Veneno para la sociedad

Arsénico se despertó con el cuerpo empapado de sudor y entre terribles mareos. Se levantó de la cama dispuesto a asearse y se tomó una pequeña dosis de Evocatia, que según los expertos, duplicaba el rendimiento mental y físico sin efectos secundarios. Era uno de los muchísimos avances del siglo 24, que sin duda facilitaba la vida; sin embargo, Arsénico seguía muy nervioso porque aquel día marcaría el resto de su vida.

La sociedad se dividía en cuatro estratos sociales: los Gases Nobles, que eran la élite social y los más minoritarios destinados a gobernar. Estos no se podían relacionar con los demás grupos pues se consideraba algo ofensivo y aborrecible que iba en contra de las leyes de la naturaleza; ningún gas noble se relacionaba con nadie que no fuera gas noble porque, de lo contrario, debería ir al Centro de Limpieza Interior Intensivo. El segundo grupo eran los No Metales, que constituían el 20% de la población, variaban mucho en su apariencia y no eran lustrosos, aun así, eran la segunda clase más importante; la tercera clase eran los Semimetales o Metaloides, un híbrido entre los No Metales y los Metales, la última y predominante clase (en cuanto al número) que se dedicaba a los trabajos más duros. Los Semimetales constituían un pequeño número ya que se estableció una ley que prohibía las relaciones entre Metales y No Metales. No obstante, los Semimetales no estaban mal vistos; Arsénico pertenecía a este último grupo. Poseía unas características parecidas a los Metales en cuanto a fuerza y altruismo y parecidas a los No Metales en cuanto a apariencia y clase.

Y era el día en el que iba a encontrar su trabajo ideal acorde con sus características ya que acababa de cumplir la mayoría de edad, pero si no se ajustaba a ninguno en concreto, volvería a la Sala de Estudio del Comportamiento Humano, algo terrible y necesario, según tenía entendido.

Arsénico respiró hondo y se colocó frente al espejo repitiendo: «Soy un Metaloide o Semimetal, soy un Metaloide o Semimetal…» hasta que se calmó. Después, salió de su domicilio con paso decidido. Era un día tranquilo, con el cielo blanco impoluto, las calles blancas, los edificios blancos y los árboles convertidos en estructuras de platino con formas geométricas perfectas (que hacían la misma función que los de verdad). Arsénico llegó al Centro de Empleos Altamente Adecuados -casi de forma automática-, el edificio más alto de la ciudad londinense, que administraba todos los trabajos. Allí se encontraba un hombre esbelto y trajeado que le esperaba con una amplia sonrisa. Era un No Metal.

– Buenos días Arsénico. Comenzaremos la visita en la planta 35 y yo te guiaré. Me llamo Carbono aunque puedes llamarme por mi nombre de pila si te resulta más fácil.

El nombre de pila era la letra del elemento químico al que pertenecía.

– De acuerdo «C».

– Señor «C» para ti. No olvides que estoy una clase por encima de ti -y volvió a mostrar una amplia sonrisa.

– Disculpe, Señor C.

Subieron en un ascensor de cristal al piso 35, la planta de los Metaloides según le había explicado Carbono. Una vez allí, le condujo por los angostos y blancos pasillos explicándole el funcionamiento de la planta.

– Como ya sabrás -decía-, eres un Semimetal, Arsénico, lo que implica que durante tu formación un porcentaje de esta piedra, el arsénico, fue disuelta en el líquido amniótico de una probeta y tras 9 meses naciste tú -volvió a sonreír de una forma realmente aterradora, probablemente a causa de una sustancia llamada Esmail que te hacía sonreír todo el rato.

– ¿Cuándo tendré que realizar las pruebas? -preguntó el joven con firmeza y serenidad.

– Muy pronto, no hay por qué angustiarse.

Se dirigían a la sala donde se le realizarían las pruebas de accesibilidad a todos los trabajos «metaloidianos» cuando, de pronto, una figura delgada apareció ante la puerta. Era una chica joven, con el pelo castaño recogido en una coleta alta, ojos violáceos y una hermosa -aunque hipócrita- sonrisa. Miró a Carbono y Arsénico con curiosidad. Sus rasgos faciales eran perfectos, propios de la clase elitista. Solo podía ser un gas noble.

– Buenos días señorita Xenón -dijo Carbono-, ella es nuestra supervisora, tenemos la suerte de contar con un gas noble con nosotros. Él es…

– Arsénico – terminó Xenón con una voz dulce-. Se le ve en los ojos.

– Otra vez has acertado -sonrió Carbono-, es una de sus muchas cualidades. Tan joven y tan inteligente.

