Todos somos iguales, todos somos diferentes

Nunca olvidaré el día más feliz de mi vida, han pasado muchos años, pero lo recuerdo como si fuera ayer.

En aquel momento, estaba en casa de mi abuela, yo sabía que mis padres habían ido al hospital, mi madre estaba embaraza y tenía que acudir a uno de sus controles habituales. Era algo extraño, yo tenía tan sólo siete años, pero sabía que algo estaba pasando, siempre he tenido un sexto sentido, y en esos momentos notaba que algo no iba bien.

Sonó el teléfono, yo corrí apresuradamente para cogerlo. Al otro lado de la línea, respondió mi padre, que, con voz muy seria y temblorosa, me dijo que se pusiera la abuela. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, mi abuela directamente, sin dejarme decirla nada, me quitó el teléfono, y me mandó salir de la habitación. Yo, obediente, salí al pasillo y me escondí detrás del marco de la puerta para escuchar. Al principio la abuela no decía nada, pero más tarde, oí su voz, entrecortada y triste, pero no conseguí entender lo que decía.

Tras la llamada, la pregunté el motivo, ella, con los ojos llorosos, me dijo que no me preocupara, que no pasaba nada.

Con el paso de los años, he conocido la razón de esa llamada. Mi madre estaba embarazada, lo que yo no sabía, era que iba a tener mellizos, no me dijeron nada hasta que nacieron, porque hasta el último momento, estaba en riesgo la vida de uno de ellos debido a una cardiopatía.

Aquella noche, mis padres vinieron a recogerme y yo les preguntaba si mi hermana nacería pronto, estaba desenado que me contaran todo con detalle. Ellos se miraron, y me dijeron que en dos semanas harían una cesárea a mi madre ya que mi hermana no estaba correctamente colocada para nacer de forma natural y es lo que el médico recomendó. Yo no sabía lo que era una cesárea, pero ellos me lo explicaron de forma simple y sencilla para que yo pudiese entenderlo.

Notaba que algo no iba bien, mis padres estaban cansados y con ojeras, yo intentaba ayudarles, me portaba bien, pintaba dibujos para decorar la habitación de mi hermana, pero notaba que ellos hablaban en susurros para que yo no les oyera.

Yo estaba deseando que naciera mi hermana, ya habíamos pensado un nombre para ella, Silvia. Hablaba todos los días con ella, acariciaba la barriga de mi madre y le contaba todo lo que había hecho en el cole.

Teníamos todo preparado para Silvia, su habitación decorada con mis dibujos, la ropa que usé cuando era bebé que había lavado mi madre para mi nueva hermana, aunque tenía muchas cosas nuevas.

Me extrañaba no tener en la habitación la cuna y el carricoche, pero mis padres me decían que estaban en la tienda, que ya lo habían encargado y pasaríamos a recogerlo tras el nacimiento.

Quedaban ya muy pocos días para que naciese mi hermana, por tanto, estuve unos días a cargo de mi abuela, quien vive en la ciudad; allí la vida es diferente que en el pueblo. Todos los días me llevaba al colegio y me iba a recoger, y por las tardes la acompañaba a hacer las compras y luego me llevaba al parque. Cuando volvíamos a casa, al entrar notaba el delicioso aroma de las galletas de mantequilla que había preparado mi abuela porque sabía que me encantaban. En aquellos días, era ella quien me leía el cuento todas las noches.

Yo dormía en su misma habitación, que es muy amplia, las paredes estaban llenas de fotografías familiares, además había un gran ventanal. Recuerdo despertarme con los rayos del sol iluminando la habitación cada mañana.

Los días transcurrían y mis padres seguían en el hospital, mi abuela me decía que no me preocupara, que pronto estaríamos todos en casa.

Por fin llegó el gran día, el día más feliz de mi vida, en el que conocí a mis hermanos.

Estaba con mi abuela en casa cuando llamó alguien al timbre, era mi padre; que había venido a darme una noticia. Éste me pidió que me sentara en sofá, se sentó junto a mí, suspiró, y emocionado me dijo que había tenido dos hermanos, mellizos, niño y niña. No daba crédito a lo que estaba escuchando, ¡mellizos!, me alegré mucho, y le empecé a hacer miles de preguntas sobre ellos. Tenía muchas ganas de conocerles, con lo cual, mi abuela, mi padre y yo nos preparamos para ir hospital.

De camino, paramos en una enorme juguetería cercana para comprarles un regalo. Elegí dos peluches, los más bonitos, estaba segura de que les iban a encantar, pedí a la dependienta que los envolviera y decorara con un gran lazo.

