Faltaba algo menos de un mes para las vacaciones y los primeros rayos de sol del mes de julio me despertaron incluso antes que el despertador. Las dos semanas anteriores habían sido especialmente intensas, apenas había llegado a dormir durante cinco horas cada día, incluso el domingo, el único día que podía dormir toda la mañana. Después de asearme y desayunar, decidí comprobar por última vez el trabajo que me había llevado más de un año y medio. Desde que vi a mi hermano, cuando yo era pequeño, crear un invento para final de grado, yo ya sabia lo que iba a hacer y, podría decirse que fue, a partir de ese momento, cuando ya empecé a elaborarlo. Me acerqué a la caja y lo acaricié. Estaba dormido y, como reacción a mis caricias, empezó a hacer un ronroneo parecido al de los gatos. ¿Era ese el sonido que hacía?  No sabía muy bien de que se alimentaba, así que, después de leer en varias páginas webs, le di un trozo de carne y un poco de leche. A continuación, cerré la caja y me dispuse a ir al instituto.

Cuando llegué al salón de actos, todos estaban en grupos admirando los inventos de los demás. Enormes robots imitaban los pasos de sus creadores. Me fijé en el perro de Claris. Llevaba sobre la cabeza algo parecido a un casco del que salían cables que terminaban por la parte de la boca. 

– ¿Qué es eso que tiene Dog, Claris? 

– Es un casco algo peculiar. 

– ¿Qué tiene de peculiar?

– Siempre tan impaciente Tomás. En diez minutos o quince lo sabrás. 

Nos fuimos colocando todos en las sillas, enfrente del escenario, cada uno con su respectivo invento al lado.  La verdad es que cada vez que miraba un invento, me parecía más interesante que el anterior. Esta actividad era obligatoria para todos, pero, además, los dos mejores ganarían un premio de 0,5 bitcoins, lo cual no estaba nada mal.

Después de la presentación de varios inventos, algunos super interesantes, llegó el turno de Claris. Al decir su nombre en alto, Dog reaccionó incluso antes que su dueña y, cuando esta quiso darse cuenta, su perro ya le estaba esperando sobre el escenario.

– Ehh, bueno… Lo primero de todo quiero dejar claro que esto no ha sido para nada sencillo. Todos los años, cada alumno de último curso está obligado a diseñar e inventar algo. En mi clase somos treinta alumnos y este curso, tiene cuatro clases. Este instituto lleva abierto desde el año 2035, es decir, cuarenta y cuatro años. Si este proyecto se empezó en el año 2051, durante la revolución tecnológica, estamos hablando de que este juzgado ha valorado alrededor de 3360 inventos. ¿No es alucinante? Creo cada vez se nos exige demasiado. ¡Nos vamos a quedar sin ideas!

Dog, mientras tanto, había estado jugando con los cables que colgaban sobre su cabeza. Cuando su dueña se agachó, se dejo acariciar. 

– Bueno, lo que hoy os traigo es este extraño casco que podéis ver que lleva mi perro Dog. No es un casco cualquiera. Este casco permite a mi perro poder comunicarse conmigo más allá del simple hecho de mover la cola o ladrar. Obviamente, mi perro no pensará una cosa y eso será lo que oigamos. Simplemente, el casco, mediante los cables, interpretará los movimientos y las contracciones que hará el paladar de Dog cuando este intente decir algo y gracias a esto, sabremos lo que quería decir, oiremos palabras. Por su puesto, sin el casco y debido a una serie de causas biológicas que le impiden pronunciar, saldría un simple ladrido. Pero, gracias a este super invento, no oiremos únicamente eso.

La gente estaba bastante sorprendida y yo también, desde luego. Claris sacó una pequeña batería portátil que conectó a la pared y a la que a su vez conectó un grueso cable verde que sobresalía del casco de Dog. Seguido, dio a una clavija y se encendieron varias luces sobre la cabeza del perro. Todos mirábamos sin pestañear a Dog, temiendo que, si lo hacíamos, nos perdiésemos el gran suceso, a pesar de que los ojos cerrados no interferían en escuchar o no al perro. Pasados treinta segundos, la gente dejó de fijar su mirada en Dog y se empezaron a mirar entre ellos, los unos a los otros. De repente, las luces que iluminaban el salón, se apagaron. Todos nos quedamos en silencio, no sabíamos que pasaba y habíamos aprendido, por la experiencia, a no perder la calma. Una pequeña luz empezó a iluminar el escenario. Eran pequeñas llamas de fuego que parecían avivarse cada vez más, cuantos más ojos recayesen en ellas. Obviamente, eso sí hizo perder la calma y, no fue hasta pasada una hora, hasta que recuperamos el orden y volvimos todos a estar sentados sobre las sillas. 

