Tumba de Dioses

El puñal se hundió rápido y cruel en su carne. La superficie fría y lisa de la hoja echa de obsidiana negra como la noche atravesó la piel con siniestra facilidad, sería un trabajo rápido. Le había besado, le había acariciado, le había dejado que le despojase de su vestido, incluso le había dejado introducirse en ella; pero una vez hizo esto, estiró su mano hasta las prendas que descansaban sobre el suelo, en el escote de su vestido escarlata tenía un dobladillo para portar su arma con facilidad durante el baile de palacio, lo cogió. El puñal era duro y suave al tacto. La superficie del mineral en el que se había tallado no tenía magulladura alguna, a pesar de todos los corazones que había atravesado, de toda la sangre que había derramado. Era un arma poderosa, maligna, hecha de huesos de dioses, contenía el poder de la oscuridad; no podía ser empuñada por un mortal cualquiera; claro, que ella no lo era. 

El governatore abriólos ojos, asustado. Miró a su alrededor y después, bajo sí. Allí estaba ella, el pecho desnudo, sus piernas marmóreas envolviéndole y una sonrisa despiadada pintando su rostro. El puñal se hundió un poco más en la carne, iniciando así un leve goteo de sangre sobre el rostro de la bella joven. El hombre exhaló un suspiro, solo que esta vez no era de placer, era un suspiro cargado de terror, frío y salvaje, un suspiro cargado de muerte. Una leve convulsión del cuerpo y su caída sobre la joven. Esta se deshizo del cuerpo con cierta dificultad, pesaba más de lo que pensaba. Se levantó de la cama, sobre esta descansaba el cuerpo del antiguo governatore desnudo, empapado en sudor y sangre, aún caliente. Sus ojos carentes de vida miraban al vacío, con una expresión del más puro pavor congelando su rostro. La joven se palpó el rostro con sus delicadas manos, al observar sus dedos, los vio manchados de rojo carmín, la sangre la había salpicado el rostro. Manchándolo así de pequeñas gotas en las mejillas, por debajo de las pestañas, que proyectaban extrañas sombras con forma de telaraña al incidir la luz de la Luna sobre estas. Con delicadeza limpió su rostro, a continuación, tomó sus prendas del suelo y se vistió lentamente, no tenía prisa, había tiempo de sobra hasta el amanecer. De nuevo, se ciñó el corsé al pecho, se colocó su enorme vestido escarlata sobre su esbelto cuerpo y se calzó sus altas botas de cuero.

Una vez vestida, se acercó de nuevo a su víctima. Dio la vuelta al cadáver, de forma que mirase hacia el techo. Una mancha escarlata se había ido extendiendo sobre su pecho, manchando las suaves sábanas de lino. Rescató su puñal, que reposaba sobre el colchón e inició su oración: “En nombre de la Diosa yo arrebato este corazón; en nombre de la Diosa yo condeno a esta alma. Madre renacerá de sus cenizas cual ave fénix, será entonces cuando la oscuridad reine de nuevo y Madre retome el poder que es suyo por derecho. En nombre de la Diosa yo arrebato este corazón; en nombre de la diosa yo arrebato esta alma. A Madre yo ofrezco este humilde sacrificio.” Mientras la joven pronunciaba estas palabras, el cuchillo comenzó a envolverse en una extraña aura de oscuridad, como si el aire a su alrededor se viese devorado por las sombras. Así mismo, la temperatura de la habitación descendió de forma crítica; hasta el punto de que las flores que se encontraban en un jarrón sobre una mesa junto a la cama se marchitaron levemente, envueltas por una leve capa de escarcha. Entonces, el cuchillo trazó una serie de líneas en el pecho del difunto, rodeando al corazón. Con delicadeza, la joven levantó la piel cercenada para descubrir un corazón inmóvil. Rojo escarlata, con un ligero olor metálico. Cálido y calmo dentro del pecho del governatore. Estiró sus delicados dedos y los introdujo en el interior de la herida. Rodeó con suavidad el órgano y lo extrajo con un violento tirón de su cuerpo. Era ligeramente pesado al tenerlo entre sus manos y al sostenerlo entre sus dedos un chorro de sangre cayó de este, esparciéndose y manchando así las sábanas. Un corazón fresco, cargado de sangre cálida y deliciosa, tal y como le gustaba a la Diosa, tal y como le gustaba a madre. Se acercó su tesoro al rostro y aspiró su dulce olor. A continuación, mordió con lujuria y deleite el corazón, dejando que sus dientes se hincasen sobre este, manchando así sus tiernos labios; mientras un hilillo de sangre se deslizaba por la comisura de estos. Podía sentir el poder en la sangre que colmaba ese delicioso corazón, sangre colmada de poder. Algo en sus entrañas se revolvía de intenso placer, anhelante de más poder. 

