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Solo sangre

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¿Sabéis la chica rara que siempre está en una

esquina, sin hablar con nadie, sola? Esa soy yo.

Nunca nadie se había preocupado por mí, ¿Por

qué iba a hacerlo yo?

Mi vida es de clase a casa y de casa a clase.

Antes yo no era así. Antes era una chica alegre,

expresiva y muy enérgica.

Antes de la violación, antes de las continuas

palizas, antes de que mi abuelo muriese.

Después de esto, nada me importa ¿Para qué?

Tengo la constante necesidad de sentir dolor y

ver mi sangre correr. A nadie le importa. No

como, y a nadie le importa ¿Por qué iba a

importarme a mí?

Llevo cortándome desde que tengo 12,  ahora

tengo 16, supongo que  lo hago porque soy

frágil e insignificante. Nunca me he sentido

importante para nadie, tan siquiera para mis

padres ni mi hermana. Las únicas​ personas​ que

me ha hecho sentir  que le importo a alguien lo

mas mínimo es Mark y también lo  fue mi a

abuelo que murió pocos meses antes de que

cumpliese los 12, un hecho que fue el

desencadenante que hizo que mi vida se

tambalease hasta acabar destruida.

Ahora mismo estoy sentada en el suelo de mi

cuarto de baño únicamente en ropa interior,

observando la brillante cuchilla que sostengo

entre mis dedos. Miro las numerosas cicatrices

que recorren mis muslos y mis antebrazos. Las

marcas de mis  antebrazos son más viejas y

apenas perceptibles. Con el paso del tiempo

me di cuenta de que es mejor hacer los cortes

en un sitio en el que sean muy fáciles de

ocultar. Los muslos. Mis muslos están llenos de

cicatrices, viejas y recientes, pequeñas y

grades, superficiales y profundas y todas a

causa de mierda de vida.

Y por eso una vez más, estoy colocando la

cuchilla sobre mi piel. Corto sin dudar, no es la

primera vez que lo hago y no será la última,

eso lo tengo claro. La sangre empieza a caer a

chorros por mis piernas hasta llegar al suelo.

Sigo haciendo cortes hasta que mi piel

blanquecina está cubierta de rojo.

Lo mejor de esto no es el dolor de los cortes, lo

mejor es el escozor que se siente al pasar el

algodón empapado de alcohol por las heridas.

Es una sensación que me encanta.

Me meto en la ducha y dejo que el agua

caliente me queme la espalda y se lleve los

restos de sangre de mi cuerpo.

—¡Jessica!— grita mi madre al otro lado de la

puerta.

Ya estaba tardando, todas las mañanas y

noches  hace lo mismo, cuando me estoy

quitando​ la sangre, empieza a llamarme y a

gritar como una loca para que salga del baño.

—¡Jessica!— vuelve a gritar. Ésta vez, cierro el

grifo y cubro mi cuerpo con un grueso

albornoz.

Salgo del baño con cara de pocos amigos y

miro fijamente a mi madre, o a la que finge

serlo, porque yo no la considero mi madre y

ella a mí no me considera su hija, a dejado

claro más de una vez que se arrepiente de

haberme tenido.

—Ya sabes, no traigas a nadie a casa como

sueles hacer— su voz suena enfadada. Dicho

esto se da la vuelta y se va cerrando la puerta

de un portazo.

Vuelvo al cuarto de baño y me abro el

albornoz. Cojo unas vendas y las coloco

delicadamente sobre las heridas, como

siempre. El fugaz recuerdo de la primera vez

que hice esto pasa por mi cabeza, acompañado

por el causante de ello.

De repente tengo otra vez 12 años y estoy

sentada en la mesa de la cocina cenando. Mis

padres también están aquí, el hombre que se

supone que nos tiene que querer, está

borracho gritando a mi madre con violencia.