Irónicamente era mi turno, el siguiente en la lista después de Claris. Estaba algo nervioso pues tenia miedo de que me pasase algo parecido a lo de mi compañera, que algo saliese mal. A su vez, estaba algo incómodo pensando que el público, todavía algo inquieto, no se centraría en mi invento, sino que estaría pensando todo el rato, durante mi presentación, en que le habría pasado a Dog. Obviamente, yo también tenia cierta curiosidad por ello, pero tenía mayores preocupaciones. Llevaba entre mis brazos la caja, como si esta fuese de cristal y pudiese romperse al mínimo roce. Me acerqué al micrófono y, al mirar todo desde otra perspectiva diferente a mi silla en el público, me di cuenta de que mucha gente se había ido después de lo sucedido. 

– Bueno, antes creo conveniente dar las gracias a los que se han quedado después del incidente de antes. – Me quedé un rato embobado mirando al suelo. ¡Arranca Tomás, no te puedes quedar así todo el día! – Llevo aproximadamente dos años esperando este día, impacientándome a mí mismo para lograr lo que hoy os traigo en esta caja que veis aquí. He de reconocer que el proceso en sí de construcción y elaboración ha sido fácil. Cualquiera, creo yo, podría haberlo hecho teniendo un poco de base en biomedicina, ingeniería bioquímica, ingeniería molecular, genética, antropología y clonación. El problema se me presentó al principio de todo, cuando, en primer lugar, tuve que elegir un animal en peligro de extinción que me resultase peculiar. Cuando lo tuve decidido, lo cual no fue nada fácil pues me pasé meses enteros leyendo páginas webs de todo tipo de animales extintos, se presentó ante mi el siguiente problema. ¿Cómo iba a conseguir el ámbar donde se encontrase el ADN de este animal? A su vez, me tiré otros dos meses dando vueltas por internet en busca de un indicio necesario que me indicase donde podría encontrarlo. Por supuesto, esto no se quedó ahí, y me costó aún más tiempo, más del que tenía pensado, convencer a mis padres para irnos de vacaciones a la India, un país casi abandonado, y así poder ir en busca del ámbar. Tras un mes entero por la zona, conseguí varias muestras. Cuando llegué a casa y empecé a analizarlas, me sorprendió la cantidad de ADN de diferentes animales que había conseguido. Obviamente me quedé con el ADN que me interesaba y, a partir de varias replicaciones y de duro esfuerzo, conseguí esto que vais a poder ver. 

Me agaché y, con mucho cuidado, fui levantando poco a poco la caja. El pequeño tigre asomó su diminuta cabeza y fue sacando cada una de sus patas de ella. Estaba orgulloso de mi trabajo. Había conseguido, con únicamente un poco de ADN y horas y horas de trabajo y estudio, conseguir esa belleza de la naturaleza. 

– ¿En qué te inspiraste para hacer este tipo de investigación? ¿Te ayudo alguien? – Preguntó alguien, que no pude ver, desde el público. 

– Bueno, la verdad es que estaba idea, como ya dije antes, la empecé a desarrollar cuando vi a mi hermano haciendo este proyecto, pero si es verdad que tiene un porqué. Cuando era pequeño, tal vez con nueve años, mi abuela se empeñó en ver una película de su época: Jurassic Park. Yo sinceramente soy reacio a las películas en 2D, pero, aun así, no tuve otro remedio. Me fascinó la trama, el cómo crearon dinosaurios, una especie ya extinguida hace muchos millones de años. Obviamente esta película era de ciencia ficción asique yo me dije, ¿Por qué no intento que sea verdad? 

Mucha gente subió al escenario a acariciar al tigre. Se creó una larga cola. 

– Yo si fuese tú, empezaría a cobrar por acariciarle – Me dijo mi profesora de bioquímica. Ambos nos reímos y volvimos a fijar nuestra mirada en el pequeño animalito. – ¿Sabes que ese no es el verdadero sonido que hace, verdad? – Me dijo cuando escuchó una especie de ronroneo – Está en sus primeros días de vida, pero, cuando crezca, soltará unos enormes rugidos, asique no te asustes, es normal. ¿Lo has escuchado alguna vez?

