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Un gran cambio

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Me llamo Kevin, soy huérfano, o eso es lo que dicen. Como diría mi madre, vivo en un barrio de

“mala-muerte”. Estoy solo, mi único apoyo fundamental es mi hermano Víctor, que siempre está ahí

para todo. Bueno, lamentablemente soy pobre, sí, pobre. Odio estar aquí, tengo que trabajar para

poder mantenerme o en algunos casos extremos hasta robar. A causa de esto casi no tengo tiempo

para dedicarme al estudio, suelo faltar a clases para ir a hacer algún cachuelo por la zona o

simplemente estoy tan cansado de trabajar que me quedo dormido. Por estos motivos, no quiero

estar aquí, quedarme aquí. Dicen que estoy destinado a esto, a la mala vida, solo por haber nacido

en este barrio. Pero yo quiero llegar lejos, ser alguien, importar. Sé que es difícil, pero no imposible.

Bueno, estoy en mitad de la avenida principal con unos cuantos amigos el barrio. Yo me doy

cuenta de que la gente nos mira con desprecio, por encima del hombro. Es la realidad en mi país,

Perú, la gente de las afueras viven un poco mejor que nosotros, pero solo por vestir mejor se creen

mejores que nosotros; los ricos, ni hablar. Estamos caminando cuando de repente, Brian dice:

– ¡Eh! Mirad a ese, el del traje azul marino-está sosteniendo una cartera llena de billetes-Estaría

bien hacernos con eso ¿Eh?

-Hay que planificarlo bien, ¿le seguimos? – comenta Manuel- ¿O lo hacemos ahora y echamos a

correr?

-Ahora- digo yo- Mientras yo le distraigo, supongo que se la guardará, así que, en ese movimiento,

uno de vosotros ¡ZAS! Se la quita y a correr.

Mis dos compañeros aprueban la idea, y vamos a hacerlo.

-Disculpe señor, ¿me dice la hora?

-Si, claro-se saca el móvil y se guarda la cartera- ¡EEEEH!

En ese momento aprovecho para quitarle el móvil, ¡y menudo móvil! Mis amigos y yo corremos

esquivando a la gente que nos intenta coger.

-Brian, en la segunda a la izquierda, donde siempre. ¡Díselo a Manuel!

Seguimos corriendo y me meto en la primera en la primera bocacalle que encuentro, mis amigos

siguen por la calle principal, no hay de qué preocuparse. Me escondo en una esquina donde puedo

ver esa avenida principal, veo que el señor sigue de frente. Vale, el lugar “donde siempre” es la zona

donde nos repartimos el botín, por así decirlo. Pasan quince minutos y el que aparece es Brian, está

solo.

– ¿Dónde está Manuel? -le interrogo- Dime dónde está.

-Le han cogido- dice con un nudo en la garganta- No podemos hacer nada.

-Pero…

-Nada Kevin, nada.

Volvimos al barrio y nos encontramos con la madre de Manuel, lo que faltaba.

– ¿Dónde está mi hijo?

-Mmmmm…eeeh…- gran aporte por mi parte.

-Ahora viene- improvisa Brian.

Por ahora todo bien, llego a mi casa y me abre la puerta mi hermano, antes de llamar.

-Os he visto, a los tres y también como cogieron a Manuel- Inspira hondo y sigue- ¿Sabéis a quien

habéis robado?

-No, tampoco me importa.

-Pues es un juez muy importante de Lima

¡Mierda! Ahora sí que la he liado, pero bien. Le digo a Víctor que me deje solo y me voy a mi

cuarto y reviso lo que he conseguido. En total 250 soles y bueno, el móvil. Al parecer el móvil no

tiene ninguna contraseña y puedo investigar libremente todo sobre el juez. Mi hermano tiene razón

y en realidad es importante, ya no puedo hacer nada. No tengo ganas de hacer nada, me meto en mi

cama y me duermo.

***

Son las 8:00 de la mañana, hora de levantarse. Entro a la cocina y mi hermano me enseña el

periódico.

Robo al juez Cisneros

La tarde noche de ayer el juez Cisneros fue asaltado por tres jóvenes de entre 14 y 16

años. Este es el testimonio del juez: “Uno de ellos me distrajo pidiéndome la hora,

mientras que otros dos me quitaron la cartera, en ese momento, al darme la vuelta, el

primero agarro mi móvil de la mano y se fueron corriendo. Por lo menos me dio tiempo a

seguir a dos de ellos y capturar a uno.” El joven ladronzuelo de nombre Manuel Ortiz ya

ha sido trasladado a un centro de menores. Esperamos que estos sucesos no se

expandan más por nuestro país.