– Exageras Carbono, bueno he de irme. Un placer. Se alejó por los blancos pasillos hasta desaparecer en otra sala.

– Es increíble, ¿verdad? -comentó Carbono con su amplia sonrisa.

– Eh… sí, sí -convino Arsénico sin desviar la mirada de la gas noble. Se había puesto nervioso de nuevo a pesar del Evocatia que se había tomado. ¿Qué le ocurría?

– Bien, ahora vamos a hacerte las pruebas. Relájate.

Entraron en la sala de la cual había salido Xenón. Era una habitación diminuta y apenas iluminada, con una sola silla blanca en el centro. Carbono ordenó a Arsénico que se sentara en ella y que aguardara. Éste obedeció, se sentó y cerró los ojos. Lo único que debía hacer, una vez sentado en la silla, era relajarse para que pudieran entrar en su subconsciente y así poder encontrar sus mejores habilidades, sus miedos, información relevante sobre su vida y todo aquello divergente para poder controlarlo y erradicarlo de raíz.

Pasaron cuarenta minutos antes de que Arsénico despertara del «experimento». Carbono le informó de los resultados.

– Arsénico, símbolo As, semimetal… no eres alérgico a ninguna sustancia, con buenas capacidades físicas, apto para trabajos de exterior y de interior, sin miedos aparentes… Veo que progresas adecuadamente. Trabajarás como administrativo en el Centro de Transportes de vía férrea subterránea Londinense. Allí tendrás a tu cargo a un centenar de Metales, la verdad, son bastante estúpidos pero son fuertes y trabajadores. Sabrás manejarlos, no sé si sabes a lo que me refiero -sonrió.

Arsénico asintió aunque en realidad nunca llegó a entender a qué se refería Carbono. Descendieron en silencio las 35 plantas hasta llegar a la principal; allí se despidieron. Cuando Arsénico salía por la puerta, se encontró a la gas noble.

– Ya he terminado mi trabajo hoy y me dispongo a ir a mi apartamento –comentó con voz afable-. ¿Qué tal han salido las pruebas?

– Bien… A partir de ahora trabajaré en… el Centro de Transportes de vía férrea subterránea Londinense –respondió con voz titubeante.

– Estoy segura de que es un trabajo altamente adecuado para ti, lo harás bien –recitó instintivamente.

Xenón cruzó el umbral de la puerta para marcharse, pero entonces, Arsénico la llamó.

– Xenón –dijo-, ¿volveremos a vernos en otra ocasión?

– No lo sé Arsénico, todavía no puedo adivinar el futuro, aunque podría hacer unas operaciones matemáticas para comprobar si el grado de probabilidad de que volvamos a vernos es elevado o por el contrario es bajo.

– ¿Te gustaría quedar algún día?

Arsénico ni siquiera sabía por qué aquellas palabras habían salido de su boca. Estaba hablando con una gas noble, la clase social más alta y minoritaria a quien poco le importaba los deseos de un Semimetal o Metaloide. No obstante, Xenón lo miró con curiosidad y parpadeó varias veces como si aquella situación le pareciera realmente extraña y como si las palabras que Arsénico había pronunciado estuvieran en un lenguaje ininteligible e indescifrable. Finalmente dijo:

– Me parece una estupenda idea. Mañana mismo, iré a supervisarte  a tu trabajo.

Y con aquellas palabras desapareció. Claramente, no era lo que Arsénico tenía en mente, él esperaba algo más personal, no una visita al trabajo en la que le iban a calificar. De todos modos, mejor ella que otra persona desconocida.

El Centro de Transportes de vía férrea subterránea Londinense se encontraba a diez manzanas del Centro de Empleos Altamente Adecuados. No tenía nada que ver con lo que esperaba. Le habían asignado un pequeño despacho al lado de las vías y lo único que tenía que hacer era controlar a los Metales que se encargaban del resto.

– Si algún Metal no obedece tus órdenes o se intenta sublevar, solo tienes que apretar este botón –explicó su guía mientras lo señalaba-, echará un gas que los calma al instante; aunque no creo que lo hagan, son muy sumisos.

– ¿Solo tengo que hacer eso? –preguntó con incredulidad.

– Es una tarea que requiere esfuerzo mental y físico ya que la labor de un vigilante siempre es dura y además, requiere sacrificio.

– ¿Sacrificio? Y eso, ¿por qué?