– No, nunca. – Dije algo avergonzado. 

– No te preocupes, ya lo oirás. Es muy parecido al rugido de un león el cual, menos mal, no se ha extinguido. 

– ¿Qué pasará cuando crezca? He leído en muchas páginas webs que a medida que crecen se van volviendo más y más violentos y necesitan cada vez mas carne. 

– No te preocupes. Te ve como su madre, no te hará nada, pero, aun así, si ves que empieza a darte problemas, puedes darle en adopción y llevarle al zoo. 

Me encogí de hombres. No quería darle en adopción. Sabía muy bien como funcionaban los zoológicos y no iba a permitir que esta pequeña criatura pasase por esa vida. 

Empezamos a recoger cada uno sus inventos. Los dos mejores proyectos no serían anunciados, y mucho menos galardonados hasta el último día de clase, puesto que muchos alumnos se habían ido y no habían presentado sus trabajos. 

Nos encontrábamos todos reunidos. Mis padres, mi abuela y yo, todos mirando hipnotizados la gran pantalla. Tal vez habían pasado más de dos horas en los que todos, como personas inertes, no habíamos abierto la boca. Yo veía la gran pantalla, pero no la miraba. Estaba inmerso en mis pensamientos. Probablemente el resto de mi familia estuviese haciendo lo mismo que yo. No había mucho de lo que hablar, por eso ninguno de nosotros se había molestado en hacer vibrar sus cuerdas vocales. El sonido del teléfono tuvo el valor de romper este incómodo pero agradable silencio. Quien estuviese en mi situación, diría que la gran pantalla había hipnotizado de verdad a mis familiares, pues ninguno de ellos se movió. Como vi que esto continuaba así y parecía que ninguno se iba a molestar en que esto cambiase, me levanté y descolgué el teléfono. 

– Buenas noches, soy el teniente coronel Matías Prant. Llamo desde la base militar de Colombia. ¿Hablo con la familia Johansson?

Me quedé pálido. Tenía la sensación de haber visto un fantasma. Me empezaron a sudar las manos y, una vez detrás de otra, las sobaba contra el pantalón. Se me empezaron a pasar mil y un motivos por la cabeza de la causa de la llamada. Por supuesto tenía que ser algo relacionado con mi hermano, pues este había ido allí a luchar. Llevaba algo mas de tres meses incomunicado, sin saber nada de nosotros ni, por supuesto, nosotros de él. ¿Le habría pasado algo? 

– Perdone, ¿Hay alguien ahí?

– Sí, lo siento. Mmm, sí, somos la familia Johansson.

– Familiares entonces de Alexander, ¿Me equivoco?

– No se equivoca, señor. 

– Bien, les llamaba porque, transcurridos tres meses y medio en la base, cada soldado tiene el derecho de llamar a sus familiares y poder hablar con ellos en un máximo de veinte minutos. Si me disculpa, programaré su pantalla para proceder a la videollamada. 

No pasaron ni tres segundos hasta que vi a mi hermano en la gran pantalla. Estaba diferente, mucho mas mayor. Parecía que allí el tiempo hubiese pasado tres veces más deprisa. Llevaba la barba de tres días y el pelo rapado, casi al mínimo. Llevaba un uniforme verde militar, lo que me impuso cierto respeto. Cuando a mi padre se le empezaron a humedecer los ojos, mi madre ya había empezado a empapar la camisa que llevaba puesta. Fue mi abuela la primera en hablar. 

– ¡Alexander! ¡Que cambiado estas, que guapo! Cuéntanos, ¿Qué tal por ahí?

– Hola abuela y bueno, hola papá, mamá y Tomás. Pues bueno, la verdad es que tenía muchas ganas de hablar con vosotros. Preguntaros que qué tal todo por ahí y contaros yo un poco que hago por aquí, así que me ha costado esperar estos tres meses, pero bueno, ha llegado el momento.

– ¿Habéis acabado ya con esos impresentables? Espero que así sea y no nos dejes en feo. 

– Papá, llevamos mas de dos años en guerra con ellos. ¿En serio creías que con mi llegada esto iba a finalizar?