Cuando llegamos al hospital, mi padre nos guio hasta la habitación. Nerviosa, llamé a la puerta, y mi madre nos invitó a pasar. Entré corriendo para ver a los mellizos, junto a mi madre se encontraban sus dos cunas, emocionada me acerqué a ellas. Los mellizos estaban dormidos. Yo me había imaginado que iban a ser iguales, pero sus rasgos eran diferentes. Me acerqué a mi madre, porque llevaba muchos días sin verla, le enseñé la bolsa con los regalos y juntas, los abrimos. A mi madre también le encantaban los peluches. Enseguida, los coloqué en la cuna de mis hermanos, estaba muy contenta. Pregunté a mis padres el nombre del niño, ellos me respondieron que no le habían pensado. Entonces, me senté en la cama junto a mi madre y pensamos un nombre para él. Finalmente, decidimos llamarle Gonzalo, al igual que mi mejor amigo del colegio. Volví a observarles con más detalle. Y esta vez les encontré más diferencias. Ambos tenían el pelo rubio y lacio. Gonzalo tenía la forma de los ojos más alargada, tenía el cuello más corto y ancho y la forma de la cabeza también era diferente, pero me parecieron los mejores hermanos que se pueden tener.

A lo largo de los años, he conocido la razón de las diferencias de mis hermanos. Desde el primer trimestre de embarazo, mis padres ya sabían que iban a ser mellizos, pero no quisieron decirme nada porque detectaron que Gonzalo padecía un trastorno genético y contaba en su ADN con un cromosoma extra que lo hacía diferente, Síndrome de Down. Pero además de esto, le detectaron un problema cardíaco, con lo cual, su vida estaba en riesgo. Afortunadamente, Gonzalo era muy fuerte y superó una intervención quirúrgica al año de vida.

Recuerdo las diferencias en el desarrollo de mis dos hermanos, lo diferentes que eran. Silvia enseguida se puso de pie, comenzó a caminar, empezó a hablar… mientras que Gonzalo tardaba más en conseguirlo, pero con mucho esfuerzo y ayuda, siempre lograba su objetivo.

Cada vez que nos encontrábamos con gente por la calle, todos se dirigían siempre a Gonzalo, le veían diferente, y mi madre siempre ha dicho que somos los tres iguales, y nos tenemos que apoyar y ayudar.

Habitualmente, acompañaba a mi familia a consultas médicas de mis hermanos, eran mucho más habituales en Gonzalo debido a su patología, acudía a rehabilitación, oftalmología y cardiología que eran las más frecuentadas.

Cuando los mellizos tenían cinco años recién cumplidos mis padres tuvieron que ir a Madrid porque Gonzalo tenía que pasar una intervención quirúrgica cardiovascular en el Hospital La Paz. Por tanto, Silvia y yo nos quedamos en casa de la abuela, quien nos ha cuidado siempre cuando nuestros padres no podían. Al igual que cuando era más pequeña, la abuela nos llevaba al colegio y siempre nos seguía preparando las deliciosas galletas.

Cada noche, nos llamaban nuestros padres y nosotras hablábamos con Gonzalo, que, desde Madrid, nos mandaba saludos con su voz aguda y que en algunas ocasiones no se le entendía muy bien, pero eso para nosotras, era lo mejor de cada día.

Los años seguían pasando y cada vez las diferencias entre Silvia y Gonzalo eran mucho más evidentes. Ellos siempre han ido juntos a la misma clase, y tenían muchos amigos que algunas tardes venían a jugar a casa, a ellos les encantaba. Mi padre construyó un columpio en el jardín y Gonzalo pasaba horas en él, mientras nosotras practicábamos los bailes que me enseñaba Silvia que había aprendido en sus clases de ballet.

El año en que mis hermanos cumplieron diez años, Gonzalo cambió de colegio y fue a la ciudad, nosotras no queríamos que cambiara de colegio, pero yo sabía que era lo mejor para él. Era un colegio especial, adaptado y preparado para su vida diaria. Allí podía estar con niños con sus mismas necesidades. Silvia y yo podíamos ir a buscarle por las tardes. Nunca olvidaré cuando salía corriendo, ilusionado, y nos contaba las cosas nuevas que había aprendido cada día.

Desde pequeña, he querido mucho a mis hermanos, pero siempre y con el paso de los años, aún más. Siempre ha habido una conexión muy especial entre los tres, con una simple mirada o gesto éramos capaces de entendernos.

Silvia, siempre tan dispuesta y sonriente, mi confidente, le gustaba venir con mi grupo de amigos a la plaza donde pasábamos las tardes de verano.

He sentido mucho orgullo por Gonzalo, su esfuerzo para lograr las cosas, su sonrisa y su mirada hacia los demás, le han convertido en una de las personas más especiales, cariñosas e importantes para mí junto con Silvia.

Han pasado muchos años, y soy muy feliz. Finalmente estudié cardiología, y trabajo en un hospital ayudando a los demás, como en su día hicieron con Gonzalo. Cada mañana, cruzo la calle y voy a la cafetería donde trabaja mi hermano, y nada más verme entrar, me prepara el café con dos galletas de mantequilla como las que hacía la abuela. Me gusta mucho escuchar los comentarios de la gente hablando de mi hermano por lo bien que desempeña su trabajo.

Los fines de semana nos reunimos todos en casa de nuestros padres, donde nos reímos recodando anécdotas de la infancia.

KUNA.

 

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