Una vez acabó con su macabra tarea, guardó de nuevo su cuchillo donde nadie pudiera encontrarlo, tras haberlo limpiado en las sábanas. Utilizó su poder para materializar una rosa entre sus manos, hermosa y letal, como ella. Cargada de espinas en su tallo, coronada por hermosos pétalos de un extraño y oscuro color rojizo, como si estuvieran teñidos de sangre. La joven se relamió los labios. Entonces, depositó la hermosa rosa allí donde antes latía un corazón. 

A continuación, abandonó la habitación sin siquiera mirar atrás, y bajó a la planta baja del palazzo Ca´ d´Oro, donde el baile de máscaras continuaba, siendo los invitados ajenos a la muerte de su querido governatore, de su querido anfitrión. Cruzó rápida y silenciosa como una sombra la gran pista de baile, entre lujo y derroche de la corte veneciana, que la repugnaba y entristecía por igual. Una vez estuvo fuera, pudo respirar el frío aire nocturno, se dirigió a la parte trasera del palacio, allí donde este conectaba con el gran canal. Al llegar encontró su góndola, balanceándose sobre las oscuras aguas del canal. Con cuidado se subió sobre esta e inició su huida, amparada por las sombras, dejando que la gran cola de su vestido se deslizase sobre la superficie de las misteriosas aguas, de forma similar a una gran mancha de sangre tintando la superficie. 

La criada profirió un grito aterrorizado al tiempo que dejaba caer su jofaina de porcelana sobre el suelo, rompiéndola así en mil pedazos mientras el agua de su interior se deslizaba por las baldosas del suelo. Las piernas le temblaron y cayó al suelo entre sollozos. Instantes después, apareció Francesca, una de las criadas más viejas “Cos’è questo scandalo, figlia?” Las palabras quedaron suspendidas en sus labios, manchando su rostro con una expresión de terror. En la corte era conocida bajo muchos nombres: Muerte Roja, Venus de las Sombras, Reina de Espinas… Para el pueblo no era más que una leyenda urbana, un cuento inventado para asustar a los niños. Pero la realidad era que la Muerte Roja o como quisiera ser llamada era real, terroríficamente real. Y llevaba ya años sembrando el terror entre los monarcas venecianos. Nadie sabía quien era esta peligrosa asesina ni que era lo que quería. Lo único se sabía era que cada cierto tiempo se producían extrañas oleadas de asesinatos de los altos dirigentes de la corte, hasta el momento, el único superviviente había sido el rey, Angelo Giocamo III. Así mismo, sólo se sabía que esta misteriosa asesina mantenía relaciones con sus víctimas antes de acabar con ellas. Después, abandonaba sus cadáveres desnudos sobre sus lechos, no sin antes arrancarles el corazón y dejar una rosa en sustitución. Era como si la asesina jugase a un extraño y macabro juego que sólo ella entendía. Se habían juzgado y condenado a muchas mujeres tanto de la corte como fuera de esta, pero los asesinatos nunca se habían detenido; así mismo, nunca se habían encontrado los corazones de las víctimas. 

Unos cuantos canales más allá del palazzo Ca´ d´Oro, en las zonas más sucias y oscuras de la ciudad, una joven se arrodillaba ante un altar a rezar. Se encontraba en una oscura y secreta cripta subterránea, rodeada de catacumbas, de huesos. Arrodillada en el frío suelo rezaba, ante un altar compuesto por calaveras rodeadas y entretejidas por oscuras espinas negras, coronadas en rosas rojo carmín, rojo sangre. Una unión entre la muerte y el amor; una bonita metáfora, teniendo en cuenta que acababa de matar por amor. Así se lo había ordenado la Diosa, así se lo había ordenado madre antes de desaparecer. Ahora esta reposaba confinada en su sarcófago, junto al altar, hecho de cuarzo rosado y envuelto por fuertes cadenas doradas que la mantenían débil y confinada en ese pequeño espacio. A los ojos del dios Plutón así era. Sabía que debía mantener encerrada a su amada, la diosa Venus, pues si esta era liberada, el caos y la destrucción hallarían lugar en el reino de los mortales, en su propio reino; y eso era algo que no podía consentir. Y allí estaba ella, Siria, hija ilegítima de ambos dioses, muerte y amor, fruto de su adulterio. 