– Es una tarea que los No Metales no podemos realizar ya que hay una ley que nos prohíbe explícitamente tener relación alguna con… ellos –dijo señalando a los Metales a través del cristal del despacho-. No sé cómo se vivía antes sin esta ley –agregó-. Los Gases Nobles son los que gobiernan, no los que vigilan el rebaño y por supuesto, no íbamos a asignar esta tarea a un Metal –soltó una sonora carcajada-. ¿Te imaginas un Metal cuidando a otro Metal? Desencadenaría en una catastrófica guerra. Por eso este tipo de trabajos recae en vosotros.

Después de la explicación de por qué aquello suponía un sacrificio, Arsénico no sabía muy bien cómo sentirse, así que simplemente agitó la cabeza.

– Empiezas hoy mismo –continuó su guía-, espero que esto te haya servido para realizar tu trabajo. ¡Ah! Una cosa más, no te acerques demasiado a las vías del tren, es peligroso.

Tras esta conversación, Arsénico se sentó en su nuevo despacho a inspeccionar a los Metales quienes o bien estaban cargando los equipajes de los pasajeros de clases superiores al tren o  bien desinfectaban el lugar con diversos productos. No era ni un trabajo agotador ni tampoco suponía un gran sacrificio como le había asegurado su guía, sino más bien lo contrario, tenía la sensación de que aquel era el trabajo perfecto para un tonto. Y encima era aburrido, harto aburrido; le sobraba tiempo para pensar.

Arsénico estaba cavilando sobre su nuevo trabajo cuando se percató de que una Metal estaba mirándolo fijamente, con una expresión inescrutable como si no estuviera pensando en nada y a la vez estuviera pensando en todo. Se quedó paralizado esperando a que la Metal se retirara, pero no lo hizo; en su lugar, se quitó las gafas de trabajo y empezó a mordisquearlas a modo de desafío. Arsénico se puso en pie y, a través del cristal del despacho que los separaban, le ordenó con un gesto que se fuera. La Metal permaneció donde estaba hasta que Arsénico hizo el ademán de pulsar un botón para gasearla, momento en el que desapareció. El primer día de trabajo y había estado a punto de gasear a una trabajadora rebelde. Aquello iba a resultar más duro de lo que él había pensado. De repente, alguien llamó a la puerta.

– Soy Xenón –dijo una voz.

– Adelante –contestó Arsénico en un tono alegre.

– Veo que ya has tenido tu primera disputa con esa Hidrógeno –comentó Xenón mientras cerraba la puerta del despacho.

– ¿Hidrógeno? ¿La Metal de las gafas?

– Sí, esa misma. Los Hidrógeno solo tienen un solo electrón en su cuerpo, lo que les hace inestables e impredecibles –suspiró–. No sabes cuánto me alegro de no ser una Metal, la escoria necesaria de la sociedad.

Arsénico se ruborizó, su padre, antes de que aprobaran la ley que prohibía las relaciones entre Metales y No Metales, había sido un Metal desde que nació hasta que pereció, y aquel comentario había herido sus sentimientos; sin embargo, prefirió olvidarlo y cambiar de tema.

– No entiendo cómo puedes averiguar el nombre de las personas con tan solo verlas.

– Es un don de los Gases Nobles, supongo. Hago cuentas matemáticas y análisis de composición en centésimas de segundo.

Xenón comenzó a supervisar, tal y como había prometido, el lugar. Primero, revisó algunas carpetas, después el grado de higiene del despacho, los circuitos eléctricos, la cantidad de gases acumulada en los pulverizadores, la calidad de las vías… así, hasta que por fin terminó.

– Está todo en orden. Si hay algún problema, no dudes en llamarme.

– Gracias, Xenón. Eres maravillosa –dijo con voz ensimismada.

– No hay de qué –sonrió.

Y aquella fue la última vez que Xenón se presentó en su despacho. A partir de entonces, lo único que Arsénico debía hacer era supervisar el trabajo de los Metales cinco horas al día desde su despacho a través de sus grandes ventanales de cristal. Empezaba a dudar que aquel fuera el trabajo más adecuado para él; mirar el trabajo que otros hacían sin poder hacer otra cosa que estar de pie vigilándolos. Pronto se cansó de lo mismo, así que empezó a salir del despacho y hacerles preguntas a Los Metales como su nombre, su edad, algo interesante que les hubiera pasado a lo largo de su vida… al principio, estos le miraban con recelo, sospechando que aquello se tratara de una especie de trampa para enviarlos a algún otro centro o puede que incluso al Centro de Limpieza Interior Intensivo si no respondían correctamente; sin embargo, al cabo de unos días, Los Metales trataban a Arsénico casi como a uno de los suyos olvidando por momentos que pertenecía a una clase superior y Arsénico, por su parte, consiguió aprenderse más de la mitad de los nombres de todos los trabajadores Metales e incluso, entablar amistad con algunos pocos como Osmio, Renio, Calcio, Hierro, Níquel o las gemelas Circonio. No obstante, no todos los Metales le apreciaban, había una Metal que le detestaba y le repudiaba sin motivo alguno; siempre desobedecía sus órdenes y hacía todo lo posible por atrasar el trabajo.