Mi madre escuchaba en silencio la conversación entre padre e hijo. Yo, por el contrario, había tenido mi mirada fija en un coronel que se encontraba a dos o tres metros por detrás de mi hermano, al lado de la puerta. ¿Sería él el que nos había llamado? Me empezó a recorrer un pequeño escalofrío por todo el cuerpo cuando me di cuenta de que le faltaba un ojo. 

– ¿Tu que tal Tomás? ¿Has hecho ya la presentación del proyecto, o todavía no?

– Sí. La semana pasada, pero no han dado premios todavía, debido a una serie de problemas. Si no me equivoco se darán a final de curso, en un mes. 

– A ver si tienes suerte Tomás – Dijo mi hermano sonriéndome. Al instante fijó su mirada en nuestra abuela y se puso como triste. – ¿Cuándo es tu cumpleaños abuela?

Se hizo el silencio. Había tocado un tema delicado, mas que nada porque estaba delante nuestra madre, quien se ponía muy depresiva con este tema. 

– En tres semanas más o menos. – No se preocupó por el tema. Ella lo llevaba mejor que nadie.

– Intentaré hacer otra videollamada el día anterior de tu cumpleaños. Me resulta imposible volver y despedirme como sé que os gustaría. Estamos en plena guerra y cualquier soldado es de vital importancia, por lo que solo nos dejan volver a casa una semana, en navidad. – teniente coronel, ¿Podría dejarnos a solas un momento? Me gustaría seguir hablando de este tema en privado con mi familia. 

– Soldado, ya sabe que todas las videollamadas deben estar supervisadas por un superior.  

– Por favor teniente coronel. Llevamos mas de tres meses juntos y usted sabe de que lado estoy aquí. Usted sabe que no voy a rebelar nada y mucho menos hacer que me ejecuten. Amo a mi país y soy yo el primero que quiero terminar con esta guerra, soy el primero que combatiría día si y día también al frente dando mi piel si fuese necesario.

Estuvieron un rato dialogando. En este rato me di cuenta de varias cosas. La primera era que sí, el hombre ese era el teniente coronel Matías Prant, el que nos había llamado a mi familia y a mí. Además, me di cuenta de que, para ser un alto cargo, no impartía mucho respeto y disciplina ya que se saltó una norma, pues a mi hermano no le costó mucho convencerle para que nos dejase a solas. Al darse la vuelta, pude ver un pequeño símbolo en la parte de la espalda de su traje que me intrigó bastante. El hombre salió de la habitación en sumo silencio, cerrando la puerta muy despacio, para no hacer nada de ruido. 

– Alexander, no molestaba para nada el coronel. Era un tema público, todo el mundo sabe qué les pasa a las personas mayores a una determinada edad. 

– Ya lo sé mamá, claro que no molestaba, pero no era sobre ese tema del que os quería hablar. Tomás, ¿Sigues queriendo ser como yo? ¿Sigues queriendo convertirte en soldado, que te empiecen a entrenar a los quince años y que, cuando seas mayor de edad, te envíen al frente?

– Claro, siempre he querido ser como tú. ¡Cualquiera debería sentirse orgulloso de ir al frente a luchar, de defender a su país, a toda una población! – Dije orgulloso de mis palabras, sacando pecho, como intentando ponerme a la altura de mi hermano. 

– No seas tonto y reza por cualquier cosa para que no se presenten en casa. Por su puesto, si esto ocurre, intenta poner mil y una escusas para que no sea así. 

– Pero, ¿Por qué debería hacer algo así? Tu mismo me enseñaste a sentirme orgulloso y afortunado si eso pasaba. 

– Las cosas no son como me esperaba Tomás. 

– ¿Y cómo son en realidad?

– Nos engañan, a todos. – Miró hacia atrás, temiendo encontrar de nuevo al coronel, escuchando esa conversación. Cuando volvió a mirar al frente, sus palabras salieron como susurros – Yo también me sentí orgulloso cuando me eligieron, como tú ahora. Me sentí orgulloso mientras me entrenaban y también cuando volaba hacia aquí, hacia Colombia. Me sentí orgulloso en las primeras salidas, ya que pensaba que estaba haciendo lo correcto. Me sentí orgulloso hasta que me di cuenta de que estaba apoyando a mi país, ayudando a una población, pero, por el contrario, estaba destruyendo otra. 

– Alexander, esa especie de la que hablas no son nada especial. No son como nosotros, no nos entienden, no saben por lo que estamos luchando.

