Una vacaciones distintas

Por fin han llegaron las vacaciones de verano, se acabaron los madrugones, las clases, el estudio y los tan temidos exámenes, ahora tocaba disfrutar de lo lindo.

Tres amigos viajaban en un tren, habían decidido emplear el tiempo estival en recorrer su provincia y conocer, palmo a palmo, sus localidades, sus paisajes, sus fiestas, su gastronomía…, estaban preparados para ello. La vieja tienda de campaña de la madre de Martín serviría para sus propósitos y, todo el curso escolar ahorrando las propinas, haciendo tareas extras y vendiendo sus cómics favoritos había contribuido a tener una buena cantidad de dinero para pagarse las comidas, los billetes de tren, los campings e incluso algún imprevisto.

  • Parece mentira que ya haya terminado el curso. Ahora los días son más largos aunque pasan muy deprisa. Dijo Lucas

Sus dos amigos, Alicia y Martín se echaron a reír. Lucas siempre veía el vaso medio vacío.

Alicia sacó el mapa que tantas veces había desplegado soñando con el día de inicio de su aventura. Entre los tres decidieron que la primera parada iba a ser la zona de Cabañas, allí disfrutarían de la reserva del Sarmiento, del puerto de Las Palomas, de las casonas montañesas de Barcenítas, del río y sobre todo de la naturaleza en estado puro. Sus pensamientos iban de la realidad a la fantasía por momentos, imaginándose lo que les deparaba el futuro.

  • Chicos, chicos, preparad las cosas, esta es nuestra estación. Hemos llegado a Cabezudos, desde aquí tendremos que coger un autobús hasta nuestro destino, Tazón de Cabañas. Dijo Alicia entusiasmada, imaginando cómo iba a ser su campamento por unos días.

Los tres cogieron sus equipajes y bajaron del tren. La aventura comenzaba.

Después de un corto recorrido por la carretera que va hacía Reineta llegaron a su destino. Se instalaron al lado de las viejas escuelas. ¡Qué pena! Pensaron los tres en silencio. Están en ruinas y en un estado lamentable, alguien debería de hacer algo al respecto.

Con mucho esmero montaron la tienda de campaña, metieron sus mochilas dentro y decidieron dar un paseo hasta el río, probablemente se darían un bañito antes de comer.

A las dos estaban de regreso en la tienda, Alicia empezó a preparar unos bocadillos pero, se detuvo al ver que llegaban unos cuantos niños en bicicleta.

  • Hola, dijo uno pelirrojo con la cara llena de pecas. ¿Qué hacéis aquí?
  • Hemos venido a pasar unos días. Estamos recorriendo la provincia y esté ha sido nuestro primer destino. Contestó Martín.
  • Ah, bueno, pensé que quizá veníais a echarnos una mano con la escuela. Este verano nos hemos propuesto restaurarla y utilizarla de biblioteca, salón de juegos, cine…Ya hemos recaudado mucho dinero para ello.

Los tres amigos se miraron y al unísono respondieron que contasen con ellos.

  • Yo me llamo José María. Dijo el pelirrojo.
  • Yo soy Martín, y mis amigos Alicia y Lucas.
  • Yo, Jorge.
  • Yo, Ana.
  • Yo, Juan…

Así se fueron presentando los catorce componentes de la pandilla de las bicicletas.

Todos se fueron a comer y acordaron verse por la tarde para empezar los preparativos de la obra. Contaban con la ayuda de una cuadrilla de trabajadores, ya jubilados, que se habían dedicado toda su vida al ganado y a las pequeñas chapuzas cotidianas: uno era albañil, otro fontanero, otro carpintero y, el último cantero.

A las cuatro ya estaban todos juntos con los planos que habían conseguido del Ayuntamiento y un proyecto que había hecho el padre de Ana de la escuela restaurada. El padre de Ana era arquitecto.

  • Manos a la obra gritó Simón, el albañil. Empezad por retirar todas las piedras y las maderas viejas, luego seguiremos con las hierbas y las ramas.

Día tras día, iban viendo cómo avanzaba su obra. Era una tarea dura, pero estaba dando sus frutos, además, muchos de los habitantes del valle y veraneantes, contribuían con su trabajo o con algún donativo que siempre les venía bien.

Martín, Lucas y Alicia ya no se acordaban de sus planes de recorrer la provincia, habían encontrado un sentido a sus largas vacaciones y además se lo pasaban en grande.

A finales del mes de agosto su obra estaba casi terminada, solamente les quedaba ponerle nombre. Desde el inicio habían cambiado mucho las cosas, ya no iba a ser una biblioteca o un lugar de reunión, iba a ser un albergue para todos los excursionistas que quisieran disfrutar de la zona, de sus bellos parajes y de su naturaleza. Habían hecho habitaciones con literas, cocina, salón e incluso una pequeña zona con juegos y libros.

José María llegó con una carretilla y una enorme losa, entre todos, escogerían un nombre y su obra estaría terminada.

Los chicos se reunieron en la entrada de la escuela y, contemplando su trabajo empezaron a dar ideas. Después de mucho tiempo debatiendo ya lo tenían: Las escuelas del babero, en honor a una congregación religiosa que habían fundado las viejas escuelas.

  • Vaya, qué corto se me ha hecho el verano, con tanto trabajo no hemos tenido tiempo ni de conocer más lugares, nuestros planes iniciales se han venido abajo, pero hemos disfrutado de lo lindo. Dijo Lucas.
  • Es verdad. Apuntó Alicia.
  • Lo bueno de este verano es que el año que viene ya sabemos lo que podemos hacer en vacaciones. Añadió Martín.
  • ¿Qué? Dijeron los dos
  • Pues dedicarnos este curso a investigar dónde hay lugares con edificios en ruinas y prepararnos para restaurarlos en verano. Seguro que contamos con muchas ayudas.

En el tren de regreso a casa, los tres se iban imaginando la aventura que les esperaría el próximo verano. Había muchos sitios en los que hacer cosas como en Tazón de Cabañas y, el esfuerzo, mereció la pena.

G.

 

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