A medida que pasaba el tiempo, Arsénico se olvidó de lo que sentía por Xenón y de que la sociedad se dividía en cuatro clases. Su trabajo no era tan malo como pensaba en un principio. Todos los días hablaba con Hierro o Níquel o les preguntaba a las gemelas cómo les había ido el día o intercambiaba algún que otro chiste con Calcio. Todos los días eran apacibles y tranquilos, todos excepto uno.

Unos estertores aullidos alertaron a Arsénico, que se encontraba en su despacho. Miró a través del cristal y vio que un hombre había caído a las vías del tren y no podía subir. Salió rápidamente para ordenar a un Metal que lo ayudara pero sólo había tres personas: un No Metal que hablaba por teléfono, el propio Arsénico y la Metal llamada Hidrógeno. Esta le miró de la misma forma que le había mirado la primera vez que se encontraron. Arsénico se acercó con cuidado a las vías del tren y descubrió que quien había caído era su amigo Hierro.

– ¡Ayúdale! -le gritó.

Pero no se movió, en su lugar, cogió sus gafas de trabajo y las mordisqueó como el roedor que era. Hierro seguía gritando de dolor.

– ¡Ayúdale! -gritó Arsénico con desesperación.

Pero no lo hizo. Arsénico se disponía a pulsar el botón que echaba gas cuando lo peor que podía ocurrir se hizo realidad. Una luz iluminó todo el lugar y después le siguió el sonido de una bocina. Era el metro. Si nadie hacía nada, el metro arrollaría a Hierro y lo mataría. Arsénico jamás habría imaginado verse en una situación como aquella. Arsénico le lanzó una última mirada a la Metal díscola, que se reía entre dientes ante la angustiosa situación, antes de saltar a las vías a por el Metal herido. Hierro tenía el pie atrapado bajo la vía, pero con una fuerza emergente, Arsénico logró sacarlo de allí, lo impulsó hacia el andén y a continuación saltó justo a la vez que el metro pasaba a gran velocidad. Se habían salvado por poco.

Todavía seguían tumbados en el andén, aturdidos, cuando una multitud de gente apareció para ver lo que ocurría. Arsénico no lograba entender de dónde había salido tanta gente de repente y cómo antes no había más que dos Metales trabajando. Recobró el aliento y ayudó a incorporarse a Hierro que lo miraba asustado.

– ¿Te encuentras bien? –le preguntó al Metal.

Hierro lo miró aun más atemorizado y en lugar de responder, salió corriendo. Arsénico no intentó detenerlo, aunque no entendía la reacción de su amigo. La multitud de gente murmuraba y grababa la escena con sus móviles. Lo tenían rodeado, la mayoría eran Metales, aunque también había No Metales curiosos y algún Semimetal. Pasaron cinco minutos antes de que llegara la Policía Antidesorden y Mantenimiento de La Normalidad.

– ¿Eres Arsénico, símbolo As, Semimetal y administrativo en el Centro de Transportes de vía férrea subterránea Londinense? –preguntó el policía Semimetal.

– Sí.

– Acompáñame.

Dos policías Metales escoltaron a Arsénico, que todavía no entendía por qué ni a dónde le llevaban; sin embargo, prefirió permanecer en silencio hasta que todo aquello se solucionase. Seguro que era un malentendido. Para su sorpresa, los policías le habían conducido a la Sala de Estudio del Comportamiento Humano. Cuando Arsénico se aventuró a preguntar por qué iban allí, nadie le contestó, algo preocupante a su parecer. Entraron en el gran edificio blanco, subieron en silencio 66 plantas y ordenaron a Arsénico que aguardara en una sala pequeña, con una sola silla en el centro. Al poco tiempo alguien entró.

– Buenos días –saludó una voz conocida mientras mostraba su amplia sonrisa.

A pesar de la oscuridad de la sala, Arsénico reconoció a Carbono al instante y se alegró inmensamente de verle.

– Carbono, no sé qué hago aquí. Debe de haber un error, yo no he hecho nada malo.

– Precisamente es por eso por lo que estás aquí, porque no has hecho nada malo.

–  No entiendo… –respondió Arsénico confundido.

– Hemos oído que habías… entablado amistad con ciertos Metales, ¿es eso cierto?

– Sí.

– También hemos oído que hoy mismo un Metal cayó a las vías del metro y tú te lanzaste a socorrerlo, ¿es eso cierto?

