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UN PROBLEMA FANTÁSTICO

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Una agradable calidez en el rostro despierta a una bella muchacha a primera hora de la

mañana. Sin embargo, cuando la reina abre lentamente los ojos, descubre que no son los rayos

del sol los que han interrumpido su sueño. Imposible. Ni un solo rayo de luz entra por la

ventana, bien podría haber sido de noche aún.

– Majestad. Tenemos un problema.

Elisabeth con su habitual sonrisa, hoy menos luminosa, la zarandea suavemente.

– Ya me voy dando cuenta – responde la reina levantándose rápidamente.

Mira por la ventana, su cara refleja preocupación. Su maravilloso reino, normalmente brillante

y lleno de vida, se ve sumido en la tristeza. El cielo azul intenso se ha teñido de un tono gris

apagado, las flores multicolores lucen mustias en los terrenos de palacio y las infinitas

praderas allá en el horizonte, hoy amarillentas, están secas.

Elisabeth le tiende un vestido corto con capas verde pistacho y en el mismo momento en que

la reina se lo pone, su pelo y sus ojos adquieren exactamente el mismo color.

– Puedo terminar de vestirme sola. Necesito que Lord Owan redacte cartas a mi nombre

avisando a todos y cada uno de los representantes de los pueblos del reino y los

convoque a una reunión urgente. Que envíe a todos los mensajeros, no podemos

perder tiempo. Deben partir aprisa. Mientras, baja a las cocinas y avisa que tendremos

multitud de invitados. Que las demás doncellas preparen habitaciones. Quiero hablar

con todos los druidas posibles, a ver si alguno tiene explicación de lo que está

sucediendo…

– Majestad… Discúlpeme… Pero no será necesario… Los grandes jefes y sus respectivos

guardias han ido llegando a lo largo de la madrugada. Ya están esperando en la sala del

trono.

– Está bien. En ese caso, ve a comunicarles que en unos minutos les recibiré. Pero sigo

queriendo consultar a los sabios druidas.

La reina estaba asombrada. ¿Había sido ella la última en enterarse de lo que quiera que

estuviese pasando? Pero ¿qué estaba pasando? ¿Habría alguien enfadando a Naturaleza?

¿Quién habría sido el ingenuo?

Se engarza las tiras verdes por entre los dedos de los pies, alrededor del tobillo y las piernas

hasta atarlas por detrás de la rodilla. Al contrario que los gnomos de la montaña, ella no

necesita calzado. El suelo del castillo está lo suficientemente limpio. Resiste el intento de

mirarse al espejo para comprobar su apariencia. Si lo hace encontrará imperfecciones y no

tiene tiempo de corregirlas.

A paso ligero, pero sin correr (¡es de la realeza!) se dirige varias plantas más abajo, a la sala del

trono. Al aproximarse, oye el barullo de múltiples conversaciones y muy variadas. Pero al

acercarse, disminuyen; y en el momento en el que hace entrada en la sala ya no se oye nada.

Lord Owan, un hombre de mediana edad, con un traje violeta perfectamente planchado, los

zapatos (innecesarios) relucientes y el pelo castaño, ni uno solo fuera de lugar, la toma de la

mano y la dirige hasta el fondo de la sala. En el preciso instante en que llega al trono y se da la

vuelta, todos los presentes que se habían mantenido firmes mientras la reina pasaba delante

de ellos se arrodillan de repente como si esto fuera su único objetivo en la vida. Excepto el

gigante marino para quien tener un espacio limitado, la acción resultó bastante complicada.

Sin embargo, a la reina le parece divertido y no puede reprimir una sonrisa agradecida por

quitarle dramatismo al asunto.

Cuando ya todos vuelven a estar incorporados, un hombrecillo de aspecto bonachón con una

gran barba blanca y una sonrisa triste en el rostro es el primero en dar un paso adelante y

volviendo a inclinarse deja oír su voz:

– Mi reina. Lamentamos habernos presentado tan de improviso, pero al parecer todos

coincidimos en que la situación lo requiere. Estamos aquí hoy…

– Creo que es obvia la razón de nuestra presencia, don Remualdo. – una mujer mayor,

pero aún bellísima, parece estar impacientándose con la reunión cuando ésta apenas

ha comenzado.

– Discúlpeme, Madame Isis, por molestarla con mi palabrería, pero me pareció lo

suficientemente importante informar a NUESTRA REINA de la oscura amenaza que

acecha SU REINO y preguntarle A ELLA que es la que TIENE EL PODER qué cree que es

lo mejor para SU PUEBLO.