Sus palabras susurradas en lenguas prohibidas transferían su poder a madre, que languidecía en el interior de su prisión. Siria sabía que no podía perder la concentración o el hechizo se rompería, madre perdería poder y ella habría malgastado otra vida; no podía permitir que eso pasase. Sabía cual era su misión: liberar a madre y también sabía como conseguirlo, madre se lo había dicho antes de ser encerrada: “Matarás, pero solo por amor. Entonces tomarás su corazón, lo harás parte de ti y heredarás su poder, que más tarde me transmitirás a mí.” Era sencillo, gracias al poder de madre los hombres caían rendidos a sus pies, y gracias al puñal que talló con los huesos de padre podía acabar con facilidad con sus vidas; pero, como en cualquier trato con magia, había normas. Para devolver el poder a madre, sólo podía matar a los altos dirigentes, si quería devolver el poder a la antigua dueña y señora de este mundo, debía arrebatárselo a sus actuales gobernantes, la única manera de hacerlo era acabar con ellos y tomar su fuente de vida. Sin embargo, era un proceso extenuante, cada transmisión de poder a madre requería de una gran cantidad de energía, ella como hija de dioses la poseía, pero confinada en este débil cuerpo humano le era complicado. 

Alejó cualquier pensamiento de su mente y continuó con el ritual. Arrodillada ante el altar, unión de la muerte y el amor, de Venus y Plutón, del pecado y su castigo, continuó su oración. Las palabras se deslizaban por sus labios suaves y fluidas como las aguas de un arroyo, pero cargadas de un poder latente y ancestral. Poco a poco, la energía tomada del corazón del antiguo governatore comenzó a salir de su cuerpo y a envolver la prisión de la Diosa. Era como un chorro de agua dorada que envolvía a la joven surcando el aire en fluidos movimientos para acabar envolviendo el gran sarcófago, produciendo fuertes sacudidas sobre las cadenas que envolvían a este, como si una gran fuerza tirase de ellas, tratando en vano de romperlas. El extraño proceso continuó durante unos largos instantes, hasta que Siria cayó al suelo, rendida. Respiraba con dificultad y gotas de sudor perlaban su frente, haciendo que su cabello negro azabache se pegara a su frente. Frunció el ceño, decepcionada y frustrada consigo misma por no haber podido aguantar más. A continuación, se levantó con esfuerzo y se acercó a la prisión rosada de madre, comprobó cada cadena, eslabón a eslabón, como hacía siempre, buscando un indicio de rotura; a diferencia de tantas veces, esta lo encontró. Uno de los eslabones se veía levemente fracturado, con una pequeña grieta atravesando su contorno dorado y extendiéndose ligeramente sobre la superficie de cuarzo rosado del sarcófago. La joven contuvo el aliento mientras deslizaba sus dedos por la superficie de la grieta. 

En ese momento, una extraña vibración sacudió el aire del interior de la cripta. Los huesos del interior de las catacumbas sufrieron una sacudida dentro de sus sepulcros, el polvo abandonó el suelo y las paredes para bailar como brillantes motas ante las múltiples velas que allí brillaban. Incluso el pelo de Siria se sacudió ante semejante fenómeno, como si de un soplo de aire se tratase. Madre estaba ahí dentro, eso lo sabía, y también sabía que quería salir; esta pequeña grieta era el indicio de ello, el final se acercaba. Siria sonrió para sí. Odiaba a su padre, por haber encerrado a su madre, por haberla encerrado a ella en ese pequeño y débil cuerpo humano, por haberlas abandonado en el mundo de los mortales. Siria mataría a su padre, antes incluso de que pudiera hacerlo madre. Bajaría hasta el mismísimo Inframundo para encontrarle y clavarle su puñal, el mismo que ella talló a partir de sus huesos de dios. 

El rey Angelo Giocamo III organizaba su viaje a la capital veneciana para el funeral de su amigo el governatore Alessandro Santoro. Aún no podía explicárselo, no concebía su muerte; mucho menos a manos de la Muerte Roja. Todavía era capaz de recordar la noche en que casi muere a sus manos. Era tan bella, su rostro marmóreo envuelto por esos cabellos negros como la noche con esos bellos y profundos ojos azules como el océano, como los de una diosa. Apenas fue consciente cuando ambos cayeron desnudos en la cama, había sido demasiado fácil tenerla. Claro, que el no estaba completamente sobrio, y hoy día, al pensarlo, no se sentía el ganador, si no el trofeo de la auténtica ganadora. Cuando esta le besaba, pudo ver a tiempo como sacaba su puñal negro y brillante de entre su vestido, a tiempo para empujarla de su lado y ver como esta huía completamente desnuda, saltando por la balaustrada, refugiándose en las sombras. No sin antes dedicarle una mirada de profundo y frío odio, una mirada que todavía le atormentaba en sus más oscuras pesadillas. 

