Que te caiga un rayo

-Que no me des más la lata, pesada!-dije subiendo el volumen de la televisión para amortiguar su irritante voz. Obviamente, a quien evitaba escuchar era a mi madre, que ya estaba sacando a relucir mis defectos, como casi siempre últimamente. Desgraciadamente la casa tenía automáticos y me los bajó, provocando que los dispositivos electrónicos y la wi-fi se desconectasen al instante.

-No te pases de lista! Te he dicho que ordenes tu habitación ahora y lo haces ahora, no cuando te dé a ti la santa gana! Eres una desobediente!

-Que más te da que la ordene ahora o en veinte minutos!- dije.

-Me voy a dar un paseo, cuando vuelva quiero que este impoluta y que hayas reflexionado sobre si esas son formas de contestarme o no.-MI MADRE salió y cerró la puerta principal con un fuerte portazo.

Me levanté y encendí los automáticos otra vez, iba lista mi madre si se pensaba que no los iba a tocar. La televisión se encendió, me senté en mi sitio favorito del sofá y me tapé con una manta porque ya empezaba a hacer frío. Miré por la ventana y vi que empezaba a llover fuerte. ¿Dónde estará mi madre? Rápidamente deseché ese pensamiento y seguí viendo mi serie.

Desde que mi madre se fue ya había visto cuatro capítulos de cincuenta minutos, al finalizar este último me empecé a preguntar seriamente donde estaba ella, nunca había estado tanto tiempo enfadada afuera, ya eran casi las diez de la noche y afuera estaba tronando. Al final, decidí llamarla; un, dos, tres pitidos, no contesta. ¿Por qué no contesta? ¿Qué le ha pasado? ¿Está bien? ¿Sigue enfadada? Yo ya estaba muy muy muy histérica. Las once, no llega, las doce, la vuelvo a llamar veinte veces y nada. Ya estaba imaginando lo peor, ¿la han secuestrado? ¿estará herida?

El sonido del móvil me despertó de mis angustiosos pensamientos, era el politono personalizado que le había puesto al numero de mi madre para saber cuando me llamaba, la alegría explotó en mi corazón. ¡Al fin noticias de ella! Rápidamente contesté la llamada:

-¿Mamá? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?-Dije rápidamente por miedo a que colgase.

-Buenas noches, ¿usted es familiar de Marisa González, no?- dijo una voz desconocida de mujer. En ese momento volví a pensar lo peor, ¿Quién era esa persona que me había llamado? ¿Cómo sabia el nombre de mi madre? ¿Estaba secuestrada?

-Sí. ¿Qué ha pasado?- respondí cautelosamente no dando información de más por seguridad.

-Estaba en la carretera que sale de Cartes para irme a mi casa y había una mujer en medio de la carretera, tu madre, desorientada y herida. No pude abandonarla a su suerte pues la conciencia me habría atormentado para el resto de la vida si la hubiesen atropellado o algo. Así que la traje al hospital más cercano, parece ser que ella estaba en el bosque paseando y un rayo cayó cerca de ella. Afortunadamente no lo suficientemente cerca como para causarle un gran daño. Esta noche se debe quedar en revisión en el hospital para ver que tal progresa y mañana si está bien le darán el alta.

 

Uff, que alivio saber que estaba bien, no sé qué habría hecho si la hubiese perdido a ella también, mi padre murió hace cuatro años, y fue devastador para mi. Darte cuenta que una de las personas más importantes de tu vida desaparece de repente no es fácil de asimilar con trece años.

-¿En qué hospital estais exactamente, en el de Sierrallana?- pregunté ansiosa, poniéndome las primeras playeras que pillé y cogiendo el abrigo más cercano.

-Sí, esp…- en cuanto oí la afirmación del lugar donde se hallaban, la interrumpí porque no tenía tiempo que perder. Ya estaba pensando en como desplazarme hasta allí.

-en diez minutos estoy allí.- Contesté y colgué. Cogí corriendo una mochila y metí todo lo que veía que iba a necesitar mi madre, el neceser, ropa limpia,…

Afortunadamente, cerca de mi casa hay una parada de taxis, me metí en el primero que vi y le dije mi destino. En nada llegué y le pagué. El taxi me había dejado en la entrada, pase por recepción y me dijeron su habitación. Cuando llegué estaba la puerta abierta y en el interior se veían dos mujeres que conversaban. En la camilla estaba mi madre, sana y salva, y a su lado sentada la supuesta mujer de la llamada. Entré y las dos me miraron, lo primero que hice fue abrazar a mi madre. ¿y si el rayo la hubiese alcanzado de lleno? Entonces es cuando me di cuenta de que esto no habría ocurrido si no hubiese provocado nuestra discusión por esa tontería.

No me había dado cuenta de que me había puesto a llorar hasta que mi madre me dijo que no me preocupase más que ya había terminado. Mi madre y su “salvadora” se hicieron grandes amigas y yo salí con una moraleja: cuida a lo que aprecias pues no sabes que día lo perderás.

Versus.

 

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