– Sí, todo eso es cierto, aunque no entiendo el problema.

– Verás, eres un Semimetal y 100 Metales estaban a tu cargo, 100 Metales estúpidos pero necesarios. Y si en vez de 100 Metales trabajaran 99 Metales, nadie notaría la diferencia… sería un pequeño daño colateral, pero jamás te arrebataríamos el trabajo por ello. Siempre hay pequeños incidentes.

– ¿Pequeños incidentes? Hablas de la vida de una persona como si no valiera nada –le recriminó Arsénico ruborizándose.

– Claro –agregó Carbono sorprendido por la reacción de este-, es que no vale nada… Espera… entonces, cuando te lanzaste arriesgando tu vida para salvar la de un simple Metal, ¿lo hiciste a propósito?

– Sí –respondió Arsénico con decisión.

– Eres un Semimetal, no deberías… En fin, he de irme.

– ¿Qué pasará conmigo?

– De momento, quédate aquí.

Carbono salió de la sala lívido y sin la sonrisa que solía mostrar. En una sala paralela le esperaban Xenón, Hidrógeno, otro Gas Noble llamado Kriptón y un Semimetal llamado Boro. Carbono se dirigió a Hidrógeno.

– Gracias por avisarnos de este comportamiento, debemos eliminarlo y evitar que empeore.

La Metal mordisqueaba sus gafas orgullosa de su gran hazaña y Carbono disimuló el desprecio que la tenía con una especie de sonrisa. A continuación, le agradeció su ayuda y la despidió, a pesar de que ésta quería quedarse con ellos.

– Una Metal que se quiere hacer pasar por Gas Noble, son los peores –comentó Kriptón mientras Hidrógeno salía por el pasillo-. Terriblemente inestables.

– Ya sabéis por qué estáis aquí –comenzó Carbono sin miramientos-, ya habéis oído a la Metal y al propio Arsénico… tenemos que decidir qué hacer con él, esto no puede seguir así.

– Tienes toda la razón –le apoyó Kriptón.

– Boro, tú eres un Semimetal, ¿puedes entender el comportamiento de Arsénico?

– No, Señor C –contestó–. Los Metaloides o Semimetales normalmente actuamos con normalidad intentando imitar a las clases más elitistas como los No Metales o los Gases Nobles. Jamás había conocido a nadie que pudiera y quisiera salvar a un simple Metal arriesgando su vida.

– Eso es todo lo que necesitábamos oír. Gracias por tu colaboración Boro, puedes volver a tu puesto de trabajo –concluyó Carbono–. Señorita Xe, señorito Kr, tenéis la última palabra, ¿qué deberíamos hacer con Arsénico?

– No me puedo creer que haya hecho eso –intervino por primera vez Xenón.

– Aun así, lo ha hecho y debemos hacer algo al respecto, de lo contrario, nuestra credibilidad y superioridad perderían peso.

– Tienes razón –convino Xenón pensativa.

– ¿Qué creéis que sería lo mejor para la sociedad? –preguntó Carbono.

– Lo que ha hecho es muy grave –se produjo un largo silencio–. Creo que deberíamos terminar con su existencia.

– ¿Matarlo? –se escandalizó Xenón.

– ¿Qué otra posibilidad queda? –preguntó Kriptón.

– Podríamos ingresarlo en una habitación de la Sala de Estudio del Comportamiento Humano y esperar a obtener los resultados –aportó Carbono.

– Sería en vano.

– Puede que estés en lo cierto Kriptón. Recuerdo que a veces Arsénico me hablaba en un tono de voz inusual, como si se hubiera tomado una sobredosis de Esmail.

– Seguramente eso se debía a los sentimientos, puede que se sintiera atraído por ti, que tuviera sentimientos hacia ti –dijo Kriptón.

– Entonces, ¿qué decidís? –quiso saber Carbono.

– Terminar con él, no hay otra –dijeron los Gases Nobles.

– De acuerdo –contestó Carbono con frivolidad.

Carbono pulsó un botón y unos altavoces sonaron en el interior de la sala donde estaba Arsénico.

– Arsénico ¿puedes oírme? –esperó a oír la respuesta afirmativa del chico y prosiguió–. Vamos a hacerte unas nuevas pruebas, pero para que salgan bien necesitamos que respires el gas que vamos a polvorizar. Acabaremos pronto, te lo prometo y después podrás irte. Siéntate en la silla que hay en el medio y relájate. No olvides respirar hondo.

Y Arsénico se relajó, cerró los ojos y respiró hondo y respiró hondo y respiró muy hondo.

Pseudónimo: Dana Risdez

 

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