No me lo puedo creer, a un centro de menores. A él que no hizo nada. Al acabar de desayunar

llega la madre de Manuel, ya estaba tardando.

– ¡Qué le habéis hecho a mi hijo! Me he pasado toda la noche en comisaría, además tú, Kevin, me

has mentido-dijo entre furiosa y triste.

-Señora, yo no tengo la culpa, bueno en parte sí, pero…-dije con lágrimas en los ojos.

Después de estar hablando con la madre de Manuel sobre lo ocurrido, estoy de camino con mi

hermano y Brian hacia el reformatorio. Creo que no es buena idea que vayamos, ya que supondrán

que somos los cómplices del robo. Bueno, por ahora va todo bien, hemos pasado los controles,

aunque nos han mirado desconfiadamente. Al fin llegamos donde Manuel y nos comenta todo lo

que ocurre ahí dentro.

-Chicos, esto es una mierda, que nunca os metan aquí. Lo único que hay es chavales que fuman de

todo o beben todo lo que cogen, adolescentes con traumas por haber matado o haber cometido algún

delito. Yo no merezco estar aquí, pero no os guardo rencor.

-No sabemos lo que va a pasar a nosotros-le dijo señalando a Brian y a mí-Pero lo que si sabemos,

es que vas a salir.

Ahora están hablando mi hermano y Brian con Manuel. Lo que me tiene preocupado es la policía

que nos mira mucho, suelo estar acostumbrado, pero no de manera constante. Pido permiso para ir

al servicio, pero me lo deniegan, la única manera de ir es con un adulto o con un policía. No es mala

idea, voy con el policía. Por suerte el guardia se queda fuera y entro solo. Al lavarme las manos

oigo a través de la puerta, a alguien muy conocido.

– ¿QUÉ? ¿Que están aquí? ¿Dónde?

-En la sala de visitas.

Me puede tanto la curiosidad que me agacho y miro por debajo de la puerta. Veo las botas del

policía y unos zapatos bastantes caros.

-Bueno, si me permite, deseo entrar al servicio.

-Sí, claro-dirigiéndose hacia el interior- ¡Date prisa!

Corriendo me meto en uno de los baños y entra el señor. Tomo el suficiente valor como para abrir

un poco la puerta y mirar hacia la otra persona del otro lado. ¡NO! Es el juez que robamos, el señor

Cisneros. Vale, tengo poco tiempo poco para abandonar este sitio.

– ¡Chico, te doy 5 minutos más! -dice el guardia.

– ¿Es que hay alguien más aquí dentro? -pregunta el juez

-Sí, hay un chaval que ha venido a ver a uno de los delincuentes que os robó.

Pienso rápidamente que hacer para que no atrape y veo al fondo del servicio una ventana, y creo

recordar que estamos en el bajo del edificio, así que salgo velozmente del baño y me dirijo hacia la

ventana. En ese segundo, el juez viene hacia mí, pero yo ya estoy fuera de su alcance, intenta

atravesar la ventana, pero no es capaz de salir. Pretendo hacer un mapa del centro en mi mente y me

dirijo hacia una ventana a 200 metros a la derecha. Por suerte hay una ventana abierta y salto para

ver lo que hay al otro lado.

-Bien- susurro- ¡Causa!¡Víctor!¡Brian!

Al instante se abre la puerta de la pequeña habitación y entra el policía solo.

-Mete al ladrón dentro-dijo sin vacile.

– ¿Qué pasa señor?-pregunta mi hermano.

– Y vosotros quedáis detenidos-se ríe-Tú por ser mayor de edad te vienes conmigo.

– ¿Y el otro? -pregunta otro guardia.

-Llevadle donde el jefe-Se queda callado pensando algo-¡Ah sí! Y buscad al otro, se ha escapado.

No puede ser, me quedo solo otra vez y ahora no puedo hacer nada. Lo único que puedo hacer es

ir a casa a esperar.

***

Acaba de llegar a casa una carta de la policía, voy a abrirla. Un resumen de lo que dice: que mi

hermano está entre rejas y van a venir a por mí. Cojo mi mochila y le meto algo de, comida y una

botella de agua, la dejo en la puerta Salgo de casa y me dirijo al locutorio más cercano. Al llegar, le

doy al encargado el dinero para poder utilizar un ordenador. Busco en Internet al juez Cisneros,

¡bien! Lo que quería encontrar era la calle donde vive, ya está, que fácil.

-¡Chico! Te quedan cincuenta minutos para utilizar el ordenador- parece preocupado.

-Dáselo a otro, tengo prisa.

