El tesoro del Galeón

Llevo un montón de tiempo sentado delante del folio y no sé cómo empezar mi relato.

Todo comenzó una fría tarde de invierno viendo la televisión con mi abuela. Los dos estábamos juntos, sentados en el sofá, junto al fuego. En la calle estaba cayendo la noche, la lluvia rozaba en la ventana del salón y los granizos comenzaban a caer cada vez con más fuerza.

De repente, se produjo un apagón y nos quedamos sin televisión, no teníamos nada para poder entretenernos y mientras esperábamos a que volviera la luz, mi abuela decidió contarme qué hacía cuando era pequeña y no tenía todavía televisión en casa.

Ella vivía con sus padres y sus dos hermanos. Su padre, mi bisabuelo, trabajaba en unos grandes almacenes tapizando butacas. Cuando regresaba del trabajo y llegaba a casa, todos los días la contaba una historia. Un día le contó una aventura que mi abuela llamó «En busca del tesoro».

Su protagonista era Caracartón, el pirata más feroz y temible del mundo. Como buen pirata, no se fiaba de nadie y siempre llevaba su tesoro bajo sus pies, en la enorme bodega de su barco, en el que también viajaban unos seres malvados y envidiosos que lo único que querían era conseguir más y más tesoros.

Un día Caracartón oyó hablar de un magnífico tesoro que había en un galeón tremendamente grande, abandonado en una isla desierta. El pirata ya era tan rico que necesitaría muchas vidas para gastar tanto oro y joyas como guardaba.

Sin embargo, llegaron a la isla pero el mapa que indicaba dónde estaba el tesoro era ilegible, lo que dificultó la búsqueda del galeón, ya que nadie sabía qué dirección tomar y cada uno intentó sobrevivir como pudo.

Después de buscar durante tres largos días bajo un sol de justicia, por fin uno de los piratas encontró el deseado botín.

La sorpresa fue que, antes que ellos, había llegado el malvado Toquemao, un pirata muy conocido en aquellos mares que, junto al resto de su tripulación ya estaba cargando el tesoro en su barco.

Así, Caracartón preparó cuidadosamente el asalto y, tras una durísima batalla en la que perdieron la vida medio centenar de hombres, entre ellos Toquemao, transportaron el fabuloso tesoro del galeón al barco de Caracartón. Ciertamente, era un tesoro formidable, casi tan grande como el del propio pirata, y éste se frotaba las manos sólo de pensar en seguir siendo cada vez más rico.

Cuando terminaron de cargar todo el tesoro, pusieron rumbo a su destino y los piratas prepararon una gran fiesta para celebrar la hazaña. Borrachos como cubas, entre los piratas empezaron los problemas para repartirse el botín y se produjo una gran pelea entre Caracartón y Capitán Sable, que era el pirata más fortachón de la tripulación.

Tras una dura batalla, Caracartón derrotó a Capitán Sable, perdonándole la vida y sin darse cuenta de que el barco se estaba hundiendo poco a poco, pues el tesoro que llevaban era tan grande, que el barco no podía seguir a flote.

Para cuando se dieron cuenta, ya no había nada que hacer. El barco se marchó al fondo del mar con todos sus malvados piratas y con Caracartón al frente, quien aún permanece allí atrapado junto a tan anhelado tesoro que llegó a ser gigantesco, pero no tan grande como la avaricia y estupidez del pirata.

El tiempo se me pasó volando con la historia que me contó mi abuela y estábamos tan inmersos en la aventura que ninguno de los dos nos dimos cuenta que ya había vuelto la luz.

Mientras tanto, seguía haciendo mucho frío en la calle y le pedí a mi abuela que me contara más aventuras como las que le contaba a ella su padre cuando era pequeña.

Ella me respondió que mejor en otro momento, pero que ahora mismo me pusiera a hacer el relato que me había mandado mi profesor de lengua para participar en un certamen. Su historia me sirvió de mucho para así poder empezar a escribir mi relato.

Le he titulado «El castillo del Dragón» y cuenta la historia de un niño llamado Juan que vivía en un pequeño pueblo entre montañas. Era un chico joven, delgado, moreno, con ojos azules y muy valiente e inteligente.

Un día, mientras caminaba por una montaña, encontró una gigantesca cueva y en su interior había un impresionante castillo.

Al acercarse, Juan oyó unas voces que gritaban pidiendo ayuda. Eran unos chicos que habían sido encerrados por un dragón.

Algún día, yo también contaré esta historia a mis nietos, como ha hecho mi abuela conmigo e hizo su padre con ella.

Neymar11

 

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