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Vida, juegos e ilusiones.

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Juegos de muerte y vidas por apuesta, quien no escapa vive en el infierno o se

adentra en la sumisión de la piedra y al agotamiento del suelo, perdón de los

gusanos y el sueño en caja de madera.

Los pasos de aquellos que ya no viven se siguen escuchando retumbar por las

calles. No son almas diabólicas, sino almas en pena que quieren buscar paz y por

ello, convertirán a todos los que proclamaron sus muertes en mismos seres que los

nombrados, en muertos.

Se alzaban entre los vivos, con la corona de gobernantes de los reinos en sus

manos, mientras todo se volvía de color negro. Nadie podía escapar de lo que se

convertirá en la toma de poder de aquellos que expiraron en la vida.

Y siguen reclamando vidas por doquier. Ya no son almas en pena, sino que son

reyes ambiciosos con sed de sangre. Los únicos que escaparon fueron dos niños,

los cuales introducían sus vidas en un destino con un final amargo. Corrían, sus pies

sangraban, iban descalzos y eran castigados. No les quedaba otra opción que

escapar o morir. Y ninguna era buena. Mientras que los baches de la mala suerte y

la codicia de unos cazadores eran sus únicas preocupaciones.

Consiguieron que los minutos salieran en su ayuda y por unos segundos las

criaturas debían parar. Pero lo que no sabían es que la paz no dura, solo

permanece para abrir el telón al horror en una actuación donde asesinos y víctimas

juegan sus papeles y entre ellos se hieren . Pensaron que Dios les ayudaría, pero lo

que no sabían era que la humanidad debía pagar sus errores. Ese dios del que nos

hablaban era una leyenda en estos tiempos.

No solo almas luchaban, criaturas nacen de las cenizas y de los cuerpos sin vida,

alzando sus cuerpos aún no reales, por el mundo, para proclamar una guerra con

ganadores anticipados. Ángeles caían y mataban en nombre del señor. Un señor

oscuro, aquel que mató a su hermano para reclamar la corona de sangre, un trono

de huesos y un reinado oscuro.

Los niños estaban acorralados en un callejón, podían ver sus muertes reflejada en

sus ojos, podían ver un final; y lo que no sabían era que los finales no cambian, solo

se adaptan. Pero el muro desapareció y la carrera maligna continuo; criaturas por

leones e infantes como presas. Pasaron los días y el mundo era un punto rojo en el

universo a punto de explotar, era la concentración del color rojo, era un lugar

despiadado y cruel.

Quisieron vivir y optaron por pactar con aquellos que suplicaban su muerte. Les

dieron a elegir entre servirlos o dar su vida como billete de pago. Ellos, jueces

sobornados por la muerte y las riquezas del odio, quisieron poner a prueba a

aquellos jóvenes dejándolos solos en La Muerte, el único lugar donde los pasadizos

cambian, las trampas nacen y la partida de ajedrez baña en sangre sus piezas.

Donde, si no lo superan, la muerte y sus hermanas reclaman el poder atrapar sus

cabezas entre uñas resquebrajadas de tanto torturar.

Los niños movieron sus pies por lo que parecía un tablero, vacío y oscuro,

intentando llegar a unos bordes y a una escapatoria, pero ninguna de esas metas

iban a encontrar. Solo había unos pequeños agrupados suplicando ayuda con sus

ojos, pero de labios cosidos por el miedo e hilos de acero. Quisieron acercarse, pero

se empezaron a mover hacia ellos con los brazos abiertos y con lágrimas cristalinas

en los ojos; les abrazaron, y empezó su mirada a tornarse en siniestra, y mandaron

un mensaje: “Ellos nos obligaron, no tenemos otra opción; reclamar la libertad con

tesón, es nuestra obligación”. Y esos labios cosidos no eran más que una ilusión, o

un castigo, porque cuando llegó el momento, se acabó el suplicio.

Ellos no entendían, no comprendían el porqué de sus palabras, pero pronto lo iban a

descubrir. Los niños se alejaron y desaparecieron en lo que parecía una bruma, una

puerta difuminada que nadie con un cuerpo físico era capaz de atravesar, para

desaparecer en ella; la podían pasar y a ningún lado llegar. Y lo intentaron como

banales humanos, pero ellos no tenían la llave, no tenían el fino hilo de la muerte

torturando sus brazos.

Volvieron con manos atadas por espinas y lágrimas de sangre corriendo y riendo

por sus caras, o era lo que parecía. Ellos no sabían diferenciar entre lo real y lo

fantasmal. Porque ambas compartían la alianza de engañar y traicionar se

prometieron la una a la otra. Si no hay que salvar, para qué dejarlos de atrapar.

Sí, lo real aparece. Caras enloquecidas y gritos dolorosos. Flores oscuras turbando

el camino y agujeros creciendo por el destino. Caminos sin forma y lagos de sangre,

todo era malo, oscuro y temible, no solo eran unos niños corriendo como alma que

lleva el diablo, eran unos niños corriendo de las semillas del diablo, que han

florecido convirtiéndose en deformidades con mente perturbada. Corriendo hacia su

final, hacia una meta desgarrada y manchada por sus pequeñas vidas ya

sacrificadas o en camino hacia la muerte.

Uñas de metal corrompidas por desasosiego clavadas en la piel de un de los

menores. Y gotas del potente elixir rojizo, empezando a actuar, sin su muerte

anunciar, solo un dolor del que se mofó y escapó aún con aberturas que marcarían

su final.

Cuchillos por lágrimas y todo cambió. Volvió a cambiar. Primero un cielo y luego un

infierno. Ángeles que empezaban a perder el fino manto rojizo que atraviesa nuestro

cuerpo protegiéndolo de la fría muerte y en demonios sin remedio, acabando.

Empezaron los juegos y cartas se clavaban en sus pieles y marcaban su vida como

corta y desesperante. Corrían por un camino sin fin, un suplicio hasta que uno de

ellos fue capturado. Sus ojos por botones cambiaron y sus labios por espinas y

rosas selladas, piel gris y aspecto demencial.

Campanas de muerte, piano de miedo y cantares de suplicio marcaban la última

sintonía. Niña por abismo de dientes rocosos y garras de agua, lo que parecía un

tablero acabó siendo un paraje que se envenenó de la muerte en botella. Ahogada

por escapar y por su vida salvar. Reyes de corazón negro y prisioneros de almas

muertas, enredaderas del odio y cadenas para no amar. El desdén de las risas y las

mesas de rojo. Festín del diablo y cena de almas. La bandera de flujo rojo, signo

controlado, y en mesa de sacrificio reposaba su mandato.

Lo que fue un juego del que ganar no era un posibilidad.

 

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