– Estas tan equivocado como toda la gente que, como tú, miran embobados la gran pantalla. No nos podemos conformar con creer todo lo que nos dicen, tenemos que investigar por nuestra cuenta sobre qué es lo que realmente esta pasando. Aunque, la verdad, es bastante complicado, pues todo internet está controlado por las instituciones que provocaron esto. 

– Pero, ¿Estamos equivocados, en que sentido? ¿Qué es lo que te ha pasado para cambiar de idea? ¿Para pasar de defender tu país a criticarlo?

– Nos han hecho creer a todos, como tu bien has dicho, que luchamos contra una especie inferior, una especie insignificante, sin desarrollar, que no vale para nada y cuya destrucción no nos afectaría lo mas mínimo. Hace dos semanas estaba montando guardia y empecé a caminar. Estaba inmerso en mis pensamientos y no me di cuenta de que había andando demasiado, dejando diez minutos atrás el campamento. De esto me di cuenta cuando tuve delante de mi a eso que tú y todo el mundo llama “esa especie”. ¡Que equivocado había estado Tomas! ¡Que engañado!

– ¿Pero, por qué? – Dijo mi abuela, que estaba escuchando con toda su atención a mi hermano. 

– Me quedé mirando o, mejor dicho, espiando. Vi un campamento, lo que me hizo creer, en un principio, que era nuestro. Al instante vi salir a tres niños pequeños con un fino trapo como vestimenta. Tenían la piel oscura, provocada, probablemente por el sol. No tenían la piel quemada, de un color rojizo, sino de un color marrón. Se empezaron a poner en un círculo niños, adultos y ancianos. Estuve más de una hora allí sentado, apoyado en un árbol, contemplando la escena. Hablaban y cantaban en un idioma que yo desconocía, y mientras, comían y bailaban. Al día siguiente no salí de la cama, dije que me encontraba mal… Eran personas normales abuela. Persona como tú y como yo. Con dos piernas, dos brazos y dos ojos. Personas en grupo, socializando, conviviendo. Con diferente aspecto, ropa y lengua que nosotros, pero, al fin y al cabo, personas sin duda. Esa pequeña civilización era con la que veníamos a acabar, a la que pensábamos exterminar. Habíamos empezado una guerra con personas inocentes, personas que probablemente lo único que querían era que no destruyésemos su hogar. Los estábamos matando sin escrúpulos, cual cucarachas. Guiados única y exclusivamente por impulsos violentos, egoístas, buscando solamente el beneficio propio. No nos hemos parado a pensar en el otro lado.  

Tanto mi abuela, como mis padres, como yo, nos quedamos en silencio. No nos esperábamos nada de esto. No nos esperábamos vivir tan engañados por gente que nos prometía un futuro, que nos prometía protección, que nos hacia tener esperanzas en un futuro próspero. 

– Dudo que me volváis a ver en persona, acabaré muerto, pero no se que bando acabará conmigo. Espero, mientras tanto, seguir hablando con vosotros. Llamare siempre que pueda, intentaré que la próxima vez sea el día antes de tu cumpleaños, abuela. Mamá, papá, gracias por todo, os quiero. Tomás, ¿Me prometes una cosa?

– Por supuesto Alexander. – No sabía que decirle, me había quedado sin palabras después de lo que había dicho. 

– Si un año antes de tu mayoría de edad, se presentan ante la puerta y te preguntan, di no. No te involucres en esta ensangrentada lucha y mas ahora, que sabes la verdad. Di que no a todo y, si te preguntan el porqué de tus decisiones, di que no lo sabes. No cometas el mismo fallo que cometí yo a tu edad Tomás. Nadie se merece morir de esta manera. Ni tú, ni ellos. 

En ese momento se abrió la puerta. Tres altos cargos, tal vez generales, entraron precipitadamente. Seguido, se llevaron a mi hermano. Todos deseábamos que pasase una cosa, pero estábamos bastante seguros de lo que había significado esa entrada en la habitación y esa manera en la que se habían llevado a mi hermano. Una última mirada con mi hermano bastó como promesa. Cuando se apagó la gran pantalla, mi madre empezó a llorar. 