Ella agacha la cabeza e intenta irse. Mi padre la

coge del brazo y la obliga a girarse. No

recuerdo bien que es lo que dice pero hace que

mi madre llore. Nunca me ha gustado ver a

nadie llorar, por eso me acerco a ella y la

abrazo, mi padre, que está delante de mí, me

empuja y me da una bofetada, la cabeza me

vibra.

Vuelvo otra vez al presente con la vista

empañada por las lágrimas. Odio llorar, no

quiero ser más débil de lo que soy.

Me empiezo a vestir con mucho cuidado al

ponerme los pantalones para no mover las

vendas de sitio y me dirijo al instituto.

En la puerta me espera Mark, como todos los

días. No es que  hayamos elegido ser amigos,

ambos tenemos problemas que el otro

entiende, es por eso por lo que empezamos a

juntarnos en clase, pero después de dos años,

somos uña y carne. Mucha gente nos dice que

parecemos novios, a mí no me importa, la

verdad. Mark es bastante guapo y muy buena

gente, no se merece por lo que está pasando,

no se lo merece nadie, y mucho menos…

mucho menos él. Es un chico alto de 1'85 más

o menos, tiene el pelo de un castaño claro y los

ojos de un verde muy oscuro, que si no te

acercas lo suficiente, podrías creer que son

negros. Él tiene 17 aunque va ha hacer 18

porque repitió en el colegio, eso enfurecido

bastante a su padre.

Entramos al instituto a paso apurado, porque

he llegado tarde, como siempre. Mark no me lo

echa en cara nunca porque, bueno… porque a

él le da igual todo, todo menos yo.

 

—Siento

hacerte llegar tarde- me disculpo como ya he

hecho tantas veces desde que nos conocemos.

—Otra vez—

puntualiza, sé que está de broma, siempre está

de broma.

Me dirijo al aula que nos toca con Mark

pisándome los talones. Llamo a la puerta y la

abro asomando la cabeza con vergüenza.

—Ni te molestes— dice mi profesora de lengua

haciendo un gesto con la mano. Me encojo de

hombros y cierro la puerta. Hace unos años me

habría puesto nerviosa por si llamaban a casa

pero como allí no hay nadie y les doy igual.

Que llamen.

Mark me mira de una sonrisa de oreja a oreja,

no tiene ni que decirlo para que yo sepa lo que

quiere hacer. Asiento con la cabeza y su sonrisa

se hace más grande si es que eso es posible.

Pasa uno de sus fuertes brazos  sobre mis

hombros y salimos del centro charlando

animadamente.

Estamos un rato andando mientras hacemos

bromas hasta que llegamos a una vieja casa

abandonada. La descubrimos por casualidad

dado que está oculta por un espeso follaje.

Entramos en la casa y nos sentamos en el viejo

sofá como tantas veces hemos hecho. Hace un

calor insoportable  y me quito la sudadera.

Sigue haciendo demasiado calor y miro la

mochila tentada, dentro tengo unos

pantalones de deporte cortos, por si algún día

me armo de valor para enseñar la parte más

oscura de mí.

Mark se da cuenta y me sonríe, me encanta su

sonrisa, me hace sentir que soy algo porque

solo me la muestra a mí. Nunca le he visto

regalar una sonrisa sin que yo fuese el

destinatario.

—Sabes que no te voy a decir nada— comenta

al darse cuenta de como estoy mirando la

mochila.

—Ya pero no es agradable…

—Te crees que esto lo es— dice mostrándome

su musculosa espalda llena de cicatrices y

algunos moratones, ambas cosas por culpa de

su padre. Todo es culpa de su padre.

—Es que aún sangran…— me justifico.

—Tranquila, no pasa nada es solo sangre— eso

es lo que me dijo cuando solté un grito

ahogado al ver su cara ensangrentada y la

gruesa brecha en la parte trasera de su cabeza.

Y ahora lo usa casi siempre que alguno de los

dos está sangrando. Es como nuestra frase. La

frase de dos adolescentes con mierda hasta el

cuello.

Me mira como si tuviera algo que decir.