Salgo rápidamente del locutorio y voy a casa corriendo. Miro en mi estantería todo el dinero que

tengo, diez soles justos, vaya mierda, tendré que administrarlo bien. Cojo mi mochila, salgo de casa

y voy directo a la parada del bus. Aquí tengo que estar preparado para llamar al conductor por señas

o intentar subirme sin que nadie se me cuele. ¿Por qué es así? En esta parte de Lima, la gente no

respeta nada y los coches van tan rápido que no dejan llegar al del bus hasta donde estoy. El bus

tarda cinco minutos en llegar, me subo corriendo y me siento. A ver si me sale mi estrategia, el

truco consiste en hacerme el dormido y así no pagar, pero lo malo es que el viaje es hasta

Miraflores, y hay demasiada carretera de por medio. Pasados unos quince minutos, el cobrador pasa

recogiendo los boletos y me hago el dormido.

– ¡Ey, chico!¿A dónde vas?-me pregunta.

-Eeemm…

-Chico, que te he visto antes despierto-me dice mientras se ríe.

– ¿Qué pasa?-intento no reírme- Voy a Miraflores.

-Son dos lucas.

No me queda otra y pago. Ahora sí que me duermo.

Me despierto y ha pasado una hora, estamos a punto de llegar. Hago lo que sea para llegar a la

puerta y bajo. Se está oscureciendo y como que no pinto nada por esta zona. Explico, donde yo vivo

es una zona pobre, donde estoy está lleno de gente adinerada y con poder, turistas bien vestidos. Y

yo aquí, con un pantalón corto, una camiseta y mi mochila. No sé a dónde ir, me dirigiré a un

parque donde no pase demasiada gente para poder pasar ahí la noche.

***

Al dormir en un banco, como en Perú las temperaturas no son tan bajas, no pasé frio por la noche.

Cojo lo restante del día anterior, y me cambio detrás de unos arbustos. No quiero que la gente

piense “Mira ese choro, seguro que va a robar” “¿Dónde estarán sus padres?” o cosas varias. Ya

cambiado, me dirijo a la calle donde vive el juez. Decido ir andando, ya que no quiero gastar más

dinero, con lo que calculo que tardaré media hora. Son las 9:00 de la mañana, supongo que Cisneros

debe de estar despierto, como buen juez. Llego y a su casa, menudo edificio. Dudo en si tocar o no

el timbre, en si voy a tomar una buena o mala decisión. ¡RIIING!

– ¿Si?¿Quién es?-que voz más rara tiene.

-Eeeh, soy Kevin, el que te robó la cartera y el móvil-que gracia me hago, me río-¿Podría hablar

con usted?

-Sí, sube.

¡Qué raro! Creo que se trae algo entre manos. Subo decidido por las escaleras, no me gusta el

ascensor, muy pequeño, me agobio.

La puerta está abierta, toco el timbre y entro, no me siento seguro. En mi cabeza suena la mítica

canción de tensión que suena en las películas, sonrío mientras entro. Dejo mi mochila apartada en el

pasillo y me adentro aún más en el piso.

El juez está sentado en un sillón en frente de su televisor plasma. Que bien viven estos ricachones.

-Hola, soy Kevin- me sorprendo, parezco tímido.

-Hola Kevin, me puedes llamar Héctor. Vamos a ir al grano, ¿para qué has venido?

-Pues la verdad, no lo sé ni yo mismo. Quería pedirle si puede quitar todos los cargos contra mi

hermano y si puede hacer algo por mis amigos.

-Por tus amigos no puedo hacer nada, tu hermano está declarado cómplice, por ayudarte a escapar.

Lo mucho le dan un par de años no te preocupes.

– ¿De verdad no puede hacer nada más? -no quiero llorar.

-No te entiendo, ¿quieres dinero o algo? – me dice con una sonrisa estúpida en la cara- ¿Tus

padres saben lo que haces?

-No- intento no enfadarme-Además, a ti que más te da si tengo padres o no.

-No, tranquilo. ¿Y en los estudios?

-Pues se me da bien, pero no voy al colegio, voy a trabajar para mantenernos-me intento calmar

poco a poco- ¿Por qué lo pregunta?

-Nada, por saber…-se le ve con cara de pocos amigos-Te voy a ser directo Kevin, por lo que me

han contado eres un buen chico, te metes en líos, pero por tu familia, me gusta, sabes defender lo

que es tuyo. Dices que te va bien en los estudios, quisiera ayudarte, pagártelos y darte cobijo.

Me quedo sin aliento. Pero él sigue:

-Por tu familia no te preocupes…

-Soy huérfano, solo tengo a mi hermano y me lo vais a quitar-No quiero derrumbarme, no quiero

derrumbarme-No me quiero separar de él. No sé qué se trae entre manos, yo solo he venido para

que mi hermano no se vaya al talego.

-Verás, como ya te he dicho antes, solo serán dos años- Se cree que así me va a calmar, me río.