Hoy era el día, el día en el que cambiarían las cosas para mi y mi familia. Habían pasado tres semanas desde la videollamada con mi hermano, tres semanas desde que no sabíamos absolutamente nada de él. Sabíamos que las cosas no podrían haber salido muy bien cuando su promesa de llamar a nuestra abuela el día anterior de su cumpleaños no se había cumplido. Ayer, habíamos estado horas y horas sentados delante de la gran pantalla, esperando a que esta se encendiese y viésemos de nuevo a Alexander. Sentados al lado del teléfono, deseando incluso oír la voz del teniente coronel Matías Prant. No fue hasta la madrugada, cuando decidimos irnos a dormir. El día de hoy iba a ser largo. 

Estábamos todos reunidos, sentados alrededor de la cama donde se encontraba mi abuela. Estuvimos horas y horas hablando como nunca, parecíamos incluso personas. La abuela había dicho que en su último día de vida no quería volver a ver ningún tipo de aparato electrónico, no quería tener, por ejemplo, la gran pantalla encendida. Deseaba morir tal y como vino al mundo, sola, sin la presencia de la tecnología a su alrededor. Hoy cumplía ochenta años, hoy moriría, a la edad con la que todo el mundo muere, con la edad que moriré yo si todo sale bien. Era la edad perfecta para morir, pues habías vivido suficiente, tenias experiencias, pero no habías sobrepasado un límite, el cual te hacía ser algo parecido un estorbo, una persona que necesita continuamente un cuidado e impide a los de su alrededor continuar con su vida, continuar desarrollándose. 

En ese momento entró a la habitación del hospital una doctora junto a un enfermero. Nos inspeccionaron de abajo a arriba con la mirada, como si fuésemos alguien a quien no estuviesen acostumbrados a ver. Empezaron a recoger la ropa de mi abuela, y la metieron en una bolsa. La preguntaron sus gustos de comida, para la cena, y cómo no, mi abuela se pidió un enorme plato de guisantes y muslos de pollo. La médico volvió a preguntarla por el plato, creyendo haberla escuchado mal. Había elegido un plato que siempre le recordaba a su infancia. En sus anteriores cumpleaños, siempre intentábamos comprarlo, a pesar de que siempre en estas fechas está excesivamente caro, más que cualquier dispositivo tecnológico de última generación. 

Parecía que sabían lo que mi abuela iba a pedir para cenar, cosa que no me extrañaba lo mas mínimo, pues no tardó ni diez minutos en entrar el enfermero con un carrito, donde llevaba la cena para mi abuela. Nosotros teníamos prohibido comer de ese plato y, por el contrario, mi abuela estaba obligada a terminárselo. 

En ese momento me vinieron a la memoria ciertas investigaciones de mis compañeros. En ellas hablaban de la manera en que nuestra vida acababa y creían que el motivo era la cena que obligaban a tomar a nuestros abuelos y, motivo por el cual, nosotros teníamos prohibido probarlo. Hablaban de una especie de veneno incoloro, inodoro e insípido, algo parecido a una toxina que hacía que el corazón bombardease sangre cada vez mas despacio, hasta parar. Fijé mi mirada en mi abuela. Comía despacio, parecía que estaba intentando saborear el plato, como si cada trozo fuese su último bocado. ¿Seria consciente de que eso que estaba comiendo, y lo que tan bien le sabia, era en realidad lo que acabaría con su vida?

Mi cabeza no hacía más que pensar sobre lo que estaba sucediendo y, a su vez, lo que estaba pasando al otro lado del océano Atlántico, en el Amazonas, en aquella repugnante guerra. Estas tres semanas había estado pensando, día y noche, sobre lo que había dicho mi hermano. Cada cosa que había visto a partir de ese día, cada cosa que me habían dicho y cada suceso que había vivido, lo había visto como una gran mentira, tapada de belleza y esperanza. Las cosas no podrían seguir así, acatando órdenes de gente superior a nosotros, engañándonos continuamente, siendo nosotros sus conejillos de Indias, diciéndonos unas cosas y nosotros, que creemos ser seres inteligentes, creyéndonoslas, sin pedir una mísera explicación. 

Poco a poco las palabras de mi abuela se hacían más débiles, parecidas a susurros. Le costaba terminar las frases. Las ondas del electrocardiograma iban siendo cada vez menos exageradas, como si se tratase de una montaña rusa cuyo vagón estuviese apunto de terminar el recorrido. 

– Te prometo abuela, que todo esto va a cambiar. –  Le dije, y se me empezó a nublar la vista a causa de las mil y una lágrimas que estaban encharcando mis ojos.

– Os quiero. – Y seguido se durmió, empezando un sueño que nunca nos podría contar.

 Elisabeth Sánchez.

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