Una vida de película

Era de noche, una noche tranquila y solitaria, pero aunque fuera una noche apacible, el duro invierno que llegaba se notaba en las calles de Greenwood, una localidad al suroeste de Canadá cerca de Vancouver, y en la cual estuve viviendo durante mis estudios de empresariales.

Yo era una persona normal, alegre, carismática y dicharachera, tenía una familia que me quería y unos amigos que me acompañaban día tras día. Básicamente, era feliz, aunque a veces sentía un profundo vacío en mi interior y no entendía por qué. Mientras caminaba por las insólitas calles de Greenwood, entré en un bar, era pequeño y subterráneo pero con un gran ambiente familiar. Allí es donde conocí a uno de mis mejores amigos, Bill, un chico divertido y apasionado del cine que, mientras estudiaba arte dramático, tenía el gran sueño de hacer su primera película y de trabajar con actores de la talla de Tom Hanks o Matt Damon. Bill y yo vivíamos juntos en un cuchitril cerca del bar junto con Josh, un estudiante de Derecho al que no le importaban los estudios, sino salir de fiesta noche tras noche y beber alcohol. Bill y yo intentamos conseguir un sitio más grande y con mejores condiciones, pero nuestras posibilidades económicas no nos lo permitían y nuestros padres tenían suficiente con darnos un poco de dinero al mes para poder comer y pagarnos los estudios.

De camino a casa, veía a la gente riendo y sonriendo, se les notaba felices y contentos, sin embargo, yo no me sentía igual y eso me hacía pensar sobre mí mismo. Para mí pensar era una bonita práctica, pero, si no consigues el objetivo de tu pensamiento, puede llegar a ser bastante frustrante. Eso me ocurrió aquella larga noche, en la cual me quedé despierto durante horas debido a que en determinados momentos no me sentía bien, me sentía entristecido y como si me faltara algo. A la mañana siguiente, me desperté tarde, mis compañeros ya no estaban y no había clase porque era sábado, así que después de asearme y de vestirme recogí la habitación y me marché. Como siempre, bajé las escaleras y saludé a la señora Harold, una entrañable anciana que todos los días a la misma hora se sentaba con su silla al lado del portal porque decía que le gustaba ver pasar a la gente. Nada más salir, me di cuenta de algo, al ver el rostro de aquella señora comprendí por qué en algunos momentos sentía un gran vacío en mi interior: no estaba disfrutando mi vida y no estaba entendiendo su verdadero sentido. Aquella anciana lo disfrutaba de verdad por eso cada día se sentaba a mirar y a pensar, ella pensaba en su vida, en cómo la vivía y en cómo la vivió y eso me ilusionaba y me hacía afrontar la vida con más entusiasmo.

Luego decidí no salir, así que me di media vuelta, volví a subir las escaleras y esperé a los chicos hasta que volvieran porque después habíamos quedado con unos amigos en el bar de al lado para tomar algo y relajarnos de los estudios. Cuando Bill y Josh volvieron, comimos en el comedor y nos preparamos para salir. Después de dar unas vueltas por la ciudad, fuimos al bar donde se encontraban todos los demás, habían reservado una gran mesa redonda en la cual podíamos comer y charlar todos. Estuvimos hablando sobre los estudios y sobre diversos temas aunque yo con quien más hablaba era con Bill, él era con quien mejor me llevaba teníamos mucha conversación.

Después de cenar, nos levantamos todos a la barra y pedimos unas cervezas, yo no bebía y todos me presionaban para que bebiera un poco, al final no tuve más opción y lo hice. Al principio solo íbamos a quedar para cenar y tomar algo, pero la gente iba bar tras bar y botella tras botella y yo les seguí como un patético, porque sí, yo también bebí, no solo una, ni dos, ni tres, bebí hasta emborracharme por completo y eso fue el mayor error que cometí en mi vida. Después de eso ya nadie podía sostenerse por sí mismo hasta que al final, me sucedió lo inesperado, mientras vagamos por las avenidas de Greenwood de vuelta a casa, en un gran despiste a causa de mi embriaguez, me tambaleaba hacia los lados del pavimento cuando me caí y un solitario camión se aproximó fugazmente; en ese concreto y conciso instante, miles de cosas se me pasaron por mi cabeza: mi familia, mis amigos, mi vida aquí, en Greenwood, también pensé en Bill pero sobre todo pensé en aquella grata señora, en la cual encontré lo más importante que haya podido encontrar en este viaje, que la vida había que disfrutarla y admirarla, vivirla como si cada día fuera una vida y había que vivirla con unos compañeros de viaje que siempre te acompañaran.

Recordé esto cuando ese camión me atropelló, cuando el conductor se bajó del automóvil y al verme se dio a la fuga, cuando al observar mi dolorido cuerpo veía la sangre que se derramaba, cuando me transportaban en ambulancia al hospital, cuando una vez dentro veía en el techo cada foco pasar velozmente, cuando observaba a los médicos angustiados mientras otros me trataban, cuando me iba desvaneciendo cada vez más y más, cuando yo ya no estaba, y ahora. Y aunque mi vida no haya sido muy extensa, la he vivido adecuadamente, porque esta es mi vida, la vida de Paul Mcgregor.

Cay.

 

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