– ¿Qué quiere de mí?

-Te puedo dar un futuro.

-No me imagino un futuro sin mi hermano, sáquele de ahí, sé que usted es un hombre poderoso.

Si lo logra, vendremos y hablaremos.

Me doy la vuelta y me dirijo a la puerta, eso sí, antes me cojo una manzana de desayuno.

***

¿Qué hora es? Salgo de mi cuarto y voy al cuarto de baño. La misma rutina. Justamente hoy, solo

hoy, me pongo a pensar cómo ha cambiado mi vida en estos años. Estoy viviendo en una casa, que,

si no hubiera sido por Héctor, no me podría permitir. Finalmente, el juez Cisneros consiguió sacar a

mi hermano de estar entre las rejas y decidí aceptar su oferta, eso sí, con mi hermano. A mi

hermano le pagó la universidad y está trabajando como arquitecto. Sí, así de fácil. A mí, me

introdujo en el instituto, después a la Prepa y hace un año acabé la universidad, estudiando

periodismo. Me acuerdo, me acuerdo perfectamente del momento en el que dije que cambiaría, que

no sería capaz de seguir con la vida que llevaba. Sé que me daban asco los ricos, estaba equivocado,

ahora que yo soy “uno más” de ellos me doy cuenta de que no nos miraban con desprecio, sino con

pena, pena por saber que algunos de nosotros podríamos tener un buen futuro, pero se supone que

estábamos destinados a eso. Todavía echo de menos esas pachangas con lo del barrio, con Manuel y

Brian… Qué habrá sido de ellos.

Saco las llaves del coche y me dirijo a mi oficina. Salgo rápido por la autovía para que no me pille

el tráfico en hora punta. Me faltan quince minutos para llegar y me llama Víctor:

-Dime hermano, ¿qué pasó? – le digo mientras pongo el manos libres

-Tengo la hora del almuerzo libre, ¿vamos a un chifa? – Me parece raro.

-Sí, claro. Te recojo a las 14.00 en tu casa.

Me acomodo en el mi silla y comienzo a escribir sobre el tema del día.

Creo que llego tarde, acabo de salir de la oficina y son las 13:55. Mientras estoy en el coche me

acuerdo de Héctor, está mayor ya, y tiene problemas de salud. Quién diría que él podría haber

ayudado a unos chavales sin recursos.

Por fin recojo a mi hermano y decidimos ir al chifa que está al lado de nuestra antigua casa. Si

fuéramos ricachones, en el barrio ya nos habrían asaltado, pero como nos conocen, eso se convierte

en una ventaja. Mientras comemos, me llega un WhatsApp, es de la mujer de Héctor.

-Hola Kevin.

-Hola, ¿ocurre algo?

– Le acaba de dar un infarto a Héctor, se lo acaba de llevar una ambulancia.

Me quedo shock o con la cara descompuesta, porque mi hermano me pregunta qué pasa. Le cuento

lo que ha pasado y él también se queda anonadado. En un momento, nos miramos a los ojos y

salimos disparados hacia mi coche.

Llegamos al hospital y preguntamos por el señor Cisneros, planta 3. Subimos el ascensor en un

profundo silencio, sin pensar si quiera en lo que puede ocurrir. Se abre la puerta y veo a Isabel, la

mujer de Héctor, con las manos tapando su cara junto al médico de guardia. Siento como algo

dentro se desgarra poco a poco. Me acerco donde ella mientras que mi hermano se queda en la

puerta del ascensor. Me mira y se echa sobre mis hombros, lo que me esperaba es cierto. La

consuelo y busco a mi hermano con la mirada pero no está. Me siento inundado por un sentimiento

de dolor y angustia, siento que me fallan las piernas y dejo que la oscuridad se apodere de mí.

Han pasado cinco días desde que Héctor se ha ido y me acaba de llegar un paquete de parte de

Isabel. Es un periódico en el que sale un artículo mío hablando sobre Víctor y sus edificios más

exitosos. En ella hay pegada un posit, en el que pone:

– Chicos ya estoy en las últimas, lo noto. Mis hijos todavía son pequeños, quizás

tengan lo misma edad de cuando vosotros llegasteis a mi mundo, y quiero, como yo

hice con vosotros, que les eduquéis, me da igual el método. Os pido esto porque

estoy orgulloso de vosotros y sé que todo lo que os he enseñado se lo sabréis

aplicar. Víctor, no olvides que las mejores construcciones son las que no se planean;

Kevin, recuerda que tu relato más importante está por escribir.

Héctor Cisneros

Me doy cuenta de que es lo que quería para nosotros, una buena educación no una buena vida.

Voy a seguir su última petición, y será a lo grande.

Me llamo Kevin, soy huérfano…

 

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