Hoy se dirigía al palazzo Ca´ d´Oro, a dar el último adiós a su amigo, muerto a manos de la misma mujer que años atrás lo intentó con él. Sentía pesar, pero también miedo y recelo, sabía que no debía bajar la guardia. 

Faltaba poco, muy poco. La libertad de madre se acercaba, Siria podía sentirlo. Pero también sabía que necesitaba más poder, el tiempo se acababa. El destino fue generoso y le sirvió su más deseada oportunidad. Aquella noche se produciría un homenaje al difunto governatore, y a este asistiría el mismísimo rey Angelo Giocamo III. No podía evitar sentir rencor hacia él tras habérsele escapado hace años. Era su primer ritual, y quizá había sido demasiado ambiciosa queriendo ir directamente a por el rey, pero no debía tratar de encontrar excusas. Sabía que no iba a ser fácil, pero estaba dispuesta a conseguir ese corazón y liberar a madre costase lo que costase. Preparó sus mejores galas, sin olvidar que era una despedida, eligiendo un vestido negro de encaje, como si hubiese sido tejido por arañas. Era ajustado y atrevido, sin perder la elegancia, adornado con pequeñas perlas igual de negras que el tejido por toda la prenda. Así mismo, se calzó sus más elegantes tacones, enfundados en terciopelo negro con un delgado y alto tacón, que repiqueteaba contra el suelo rítmicamente al caminar. 

De nuevo, tomó su góndola y, al caer el Sol tras el horizonte y aparecer las primeras estrellas en el cielo, rehízo el camino de vuelta al palacio. Se deslizó veloz y silenciosa sobre las aguas del gran canal, donde confluían todos los pequeños canales de la ciudad, como venas desembocando en un corazón, el mismo que ella estaba dispuesta a arrebatar esa noche. 

Una vez se coló en el palacio, más en concreto, en la gran sala del banquete, trató de localizar a su objetivo. La estancia era grande y estaba decorada por largas alfombras rojas y altos ventanales que daban paso a los jardines. Toda la estancia se veía colmada por el lujo, la riqueza y el dorado de las luces y las elegantes galas de los invitados; a pesar de tratarse de una ceremonia de luto, la despedida había pasado a ser una verdadera fiesta. No tan desfasada y divertida como la de la noche anterior, pero una fiesta, a fin de cuentas. Perfecto. Esto no hacía más que facilitar su trabajo. 

Una vez encontró a su objetivo, el resto fue un juego de niños. Saludos cordiales, que dieron lugar a miradas cómplices, que así mismo dieron lugar a una conversación trivial para acabar bailando el uno junto al otro. El rey había caído completamente bajo el encantamiento de la joven, esta le sonreía complacida y coqueta, a pesar de que anhelaba más que nada acabar con su vida; llevarlo hasta uno de los aposentos del palacio no supuso trabajo alguno para ella. 

Estando ambos desnudos, juntos en los brazos del otro, y disponiéndose Siria a sacar su puñal, el destino quiso que esta se distrajera y que su encantamiento perdiese poder. El rey miró a su alrededor aturdido, para descubrirse junto a una joven, en pleno pecado, en pleno asesinato. No le llevó mucho comprender lo que sucedía, reconocer a la joven, pues no habría sido capaz de olvidarla. 

Siria se dio cuenta de la consciencia del rey, algo que la hizo enfurecer. Alzó su puñal sobre sí, dispuesta a acabar con la vida de ese estúpido mortal; ya se le había escapado una vez, y no iba a permitirle hacerlo de nuevo. Sin embargo, el rey la empujó lejos de sí al igual que la última vez; fue tal la fuerza del empujón que la joven cayó contra el frío suelo de la estancia. El monarca se disponía a huir, tapando su cuerpo desnudo con las sábanas, tratando de llamar a los guardias, de pedir ayuda. Siria siseó, enfurecida. Aquella vez, las palabras del hechizo recorrieron sus labios mucho más rápido que ninguna otra, reclamando el poder de las sombras y la muerte como suyo, para acabar con el mortal que trataba de huir de ella. Una vez su puñal se impregnó por la magia y el poder, heredado por parte de su padre, alzó su brazo y con toda la fuerza y rabia con la que fue posible lanzó el arma contra él. 