—Tú no te quites morir, ¿verdad?— la

pregunta me pilla por sorpresa.

—No, ¿por?

—¿Entonces que es lo que, por qué… te haces

eso?— no sabía que palabras escoger.

—Tranquilo, es ANS— me mira para que le de

explicaciones— Autolesiones no suicidas.

—Y eso es…

—Que me corto pero que no me quiero morir.

Reflexiona mis palabras y después de unos

segundos, asiente.

Me quito mis gruesos pantalones de chándal y

me pongo los shorts deportivos en cuestión de

segundos. Cuando ya estoy cambiada me dejo

caer al lado de Mark, que observa las vendas

de mis piernas. No las mira ni con asco ni con

lástima, simplemente, las mira.

Deja de observar mis piernas y saca un bote

hermético y rápidamente saco de mi mochila el

papel de fumar.

Nos liamos un porro cada uno y lo fumamos en

silencio, no necesitamos llenar el silencio con

conversaciones triviales, simplemente,

escuchamos el papel consumiese mientras

expulsamos el humo haciendo lentamente.

Después de un rato fumando noto las

articulaciones pesadas y me siento incapaz de

hacer un movimiento coordinado. Esto es lo

que me gusta de la maría, que me agota y así

no pienso. Pensar, eso es lo que me destruye.

Me despierto en el mismo sofá pero unas

horas más tarde, Mark me mira las cicatrices y

las heridas, me ha quitado las vendas, pero me

da igual. Creo que le gusta intentar entender

por qué me hago esto, pero ni yo lo sé.

—Hay una cosa que no acabo de entender,—

dice sin levantar la cabeza al sentir mis ojos

sobre él— ¿por qué te haces tú misma lo que

yo intento evitar desde que me alcanza la

memoria?

—No sé— me encojo de hombros.

—Venga, Jess. Lo tienes que saber — insiste.

Creo que es justo decírselo, el me ha contando

el por qué de ponerse ciego a porros o

emborracharse hasta perder el conocimiento y

también el por qué del sexo a todas horas. Le

ayuda a olvidar, igual que a mi los cortes.

—Tengo que olvidar y el dolor ayuda.

—No te valen mis petas, ¿o qué?— bromea.

—A veces…— yo también tengo una pregunta

para él— Si te importo, ¿por qué nunca me

dices que pare?— necesito alejar la atención

de mí.

Se pasa las manos por la cabeza y suspira.

—Te conozco desde que tienes catorce y

cuando eso ya llevabas unos cuantos años con

lo de las cuchillas, es tu vida. Es tu decisión.

Adoro a éste chico. Es el mejor.

—Vamos— dice, ya se nos ha hecho tarde y

tenemos que comer. La marihuana me da

mucho hambre.

Me cambio los pantalones, cojo la mochila y

me dirijo hacia la puerta donde me espera

Mark apoyado en el marco de ésta.

Vamos a mi  casa y comemos tranquilamente

una pizza hecha en el microondas. Mi madre

no suele venir hasta tarde porque siempre se

queda más tiempo en el bufete para evitar

estar conmigo.

—Sabes que he hablado con mi hermana—

comento como que no quiere la cosa.

Se atraganta con la comida y tose

exageradamente.

—¿Y qué te ha dicho?— su tono es

preocupado. Sabe que no nos hablamos, por el

mismo motivo por el que toda mi familia me

detesta.

—En realidad quería hablar con mi madre, pero

le he dicho que no estaba y me ha soltado que

si estoy orgullosa de que a mi padre todavía

esté dentro.

Mark nunca se ha podido creer que mi familia

me detesta por lo que hice. Nos estaba

haciendo un favor a todos.

—¿Qué tal estás?— tiene miedo de que algún

día me suicide, lo sé.

Le sonrío apenada mente.

—¿Por qué creías que eran los de esta

mañana?— es una pregunta retórica.

Estoy intentando no llorar, no quiero llorar,

odio llorar.

