UNA VÍCTIMA LIBRE

Nunca olvidaré aquel día en el que mi mundo cambió, un suceso espeluznante supuso un giro en la vida que llevaba. Era viernes, el mejor día de la semana para cualquier estudiante, y además con fiesta de cumpleaños incluida. Era el aniversario de mi mejor amiga, Carlota, en otras palabras, un día muy importante.

Estaba nerviosa, no sabía que ponerme, si una blusa, un vestido…. Era un  día muy significativo y la ropa era primordial; así que decidí ponerme lo más bonito que encontré; incluso le quité ropa a mi hermana. En definitiva, me puse una blusa preciosa color turquesa que combinaba a la perfección con una falda negra que me había comprado recientemente.

Fui andando a la fiesta y de camino me iba encontrando con más amigos que estaban invitados. Cuando llegamos, nos escondimos todos porque se trataba de una fiesta sorpresa y esperábamos la llegada de Carlota que, como buena homenajeada, se hizo esperar.

Eran las diez de la noche en el momento en el que  por fin llegó Carlota. Nunca olvidaré su cara de emoción, lo habíamos organizado tan bien que no había ni sospechado, tan solo se esperaba una tarde tranquila de cumpleaños, pero la habíamos preparado la fiesta del año, aquella que nunca olvidaría.

Las horas pasaban y llegó el momento de los regalos. Yo le había comprado un colgante de oro con su nombre grabado que iba a juego con una pulsera. Fue lo que más le gustó; aunque también la obsequiaron con pendientes, maquillaje, ropa, etc.

Nos lo estábamos pasando muy bien, la fiesta era muy divertida, Carlota se quería quedar un rato más, pero yo estaba muy cansada, me encontraba algo mareada. En un principio pensaba quedarme a dormir en casa de Carlota, pero la fiesta no acababa, por lo que decidí pedirle el favor a un amigo que me acompañase a casa. Si algo me habían insistido mis padres era en no volver sola porque temían que me pasase algo. Insistieron que ahora las mujeres no podíamos ir solas, ya que habían aumentado los ataques, principalmente por la noche. Siempre me decían lo mismo y me resultaba pesado, así que cuando me dijo que solo me podía acompañar a medio camino, pensé que era suficiente.

Había llegado ya la mitad del camino y me despedí de amigo. Seguí caminando por la calle, a medida que pasaba el tiempo sentía que alguien me perseguía, aunque cuando miraba hacia atrás no podía apreciar a nadie. Estaba paranoica y empecé a acelerar. Sin embargo, no sirvió de nada. Apenas me quedaba una manzana para llegar a mi casa, cuando, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, apareció un hombre. De aspecto parecía amable y se ofreció a acompañarme a casa. Rechacé su oferta y empezó a perseguirme. No había pasado ni un minuto cuando me forzó y me agredió.

Lo que me estaba sucediendo parecía no tener fin. Al principio, intenté defenderme y gritar, pero la calle estaba desierta y nadie pudo escucharme. Además, me pegó en ese instante y casi me dejó sin conocimiento. En el momento en que se fue, me costó reaccionar y levantarme, pero en cuanto me di cuenta de lo ocurrido, corrí hasta mi casa, entré, me metí en la cama y me eché a llorar. Me sentía sucia, todos mis sentimientos eran de culpa, no dejaba de recordar las palabras de mi madre de que no volviera sola. ¿Por qué no le había hecho caso? Por un lado, lo que más quería era despertar a mis padres y contárselo, pero, por otro, estaba aterrorizada y sentí que les decepcionaba. Finalmente, decidí esperar y no contarlo. 

Intenté dormir pero no podía, solo me venían imágenes constantes, repetitivas, me estaba volviendo loca. Cuando sentí que mi madre se levantaba, no aguanté más y corrí a contárselo. No paraba de llorar, mi madre no conseguía entenderme, tan solo repetía “soy tonta, soy tonta”. Cada vez nos poníamos más nerviosas, sobre todo mi madre, que empezaba a sospechar que algo malo me había ocurrido. Poco a poco, conseguí tranquilizarme y relatarle a mi madre lo que había pasado. 

Me vi inmersa en un mundo de interrogatorios, pruebas de hospitales, personas que creían que me lo había inventado, otras que decían: “Ella lo iba buscando. ¿A quién se le ocurre ir sola tan tarde y con la ropa que llevaba?”. Algunas, por suerte, se compadecían de mí y me apoyaban en este duro trance, principalmente mis amigos y mis padres. Si no hubiese sido por ellos….

Llegar a conseguir que el agresor pagase por sus actos fue muy duro. La policía tardó demasiado tiempo en conseguirlo y, mientras, tuve que contar la misma historia mil y una veces, un inmenso sufrimiento, además de vivir con el miedo de que volviese a atacarme a mí o a otras mujeres. Y, al fin y al cabo, ¿para qué?, ¿para una condena corta?, ¿para pasarme la vida con el pensamiento de que podrá salir?, ¿de qué podrá hacer lo mismo a más mujeres? El sentimiento de pánico, susto, sobresalto, asco, repugnancia, etc. nunca se supera.

Con la perspectiva del tiempo sí que entendí que no había sido culpa mía. Por la forma de vestir, por la manera de pensar, nadie tiene derecho a hacer daño, NADIE. Vayas sola por la calle o acompañada por mil amigos, sean las tres de la mañana o de la tarde. No solo agreden físicamente, sino también psicológicamente, nos hacen sentir indefensas, que no valemos nada e incluso llegas a creértelo. 

Con la ayuda de mis seres queridos y de psicólogos comprendí que fui una víctima, sí, pero no lo quiero ser toda la vida. Quiero vivir con libertad, vestir como quiera, ir por la calle sola cuando me apetezca, no tener que ir mirando para atrás por si alguien me sigue. En definitiva, no estar condicionada por la única razón de ser mujer.

Sueño con un futuro diferente en el que no haya estereotipos, fundado por la igualdad, en el que no haya discriminación, en el que se trate con la misma dignidad a todos los seres humanos, que nadie se sienta un objeto de usar y tirar, no hay que ser una persona valiente, sino una persona libre. 

Ese es mi motor para vivir, luchar por si alguna vez tengo hijos, que nazcan en un mundo diferente al actual porque entonces sabré que toda la lucha y movimientos sociales existentes no han sido en vano. Sin embargo, sensación en estos momentos es que nada funciona y, por desgracia, cada nueva víctima me produce sentimientos de frustración desmesurada.

Woolf.



 

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