Por alguna razón el joven líder de los gnomos pone mucho énfasis en remarcar ciertas palabras

que provocan que la Gran Bruja encolerice. Bien era sabido por todos que antaño Madame Isis

había sido la causante de una guerra terrible por la corona contra la abuela de la actual

soberana. La reina, aunque no soporta las disputas, no se molesta en pararla pues le está

resultando extrañamente satisfactoria. Además, tendría que darle la razón a don Remualdo y

sabe que no es conveniente hacer enfadar a alguien que ya le va a dar suficientes problemas

de por sí a la hora de llegar a un consenso, como puede ser Madame Isis.

Situada al principio de la sala, en la charca que conecta con todos los mares y océanos, ríos y

lagos del reino mediante corrientes subterráneas, para que todos los seres acuáticos puedan

tener una audiencia con la reina cuando lo necesiten, Attina decide que la mejor forma de

continuar con el tema principal es interrumpir sin más. La gobernadora del pueblo sumergido

de las sirenas carraspea levemente y vuelve a hacer un intento de comenzar otra vez, lo cual la

reina agradece en silencio.

– Alteza. El caso es que hay algo o alguien totalmente desconocido que representa un

grave problema para todos nosotros. La infinita belleza del reino se ha visto afectada…

– Eso no es una cuestión de vida o muerte – reprocha una vocecilla entre la multitud.

– …pero no es eso lo que nos desasosiega. …

– Ya decía yo… – repitió la misma personita.

– … Aunque amamos el esplendor de nuestras aguas y tierras. Lo verdaderamente

preocupante es que al morir las plantas y oscurecerse el sol, los cultivos terrestres

morirán, mi señora …

– Como si tú supieses de granjas…

– … los animales pasarán hambre, y por lo tanto el resto de criaturas también sufrirá. …

– Ya… Ya… Estoy de acuerdo con todo pero, ¿por qué te muestras tan afectada por algo

que en realidad no te… afecta? – el propietario de la vocecilla fastidiosa resulta ser un

pequeño duende de jardín que avanza entre un general fantasma y un gran ogro de las

cuevas, sin ningún tipo de cuidado, como si no fuesen más que hormigas. – Es decir,

¿qué sabrás tú de todos esos problemas “terrestres”? Tú que no has cultivado una

lechuga en tu vida… que no sabes ni cómo es el pelaje de un simple perro al tacto…

que no has tratado con la mayoría de las criaturas aquí presentes porque no son

marinas…

Se hace evidente que la sirena se enfurece a cada palabra que pronuncia el duende y cómo

éste disfruta de cada momento de rabia de ésta. Pero no son solo unos pocos observadores los

que se percatan de que Attina está a punto de estallar de un momento a otro.

– ¡Attina!

Por fin, la reina sentencia que ya ha habido suficiente espectáculo y decide que ha llegado su

momento de intervenir. Todos los presentes parecen entender la idea a la perfección y ni el

más imponente ser de la sala se atreve a moverse estando su soberana enfadada como está.

– Visto que el diálogo voluntario y espontáneo no está dando resultado, lo cual me

parece vergonzoso por parte de un grupo de personas que considero civilizados, –

todos los presentes sospechan que van a recibir una reprimenda por parte de su reina,

incluso Lord Owan se acerca un poco al trono por si se requiere su intervención en un

caso crítico, – nadie hablará si yo no lo permito. Así evitaremos faltas de respeto entre

los diferentes pueblos aquí presentes.

Algunos asienten brevemente, demostrando así estar de acuerdo, otros mantienen la cabeza

gacha avergonzados y otros se lanzan miradas despectivas; pero ninguno se atreve a hablar.

– Estando tan claro el concepto comprobemos si de verdad todos los presentes sois lo

suficientemente maduros como para llevarlo a cabo.

A pesar de que no dar un sermón, la reina está increíblemente irritada y a nadie le queda

duda. Un hombre alto, encorvado, muy mayor, con una barba blanca excesivamente larga y

una túnica decorada con hojas, ramas e incluso alguna flor, apoyándose en un largo bastón de

madera oscura avanza dificultosamente hasta estar lo más cerca posible de la reina. Su voz ya

no le permite hacerse oír como antes.

– ¿Majestad? – Pregunta cautelosamente el hombre.

– Adelante querido mío, estoy ansiosa por escuchar lo que un hombre sabio de verdad

tiene que decirme – responde la reina lanzándole una mirada mordaz al duende.

– Mi señora, estáis en lo cierto casi completamente. Nadie ha hecho enfadar a la Madre

Naturaleza, lo que sucede es que la están matando. Hay unas criaturas desconocidas

para la mayoría de los que nos encontramos aquí hoy, que son los responsables de lo

que les ocurre a vuestras tierras y, por lo tanto, a vuestro pueblo.