Se levanta de la mesa y me indica que lo imite,

me rodea con sus fuertes brazos y yo lo

estrecho con fuerza entre los míos él me hace

sentir segura. Estar entre sus brazos es como

estar en casa, en mi verdadero hogar.

(…)

Ya es por la noche, estamos los dos

acurrucados en mi cama. A mi madre nunca le

ha gustado Mark, si se llega a enterar de que a

veces duermo con él me mataría, pero nunca

se entera por qué le doy igual.

Estoy acariciando el relieve de las cicatrices

que hay por todo su cuerpo y una repentina

sensación de odio se apodera de mí.

—¿Por qué no se las devuelves?— pregunto

mientras sigo acariciándolo, pero ahora noto

sus músculos tensos bajo mi tacto.

—¿No te acuerdas de la última vez que lo

intenté?— susurra.

Trago saliva, claro que me acuerdo. Me llamó

como a las tres de la mañana diciéndome que

si se podía quedar aquí. Por suerte mi madre

no estaba y lo dije qué si. Cuando se levantó la

camiseta me quedé sin respiración, tenía la

espalda ensangrentada con multitud de

pequeños trozos de cristal clavados en ella. Y la

cara… La tenía hinchada y llena de cardenales.

Solté un grito ahogado, <es solo sangre> dijo

para quitarle importancia soltando una

pequeña sonrisa apenada.

<Quise pararle, pero soy incapaz de devolverle

los golpes. Es mi puto padre, joder> se notaba

el odio en su voz.

Desde eso, a veces viene a mi casa a dormir

para no tener que tratar con su padre

borracho.

—¿Tu familia sigue sin creerte?— pregunta

desviando la atención hacia mí, usa las mismas

estrategias que yo.

Niego con la cabeza.

—¿Cómo son capaces de creer que una niña de

12 años se ha inventado que su padre la ha

violado? Te juro que un día voy a matar a tu

familia— no me importaría, la verdad.

Hoy ha sido un día como cualquier otro. Cortes,

no ir a clase, porros, pizza, hablar, pizza y

cama. Lo único bueno de mi existencia es él. Él

es lo único que me queda.

De madrugada, mi móvil empieza a vibrar.

Número desconocido, brilla en la pantalla. Lo

cojo, intento salir de la cama sin despertar a

Mark y descuelgo en una vez en el baño.

—¿Quién es?— pregunto con voz somnolienta.

—En dos semanas estoy fuera, prepárate— y

cuelga.

No puede volver. No puedo volver a pasar por

lo mismo. Otra vez no.

Las lágrimas no tardan en rodar por mis

mejillas descontroladamente. Por él, todo es

por él.

Odio cuando mis ojos se hinchan de tanto

llorar, odio cuando se vuelven rojos como la

sangre de mis muslos, odio cuando mi corazón

me duele tanto que siento que voy a explotar,

pero, sobre todo, odio ser tan débil. Y sobre

eso, me odio a mi misma por tener la mínima

esperanza de que no salga nunca. Por eso, voy

al baño, pero esta vez, los cortes son más

profundos.

Mis párpados se empiezan a cerrar cuando

oigo una voz que me llama desde lo que

parecen kilómetros. Y unos pasos lentos se

acercan hasta donde estoy tirada.

—¡Jess!— grita— ¿Qué has hecho?— se le

quiebra la voz.

—Tranquilo, es solo sangre— soy capaz de

decir antes de que todo se vuelva negro.

 

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Comentarios

  1. Ubuntu  Abril 7, 2017

    Parece fuerte pero hay muchas historias así calladas y ocultas. Muy valiente escribir de “las cosas feas” de los seres humanos aunque no reciba tantos “likes”. Sólo conociéndolas, sintiendo e indignándonos podremos cambiarlas y proteger a los que no tienen ninguna culpa.

  2. Raquel  Abril 7, 2017

    Impresionate. Te engancha y hace que contengas la respiracion en cada linea.

  3. Andrés  Abril 8, 2017

    Impresionante

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