El puñal atravesó el aire a gran velocidad, girando sobre sí mismo, cortando el vacío entre ambos, cazadora y presa. Angelo Giacomo pudo atisbar una sombra negra recorrer el aire antes de que el puñal se clavase con furia asesina en su pecho, sediento de sangre y poder, hundiéndose en su corazón y dándole muerte. Su cuerpo cayó al suelo, muerto en el acto, con el rostro contra el suelo, el arma incrustada varios centímetros en su cuerpo. Siria sonrió con suficiencia, y se acercó hasta el cuerpo. De una patada le dio la vuelta, esta vez no se molestó en ser cuidadosa. Agarró el mango de su puñal y tiró con fuerza de este, arrancando así el corazón del monarca, envuelto por sangre y carne lacerada. 

Lo devoró con ansia e ímpetu. Tenía un sabor delicioso, tan fuerte y valeroso, lleno de poder, el poder que ella necesitaba, que madre necesitaba. Tras acabar, a penas se molestó en vestirse, huyó velozmente del palacio por segunda vez y se amparó en la oscuridad de la noche para llegar a su cripta. Era una noche oscura, la Luna y estrellas se veían eclipsadas por grandes y pesados nubarrones. Se avecinaba algo grande y poderoso, Siria lo sabía, y la oscuridad en la que se sumía la ciudad no era más que un indicio de ello. Después de llegar ante el altar, se arrodilló de nuevo e inició el ritual. Apenas era capaz de contener la emoción, y la costaba concentrase en el hechizo; pero una vez lo consiguió, la energía abandonó su cuerpo como un torrente de aguas desbordadas; la joven no se había equivocado, el corazón del monarca le había transmitido más poder del que habría sido capaz de imaginar. La estancia se vio iluminada por extrañas luces doradas y el aire alrededor de Siria pareció espesarse, como preludio del poder que iba a ser liberado. La joven parecía poseída mientras el poder abandonaba su cuerpo para incidir sobre el sarcófago de cuarzo rosado, el cabello se elevaba a su alrededor y sus ojos se habían tornado completamente blancos. 

Mientras tanto, la superficie del sarcófago se iba resquebrajando poco a poco, viéndose surcada por grandes grietas. La tapa de este comenzó a temblar con gran violencia, mientras a través de las grietas se liberaban grandes y brillantes rayos de luz dorada, como si de lenguas de fuego se tratasen. Llegó un momento en que las grietas convergieron en un punto central, las sacudidas se volvieron tan violentas que el sarcófago acabó estallando en mil pedazos, envolviendo la estancia con una gran luz cegadora; Siria cayó al suelo, inconsciente. 

Donde antes se encontraba el gran sarcófago, ahora se alzaba una imponente figura femenina. Unos cabellos rojos como el fuego, como el atardecer, envolvían un rostro afilado contraído por una expresión de rabia, los ojos profundos y azules como un océano centelleaban de furia. A sus pies descansaban los pedazos de lo que hasta ahora había sido su prisión. Desvío la mirada a su lado, allí reposaba Siria, inconsciente, sobre el suelo. La diosa se asustó al creerla muerta, pero pudo ver como su pecho subía y bajaba lentamente, solo necesitaba descansar, su cuerpo humano no había resistido el ritual, más tarde se encargaría de liberar a su hija de él, al igual que ella se había liberado de la prisión que la confinaba. Alzó de nuevo su vista para mirar alrededor, se encontraba en una cripta pequeña y oscura, rodeada de huesos envejecidos y polvorientos. Respiró, a pesar de no serle necesario, quería experimentar la libertad en todas sus formas. 

A continuación, dio un paso al frente y el mundo se convulsionó bajo sus pies, bajo su infinito poder. “Prepárate, Plutón…” – pensó enfurecida Venus. Ahora que era libre, podría acabar con su amante por encerrarla a ella y a su hija, podría reclamar su poder en el Olimpo y en el mundo de los mortales. Dio otro paso y el mundo se convulsionó de nuevo desde sus cimientos; una fuerza poderosa y ancestral había sido liberada, una diosa salvaje y enfurecida.

Ahora Venus era libre y nada ni nadie iba a detenerla. 

The Dragon Imager

25 – III – 2019



 

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