Incluso una soberana tan imponente como ésta no es capaz de frenar los murmullos de

preocupación que surgieron. En parte les entiende, cree saber quiénes son esas criaturas que

están dañando tanto su reino y no le gusta lo que podría suceder. Como tampoco le gusta la

idea de que el druida pueda saber en qué piensa sin habérselo siquiera mencionado.

– No puedo mencionaros mucho más sobre este tema, alteza. Y mis razones tengo.

Espero que lo comprendáis y aceptéis.

– Lo comprendo y acepto, druida. – explica la reina con una pequeña sonrisa. –

Agradezco tu colaboración y aunque desconozco las razones por las que no compartes

toda tu información, confío en que serán suficientes.

El druida hace una breve inclinación de cabeza, pues su cuerpo ya no le permite mucho más, y

retrocede mezclándose de nuevo entre la multitud. Pero a la reina aún le queda una última

duda que resolver antes de comunicar sus sospechas. Al llamamiento de “¡Camellia!” una

pequeña ninfa de cabello color de rosa suelta un leve gemido y se acerca volando con sus

pequeñas alitas hasta casi los pies de su reina.

– Ma-majestad… Mi señora… A-alteza… Yo…

– Tranquila, pequeña. Solo quiero hacerte un par de preguntas para saber tu opinión- A

la reina casi le hace gracia la pequeña Camellia.

– Por supuesto, alteza, responderé con mucho gusto y lo mejor que pueda.- la pequeña

ninfa ya está algo más tranquila pero, aun así, sus alas baten frenéticas por los nervios.

– Vosotras, ninfas, que vivís en la profundidad de los bosques. ¿Podéis contarnos más

detalladamente los “síntomas” de esta… esta… enfermedad que afecta a vuestros

bosques?

La pequeña ninfa se ruboriza, su piel se vuelve del tono del tronco de un robusto árbol, incluso

con el veteado característico y su pelo semeja las hojas, al darse cuenta de repente de que

todos están pendientes de lo que está a punto de contarles.

– Claro que sí, mi reina, a ver… Veréis… Eh… Uf… – la pobre Camellia apenas puede

hablar de puro miedo. – Si es cierto, majestad, que las ninfas habitamos en lo más

profundo de la naturaleza, pero nadie lo conoce mejor que las hadas, mi señora, y

nadie mejor que vos, la más poderosa de todas ellas para saber lo que le sucede a

Naturaleza.

– Yo ya tengo mi propia opinión al respecto – la atención de todos las criaturas aumenta

incluso más – pero escuchar segundas y terceras opiniones también es una buena

forma de considerar a los demás.

Camellia suspira, toma aire lentamente y vuelve a empezar.

– El bosque ha disminuido considerablemente: en el límite aquí y allá nos encontramos,

únicamente, tocones de lo que fueron inmensos robles. El aire está envenenado.

Creemos que es lo mismo que ha creado esta nube negra en el cielo. Y los árboles que

quedan no dan a basto para purificarlo. El suelo está sucio. Hay extraños objetos

tirados, como algo para envolver pero muy pequeño y sucio. Y nos hemos visto

amenazados por tres incendios en un corto espacio de tiempo. Los animales también

sufren…

– Es suficiente.

La pequeña ninfa hace una reverencia que casi toca el suelo con la nariz y retrocede

tímidamente. La reina no está contenta. Lo que ella se temía. Se pone en pie y al segundo se

hace el silencio definitivo y todos se ponen firmes para recibir las noticias de su señora.

– Queridos míos: He de hablaros de esas criaturas que ha mencionado el druida. Sé lo

que son. Sé lo que hacen. Pero necesito vuestra ayuda para averiguar cómo

detenerlos. También sé que no os va a gustar. Como Camellia ha dicho, es gente que

no le importa acabar con la vida de aquello que destruyen para conseguir su propio

bien. Destrozan todo a su paso. Y lo peor no es eso. Lo peor es que no se dan cuenta

en su momento, y cuando lo hacen, piensan que ya es demasiado tarde, que ya nada

pueden hacer y no se preocupan de no repetirlo porque siguen necesitándolo.

Camellia tampoco va mal encaminada cuando habla de un aire envenenado y de unas

horribles nubes negras; también es cosa suya y no parecen darse cuenta tampoco. Soy

consciente de que no suena muy bien. Nada bien. Siento que sean tan malas noticias,

pero es justo para vosotros saber la verdad.

La reina hace una pausa. Ella misma siente que si no reanuda su explicación no será capaz de

seguir. Sin embargo, esta mínima pausa es más que suficiente para dar lugar a los murmullos

preocupados, de nuevo. La reina se ve obligada a levantar las manos para restablecer el orden

y poder continuar.

– Majestad. ¿Qué criaturas son esas? – pregunta educadamente pero con voz

temblorosa un troll minero.

Y a la reina ya no la queda más opción que responder:

– Los llaman humanos.

 

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